LA TELARAÑA: abril 2017

martes, abril 25

La rosa y los libros


La Telaraña en El Mundo.


 
 
 
 Pasearse ante una infinidad de libros que, directamente, no me interesan o que, en algunos casos, hasta me desagradan no deja de ser una curiosa experiencia para quien ha vivido bastante rodeado de libros; para quien creyó que en los libros, al menos en algunos, habitaba el secreto parpadeante de la existencia, la voz rota o la luz indecisa que perseguimos, a la vez que nos persigue, mientras andamos y desandamos el laberinto del tiempo, ese lugar donde el cuerpo, en ocasiones, no es capaz de contenernos, ese lugar donde la mente, el conocimiento y el lenguaje juegan a ser la misma cosa sin lograrlo. Nunca se consigue del todo lo que se busca.
 Pero hay libros y libros, huelga decirlo; y los libros son reclamos expuestos al sol un domingo de abril en que Palma se viste de librería y San Jorge, a la sazón Jorge de Capadocia, coge de nuevo su afilada espada, salva a la princesa, mata al dragón y convierte su sangre en una rosa roja. En ese trasfondo, libros y rosas entrelazan su razón de ser y se convierten en una forma de relacionarse: los hombres les regalan una rosa a las mujeres y ellas, a cambio, les regalan un libro. No sabría explicar este comportamiento tan peculiar, quizá tan exquisitamente sexista, más allá de la buena obra de satisfacer a partes iguales a dos gremios de indudable utilidad, los libreros y los floristas. Ni los escritores ni los jardineros tenemos vela en este entierro.
 Anteayer, pues, Palma era un polvorín de libros. «Madrid ens roba», clamaban varios cartelones en el tenderete de Més, cerca de Plaza España, y ahí apenas había libros y los que había refulgían ceñudos, como si sólo fueran libelos, como si el ardor o la ira los hubiera dejado sin palabras y el silencio mortal de la estulticia los hubiera encogido, hubiera estrechado sus lomos y convertido su tinta en la sangre invisible de un dragón que no puede convertirse en ninguna rosa, porque donde no hay misterio ni temblor místico no hay revelación ni tampoco conocimiento y donde no hay ensimismamiento no hay otredad ni posibilidad alguna de empatía. A Fahrenheit 451 con todos esos panfletos.
 Luego están los libros que sólo son libros de usar y tirar, como también lo son, tal vez, las mismas flores: nadie puede quitarles, no obstante, ese profundo aroma que dura un instante y luego desaparece. O los libros que dicen leer los políticos. Los libros para niños. Los libros para empezar a soñar o para empezar a desesperarse, que no son pocos y que son adorables y también peligrosos. Y finalmente los libros que no lee ni compra nadie, que son los únicos libros con los que, realmente, me identifico, aunque no sé por qué. O sí, pero no quiero decirlo.
 

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viernes, abril 21

Turismo y supervivencia


La Telaraña en El Mundo.


