LA TELARAÑA

martes, mayo 22

La ortografía y las lenguas


La Telaraña en El Mundo.





 Emociona saber que el Ayuntamiento de Palma exigirá el catalán a los enterradores. Se cierra, así, el ciclo que comenzó al imponérseles la lengua que llaman propia a los barrenderos de Emaya: todos nosotros y nuestras basuras nos iremos juntos y reciclados al otro barrio y se cumplirá, entonces, el oráculo, no sé si el de vivir plenamente en catalán, pero sí, al menos, el de morir catalanamente. Seguro que estas cosas marcan mucho y, además, de forma muy honda; y a la hora gloriosa de resucitar o reencarnarse en cualquier otro artefacto -un animal, una persona, un extraterrestre, un higo chumbo- nuestra memoria recordará esos sagrados instantes en que fuimos bendecidos, arrojados al fuego, incinerados o sepultados bajo tierra por gentes que hablaban en catalán, que nos miraban con tristeza esperanzada diciendo: «Descansi En Pau». O alguna que otra frase así de dulce y armoniosa, compasiva, elocuente.
 La verdad es que nunca he vivido en catalán. Pero tampoco he vivido nunca en castellano. No tengo a las lenguas por una forma de vida, sino por un medio, insuficiente, aunque necesario, de abrirse paso en la oscuridad con el ridículo machete de la retórica entre los labios, de palpar leve, pero firmemente, lo que se nos viene encima y jugar, entonces, a la vieja tarea, no sé si creadora o creativa, de poner algún que otro nombre a las cosas, los eventos, las circunstancias. También a las personas, aunque ello constituya un gran problema en estos tiempos absurdos y volátiles en que el maniqueísmo arrasa con todo y uno atesora amigos según los enemigos que acumula, en idéntica proporción y medida. ¿Quién quiere, no obstante, amigos a cambio de enemigos o viceversa, si ambos son las dos caras del mismo reflejo, el mismo espejismo, la misma dialéctica que pugna por convencernos de que el mundo es tal y como lo pensamos y no, tal y como simplemente es?
 Lo que me duele de veras es el destrozo sistemático que se hace de todas las lenguas en su uso diario en las redes sociales, los foros, los chats, los mensajes telefónicos, las webs que se van creando porque, pese a todo, la curiosidad es algo tan valioso que puede con todo. O con casi todo. No es de recibo tener que leer continuamente textos que convierten la ortografía del lenguaje en un camposanto sin tildes, sin haches cuando corresponden, con el verbo haber y el verbo ver absolutamente confundidos, sin los remansos tan necesarios de los punto y seguido, las comas, los punto y coma, el apóstrofe, las diéresis, los dos puntos: el regreso, tal vez, de la tentación de escribir como Camilo José Cela en Oficio de Tinieblas 5 o James Joyce en Finnegans Wake. Cómo explicarles que para escribir tan mal hace falta, primero, saber escribir como los propios ángeles. Pues eso.






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viernes, mayo 18

La materia de los sueños


La Telaraña en El Mundo.



  

 Esta noche pasada tuve un sueño bastante extraño. Soñé que hace millones de años (debiera escribir millones de años-luz, pero la verdad es que uno no sueña los conceptos que no acaba, físicamente, de comprender) en alguna galaxia muy, muy, lejana unos hombres lanzaron al espacio una cápsula conteniendo todo lo necesario para recrear la vida humana allá donde las condiciones fueran mínimamente favorables. Esos hombres sabían, quizá, del poco tiempo de existencia que les quedaba o de la precariedad ecológica o de la conflictividad social de su planeta, fuera como fuera y allá donde estuviera; sabían, tal vez, que su civilización empezaba a declinar sin remisión y decidieron, acaso, encomendar su propio destino a que la naturaleza o el azar les diera una segunda oportunidad en otro lugar y en otro tiempo.
 En nuestro lugar y en nuestro tiempo, pensé y repensé, mientras daba vueltas, realmente inquieto, bajo la levedad insoportable de las sábanas, y me acechaba la idea de que aquellos hombres (y también mujeres, aunque sea una vulgar redundancia decirlo) del sueño eran, de alguna manera, nuestros antecesores más directos, nuestros dioses o padres creadores, los seres míticos de los que unos y otros, de los que todos, absolutamente descendemos.
 Con esta idea y otras igual de confusas y también de herméticas rondándome la cabeza llegué, no negaré que algo agobiado, a la hora púrpura en la que el día toca, finalmente, a rebato y el orden manifiesto de las cosas se vuelve puntual, placentero y obsesivo. Levantarse, desayunar, leer la prensa, repasar, oblicuamente, las redes sociales, atender al correo y dejarse invadir por el agua lenta de la ducha y por los ruidosos preparativos del día que comienza, inexorablemente, cada día.
 Todo comienza y acaba cada día. Y cada noche los sueños nos invaden: no sabemos ni podemos prevenir cómo. La verdad es que me gusta que así sea. Yo no sé, ahora, si los hombres del sueño que soñé anoche son reales o sólo son el fruto desolador de observar la realidad y no terminar de creérsela. Tanto racista suelto y orgulloso, además, de haberse conocido, tanto supremacista absolutamente desatado, tanto nacionalista a la caza y captura administrativa del territorio de todos, tanto populista atentando contra la inteligencia de las cosas, tanta discriminación lingüística y tanta miseria espiritual y también económica igual me obligan a buscar los dioses que nos faltan, los dioses que nunca tuvimos, en el abismo insondable, en el páramo infinito y sumergido, gélido, en la oscuridad interior de eso que llamamos sueños sin saber muy bien de qué material están hechos. La realidad como los sueños. O como nosotros mismos.