 Quizá no sea fácil entender el turismo. No parece serlo, desde luego, para nuestros gobernantes locales y su doble discurso: indeciso, errático. ¿Qué turismo queremos? ¿Queremos los turistas a manadas, en bañador o totalmente despendolados, ávidos de gresca, con mono insaciable de sol, cerveza y sexo? ¿O los preferimos en grupitos, con sus cámaras en ristre y la mirada absorta por las galerías de esos fantásticos museos que no sé si tenemos? ¿Los queremos con traje de ejecutivos y maletín de piel entrando y saliendo, enfervorecidos o alucinados, del Palacio de Congresos como si salieran de la Catedral, Bellver, La Lonja?
 Puede que no podamos elegir el turismo que nos gustaría, porque el territorio es el que es y los monumentos son los que son; y no hay forma de cambiar drásticamente el panorama general de nuestras playas y calas, nuestros torrentes y montañas, nuestro clima, salvo si lo destruimos voluntariamente, salvo si dejamos que se degrade, se empobrezca, se convierta en las ruinas de lo que nos gustaría ser y no somos. Nunca somos lo que quisiéramos ser.
 Sin embargo, hubo un tiempo en que Palma se convertía en una ciudad fantasma. Así, todos los domingos la ciudad amanecía desierta; desierta, porque no había comercios abiertos, y desierta, porque el turismo prefería atiborrarse de sol en las playas y muchos palmesanos huían de la ciudad muerta para refugiarse en su segunda vivienda, ese adosado, ese apartamento, esa cuarterada más o menos rústica donde la vida familiar huía de las rutinas laborales y se entregaba a la ficción del ocio, el paso al frente que significaba dejar de ser unos domingueros de sombrilla y fiambrera y convertirse en los propietarios de alguna quimera en algún lugar del paraíso. O así.
 La mayoría de estas segundas viviendas las tuvieron que vender (porque mantenerlas era un lujo inasumible) los hijos de quienes las compraron a base de hipotecas y esfuerzo, esa compleja inercia, esa forma de vida que daba en mejorar económicamente trabajando cada vez más. Es curioso, hoy nos sorprende lo que era normal cuando había trabajo y sueldos decentes. Ya no es así. No me extraña, pues, que a mucha gente corriente no le quede otra que alquilar sus habitaciones libres por días, por horas, quizá por segundos, para sacar a flote la economía familiar de una crisis que les ha recortado hasta las ilusiones. Parece que al Govern del Pacte no le importa asfixiar, con su vacío legal y sus amenazas de multas, a muchos de estos pequeños propietarios (porque no hablo de los especuladores con cientos de pisos o habitaciones en cartera) que intentan, con su trabajo doméstico, regresar a lo que fue normal y ya no lo es. Trabajar para vivir dignamente, nada menos.


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martes, abril 18

Posados reales


La Telaraña en El Mundo.




  Cuentan las crónicas que algunas mujeres, transidas de emoción y al borde del llanto, corearon «¡Viva el Rey!» cuando la familia real abandonaba la Catedral de Palma tras asistir a la tradicional y solemne misa de Pascua. No esperábamos, desde luego, que Armengol, Ensenyat, Hila o Picornell, es decir, la asilvestrada plana mayor de nuestras autoridades locales, llegaran a mostrar tanta efusividad como esas mujeres al borde, previsiblemente, de un ataque de nervios, pero tampoco que pasaran, desdeñosamente, del evento y se ausentaran de esa foto anual que sitúa a Mallorca, año tras año, en la portada de la actualidad y por la que, sin ninguna duda, autoridades mucho más avispadas acabarían pagando.

 En efecto, hoy en día resulta impagable tener a la familia real casi al completo formando, sonriente y más que bien vestida, frente a los portones, los arcos y los vitrales de la Seu y dejarse vencer, en fin, por el morbo y también por el cotilleo: dónde estará Juan Carlos, dónde Urdangarin, dónde las Infantas.

 La verdad es que todo ese cotilleo no nos importa demasiado. Nos preocupa mucho más, aunque nos de la risa floja mientras nos apuramos en describir la situación, la falta de educación cívica de nuestros gobernantes, su absentismo político, aunque también podríamos decir que laboral, si alguna vez hubieran trabajado en algo, su frustrante y alevosa falta de empatía para con la gente corriente y moliente que da en mirar, en fin, los toros espléndidos desde la barrera y jalear los trajes de luces (anoréxicos o maduros, elegantes) de Leticia o doña Sofía, la barba de legionario emprendedor que atesora Felipe o los modelitos tallados en azul y rojo, respectivamente, de la princesa Leonor y la infanta Sofía, dos auténticas maravillas en ciernes, oigan.
 Acabo de recordar, quizá por aquello de la empatía, la teoría de las catástrofes o alguna que otra nebulosa conexión subconsciente, otro posado ilustre que teníamos por estos pagos y que ya no sé si tenemos. Me refiero al de Ana Obregón que, si alcanza la inmortalidad, no será por sus trabajos artísticos sino por ese posado anual en bikini o prenda similar, que tanto nos asombraba (y que nos reconciliaba, por supuesto, con la lujuria) al principio y que luego, con el paso de los años, se nos fue convirtiendo en un recordatorio cruel, pero necesario, del avance de la decrepitud y el estropicio de las arrugas, la efímera armonía de las formas, el lento pero inflexible declinar de la carne frente a la imperturbable sonrisa de quien es capaz de observar el objetivo de la cámara como si mirase al mundo y supiera, de algún modo, que cada uno ve lo que quiere ver y que nos quiten lo bailado, si pueden. No podrán.

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viernes, abril 14

Las lágrimas de Barceló


La Telaraña en El Mundo.


 Hay muchas sillas de madera alineadas a lo largo de la calle Olmos. Pronto se llenarán de fieles, curiosos y turistas. Resuenan de vez en cuando algunos tambores, todavía solitarios y destemplados. Pronto se convertirán en esa especie de orquesta que recorrerá solemnemente las calles y también el alma de quien quiera ser recorrido. Cierro las persianas y corro las cortinas, mientras extiendo la hoja en blanco virtual del monitor donde escribo estas líneas.
 Me corroe alguna que otra duda. ¿Las instituciones, pienso ahora, por ejemplo, en el Govern o en la UIB, son algo mejor o peor, en sí mismas, en su naturaleza, en los resultados finales de su actividad, que las personas que las componen? ¿Son las instituciones tan rácanas, indolentes, sectarias o mezquinas como parecen serlo algunos de sus miembros más significados o existen instrumentos correctores capaces, tal vez, de llevar a buen puerto cualquier nave por desnortados que anden sus más cualificados tripulantes?
 Empezaré con el Govern. Las lágrimas de Biel Barceló, mientras reconocía los errores políticos de sus subordinados en el caso de los contratos de Jaume Garau, me recuerdan a las de los cocodrilos que, por cierto, no lloran porque estén tristes, sino porque necesitan lubrificarse los ojos. Suelen llorar, los cocodrilos, cuando abren y cierran sus enormes mandíbulas mientras devoran, con delectación, a sus víctimas. ¿Por quién lloraba, anteayer, Barceló? ¿Por Ruth Mateu, tal vez? ¿Por el fiero ataque fratricida de Jarabo, imperturbable pese a sus historias para no dormir con IB3 o el asunto Bachiller? ¿Por el paraíso perdido, según confesó, el maldito día que se le ocurrió dejar de ser un probo funcionario para meterse a vicepresidente del Govern y comprobar que no hay forma de vivir tranquilo cuando lo que importa, al margen de las ideas, son las sillas, pero no las de fe y madera en plena calle Olmos, sino las sillas muelles, los sofás y tresillos del poder y sus aledaños, el chirriar intolerable de las puertas giratorias, el despelote de las propias huestes siempre ávidas de carnaza, espectáculo, dinero?
 Barceló, en fin, puede coger su peculiar sentido de la responsabilidad, guardárselo donde le quepa y marcharse, pues, por donde vino. No se lo reprocharíamos. De la UIB, por desgracia, me tendré que ocupar otro día. Hasta la fecha, y a falta de otras excelencias, conocíamos su infatigable capacidad para vendernos el catalanismo a todas horas y en todos los ámbitos de la sociedad. Ahora sabemos, también, que son capaces de vendernos fármacos que no curan lo que dicen curar. El asunto clama literalmente al cielo. Mientras tanto empiezo a oír clarines y tambores, crepita la cera y alguien entona una saeta, vaya escándalo.

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martes, abril 11

La hora de la penitencia


La Telaraña en El Mundo.