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martes, mayo 15

La casa de todos


La Telaraña en El Mundo.





 Es verdad que cada uno decora su casa como quiere. Si es que hay casas de alguien, como cantaba Jaume Sisa, con la voz rota, y todos los héroes de los comics y tebeos, todos los protagonistas, en definitiva, de nuestro universo cultural, desde Jaimito y los Reyes Magos hasta Frankenstein, Drácula y Tarzán, desde King Kong hasta el Capitán Trueno, desde Charlot, Obélix, Bambi y Moby Dick hasta Popeye iban desfilando como si la ficción y la realidad fueran la misma cosa que, por supuesto, son, y no existiera otro lugar mejor en nuestras vidas donde todos ellos pudieran reunirse que en nuestra propia casa, entre nuestros libros y recuerdos, nuestra pizarra arrasada de garabatos de tiza, nuestra mesa del comedor repleta de migajas de pan abandonadas, nuestro escritorio convertido en un puzle inmenso donde cada día colocamos una pieza nueva y desechamos otra u otras, porque el paisaje de la existencia va cambiando con nosotros y hay que atender a las mutaciones y exigencias, al futuro que se nos abre una y otra vez cuando alguna vía parece cerrársenos para siempre. No hay problema, todo se abre y se cierra de continuo: quizá para que no nos aburramos.
 El que no parece aburrirse es Aligi Molina. El concejal de Igualdad ha convocado un concurso, con un presupuesto de ocho mil euros, ahí es nada, para realizar un grafiti que sirva para rendir homenaje a las camareras de piso que trabajan en la capital balear. Hay que reconocer que este hombre está en todo. Las más de treinta mil camareras de pisos que trabajan, precaria y sudorosamente, en Palma tendrán de este modo su rinconcito privado en la estación de la calle Antas de Ullà, en el Arenal, y podrán, tal vez, peregrinar hasta ahí para consolarse de sus penas con la prueba irrefutable del cariño que el Ayuntamiento así les demuestra, con unos grafitis pagados con el dinero de todos.
 Así va pasando, como pasa casi todo en esta vida, esta legislatura larga y también tediosa, esta legislatura ideológica y también nacionalista, estos años de brindis al sol continuos y también voraces, esta legislatura donde lo único que se ha intentado es demoler Sa Feixina o dejar Palma sin terrazas o acabar de una vez por todas con el turismo, esta legislatura donde a falta de obras y servicios hemos padecido una sobredosis de gestos y declamaciones, una insolación tumefacta de poder o la pesada broma, en fin, de ver cómo se intenta convertir la realidad en un artefacto sobre el que cada intervención nos cuesta lo que no tenemos sin que, por desgracia, nada cambie ni tampoco mejore, sin que nada se solucione en alguna medida, sin que nada ni nadie coja los cuernos de la existencia y se diga que esta lidia hay que torearla aunque no nos gusten los toros. O, aunque nos gusten, qué caramba.



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viernes, mayo 11

1968


La Telaraña en El Mundo.