  Un baño de sangre en una iglesia del norte de Egipto. Con esa fotografía, en la que el principal protagonista era el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre y también el estupor de unas cuantas personas intentando ordenar el caos y hasta salvarse de él, abrió este diario, ayer lunes, su portada. Sangre y estupor, sangre y metralla, sangre escenificando el silencio de Dios, el ensordecedor silencio de Dios. «Moriré protestando contra el silencio de Dios» dice, en un momento de exaltación y rabia, el padre judío del protagonista de la última película de Woody Allen, “Café Society”, y casi toda la acción que se narra en el film discurre, revoletea, danza sobre ese fino alambre donde la conciencia y la realidad intentan ponerse de acuerdo sin demasiado éxito.
 En efecto, somos el lugar inquieto, inestable y hasta intempestivo donde concurren las ansias concienzudamente irracionales de rebelarnos contra todo y todos, incluso contra nosotros mismos, contra la injusticia, acaso cósmica, que acaba siendo la vida. Pero somos, también, un cúmulo sucesivo de civilizada resignación, de nostalgia y hasta languidez más o menos inteligente, un paisaje coloreado por la ternura, por la curiosidad o la indiferencia, el extraño lugar donde florece la muerte igual que el respeto exquisito, inmenso, que finalmente sentimos por las decisiones que vamos tomando, aunque muchas veces nos equivoquemos. Cómo no.
 Ya estamos en Pascua. Los turistas sacan fotografías de nuestras solemnes procesiones, los encapuchados, la parafernalia paramilitar de las bandas y las cofradías; las mismas fotografías que sacaría yo si fuera uno de ellos: reamente lo soy, pero disimulo y hago como si fuera uno de los nuestros cuando sólo alcanzo, tal vez, a ser uno de los míos, de los muy míos. Pero no importa. Los turistas observamos el mundo con el mismo estupor con que el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre va tiñendo la convivencia en nuestro planeta. No siempre nos gusta lo que vemos.
 Ahora podría ser, tal vez, el instante en que no estaría mal flagelarse un rato por la desvergonzada actuación de nuestro Pacte de Govern al ponerse de perfil mirando hacia Rasputín, por ejemplo, cuando la verdadera penitencia debiera consistir en leerse su propio código ético y concluir que la gente decente no precisa de códigos éticos para serlo. Debiera el Govern, tal vez, salir de anochecida con sus caperuzas blancas, sus pies descalzos, sus tobillos encadenados y una gran cruz a sus espaldas. Jaume Garau podría cantar saetas adoloridas con letra de Valtònyc, por ejemplo, y Biel Barceló recordar, con Francina Armengol y Vicenç Vidal, aquellos tiempos en que bailaban la conga como si el mundo fuera suyo.  Quizá lo era o, al menos, se lo creían.



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viernes, abril 7

«Fútbol es fútbol»


La Telaraña en El Mundo.



  
 «Fútbol es fútbol» sentenció hace siglos el entrenador yugoslavo del Zaragoza, Vujadin Boskov, y sus palabras siguen resonando como si aún fueran válidas. ¿Lo son? Pues no sé yo. El mundo ha cambiado mucho en poco tiempo. Ya no existe Yugoslavia cuando se acaban de cumplir veinticinco años del genocidio de Bosnia. Y el fútbol ya no es tampoco lo que era. Fue, evidentemente, opio puro y duro del pueblo, religión pagana, pasión personal, deporte de masas, tal vez negocio de palco y, desde luego, de antepalco; ahora es también el núcleo, el corazón, el alma gélida, quizá, de una peligrosa y ubicua ludopatía que da en dejarse el sueldo y también los higadillos en el azar programado de los tahúres, en la caprichosa ruleta rusa de las apuestas online. Ya no parece existir nada a lo que no se pueda apostar como si la vida entera nos fuera en ello. Quizá nos vaya. Quizá ya se nos haya ido.
 Pero el tema que hoy me ocupa es la complicada situación del RCD. Mallorca. ¿De qué Mallorca estoy hablando? ¿Del equipo aquél de mi infancia, que siempre andaba descendiendo a segunda división? ¿O del que se asentó en la élite y llegó a ganar la Copa del Rey o a disputar la final de la Recopa? ¿Hablo de Zamora, Arqué, Chango Díaz y Doval, de Eto´o, Ibagaza, Nadal, Roa, Ezaki Badou, de Arango, Güiza, Aduriz, Stankovic? ¿Hablo de Juan Carlos Lorenzo, Forneris, Marcel Domingo, Oviedo, Serra Ferrer, Cúper, Aragonés, Manzano? ¿De Jaime Roselló, Contestí, Beltrán, Grande, Alemany, Utz Claassen, Robert Sarver?
 Con el paso del tiempo, todos los equipos son siempre el mismo equipo, porque la historia es un lugar muy apretado donde se suceden y se amontonan los nombres y las sombras, donde se multiplican las voces y los ecos, donde se arremolina el olvido intentando fijar el remolino interior de sus raíces y prender, así, en alguna parte. Siempre debemos prender en alguna parte, aunque no importe demasiado dónde ni por qué ni cómo. Finalmente, sólo somos nuestras raíces, esa vaga inercia que nunca dejamos de sentir. No es poca cosa.
 Pero vuelvo al presente, que es como regresar a una guerra virtual de etiquetas o “hastags”. Desde #ElMallorcaNoEstaMuerto a #Vamosequipo o #TotsJunts. Sergi Barjuan, que ya es el nuevo entrenador, tiene ahora diez partidos por delante, de los que debería ganar seis o siete, al menos, para que el Mallorca no descienda a esa división fuera del fútbol profesional, que es la 2ªB. «Fútbol es fútbol» dijo Boskov hace siglos y en esa misma frase pensé yo, anteayer, mientras observaba las filigranas que un joven mallorquín llamado Marco Asensio dibujaba en el césped. Pues sí. Eso sí que es fútbol.

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martes, abril 4

Paseando con políticos


La Telaraña en El Mundo.





 A menudo empiezo a escribir como quien sale a pasear y sabe que debe anotar buena parte de lo que ve o imagina. No me faltan, por supuesto, adjetivos calificativos ni paisajes que rememorar o descubrir, pero sí que me fallan, me bailan, por así decirlo, algunos nombres; no siempre identifico correctamente a los políticos con los que me voy cruzando una vez y otra por las aceras y las esquinas, bajo la luz de las farolas o el asfixiante sol del mediodía. No obstante, me los cruzo y descruzo permitiéndome, tal vez, enarcar una ceja, pero no, nunca, esbozar siquiera un saludo, porque saludarles una única vez implicaría tener que saludarlos siempre, cada día, cada hora, cada instante de paseo conmigo mismo y la ciudad que nos parió a todos. O a casi todos.
 El caso es que me hago un lío con frecuencia. A veces, por ejemplo, me tropiezo con la nueva camada izquierdista, sindicalista o nacionalista o todo a la vez, que suele ser lo más habitual, y me parece estar viendo a los viejos camaradas o compañeros (en realidad, ni una cosa ni la otra) con los que tengo cierto pasado en común. Pienso, entre otros, en Pep Vilchez con quien tropiezo muy a menudo y siempre desde aceras distintas, lo que nos obliga a mirarnos como de refilón. O en Miquel López Crespí, que la última vez que me vio tuvo a bien escupir con rabia al suelo y yo ni caso, como escrutando el vacío, pasando. La verdad es que nunca le he agradecido lo suficiente aquella viril invitación al duelo. Aquel malentendido u homenaje. Lo que fuera.
 Últimamente he compartido restaurante y menú económico con Xelo Huertas, Montse Seijas y hasta con Balti Picornell, nada menos. Hay que ver lo bien que comemos. Con ellos no tuve que enarcar la ceja ni preocuparme por un pasado común que no tenemos, porque son gente sobrevenida de no sé dónde y que sólo conozco de las primeras planas de los periódicos (ese WANTED de la actualidad que tanto me horroriza como me fascina, supongo).
 Con todo, no hay recuento sin algunas ausencias. Hace demasiado tiempo que no me tropiezo con Ramón Aguiló y eso sí que me fastidia, porque Hila o Cirer no son lo mismo y ya no puedo rencontrarme con Paulino Buchens, con quien sí que tuve algún que otro magnífico encontronazo. Pelillos a la mar. Vuelvo a Aguiló, porque me gustaría rencontrarlo y recuperar el paso y el poso cultural que tuvo a bien convocarnos en determinado momento, más allá del buen humor y la ironía cómplices, los vaivenes de la literatura y el periodismo o la imprevisible inercia de las afinidades electivas. Es cierto, a veces me siento el joven Werther en las manos adoloridas, quizá tumefactas, del viejo Goethe.


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