 No tenía, en 1968, la edad adecuada como para levantar los adoquines en busca de las playas de París: esas playas que existían en París, Nueva York, Londres, quizá en Berlín, pero no, no todavía en Madrid, Barcelona o Valencia. En la España amordazada y contradictoria de aquellos años las playas bajo el asfalto tuvieron que esperar, como tantas, tantísimas otras cosas, a que Franco se muriera en su lecho rodeado de su equipo médico habitual para que, de alguna manera, afloraran las ideas (y también la espantosa resaca) de aquél mayo mítico del 68 y, ya hacia finales de los setenta, el mundo nos pareciera también a nosotros un lugar tan hostil como entrañable, que debía ser cambiado y mejorado con urgencia: un lugar en el que había que empezar a hacer el amor, la filosofía, la creatividad, la pasión, el arte, la literatura y no la guerra. Eso hicimos. El amor y, me temo, también la guerra.
 El problema es (ahora lo sé, ahora no lo sé) que nos olvidamos, por desgracia, de la economía, del trabajo, del salario justo, de las pensiones, del ir y venir a las fábricas con algo más que la dignidad y el marxismo dialéctico por bandera. Todo ese discurso ha pasado a mejor vida. O va pasando, poco a poco, al rincón trémulo de los recuerdos, al arcón olvidado en las buhardillas donde ya no vivimos porque no tenemos apenas nada que atisbar ahí afuera y nos vigilan, constantemente, las diversas policías del pensamiento organizado, las múltiples mafias de la diversidad, la raza, la lengua, el género, las constelaciones de masas dirigidas desde Twitter: el monstruoso espejismo de la realidad generado por hordas de bots a través de las redes sociales.
 Cada mes de mayo recuerdo, y me sonrío o sonrojo al hacerlo, el año de gracia de 1968 al igual que las plegarias que, con motivo del mes de María (mayo en este hemisferio), veníamos a rezar en clase. Rezábamos mucho en clase, en efecto, pero lo hacíamos a la manera franciscana: con la levedad sonriente y complacida, monótona, de quien está pensando en algo más importante, valioso, enloquecido, quizá vibrante. Pero rezar nunca hizo daño a nadie. Yo sigo rezando, a veces, en busca de un Dios que intenta enfurecerme sin conseguirlo. Tenemos un pacto, pero sin condiciones, a tumba abierta. Si él disfruta hurtándome su presencia y esquivándome a todas horas, yo voy acumulando, acaso en trance bajo su flamígera influencia, muchísimos textos cuajados de silencio y también ausencias; multitud de diálogos rotos y, acaso, fragmentados; infinidad de preguntas que no añoran respuesta alguna; ingente material suficiente como para inspirar la escritura de estas líneas y de otras muchas que voy guardando bajo siete llaves hasta que les llegue la hora. La hora es algo que siempre llega.

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martes, mayo 8

Los pulmones de Palma


La Telaraña en El Mundo.




 Recuerdo los galgos correr como posesos mientras la liebre metálica daba unas cuantas vueltas y chirriaba, chirriaba muchísimo. En efecto, un bosque es un lugar de ficción y un canódromo, por supuesto, es algo así como un bosque encantado donde se cruzan miradas y apuestas, en el aire, y tan sólo los más viejos de lugar son capaces de adivinar el dorsal del galgo más rápido, del que dejará atrás a los demás hasta toparse con la cruda realidad del frío metal chirriante. Sólo estuve en el viejo canódromo de Palma un par de veces cuando mi hijo era todavía muy pequeño y cualquier cosa le valía para asistir, emocionado, al nacimiento del mundo, para asombrarse con montones de cosas que no acababa de entender y que yo no sabía, tampoco, explicarle. Por fortuna, con el paso tiempo ambos hemos aprendido a observar el mundo sin que nos importe demasiado entenderlo. No hay nada que entender: está todo demasiado claro.
 Estaba ensimismado en estas elucubraciones cuando le leí al alcalde de Palma, Antoni Noguera, sus refulgentes proyectos de un bosque no sé si animado o por animar, una especie de pulmón inmenso, frondoso, nacionalistamente selvático en el corazón de Palma, sobre la misma arena polvorosa y árida, desértica, donde antes rugieron los canes y chirriaron las liebres y mi hijo y yo, sobre todo yo, aprendimos que no había forma alguna, salvo el chivatazo, de acertar qué galgo tenía más hambre de liebre y metal, más posibilidades de cumplir, en fin, con las razones últimas de su entrenamiento diario y alcanzar, así, el final victorioso, el pódium, la perfecta armonía lúdica y deportiva de la raza y el destino, esos asuntos tan delicadamente caninos. O así.
 Se me hace muy difícil, sin embargo, pensar en Palma y, a la vez, en bosques, en pulmones urbanos. Algo me chirría y no son las liebres dando vueltas y más vueltas sin que ningún galgo las alcance, no son los camiones de la basura rompiendo la calma en mitad de la noche, no son las aceras eternamente sucias ni los contenedores rotos y repletos de trastos inútiles; es la certeza de que a Palma los pulmones no le duran ni dos legislaturas y que, por ejemplo, pasearse por el Parque de las Estaciones es sentir cómo avanza, implacable, la decrepitud, es comprobar cómo la desidia municipal va permitiendo que la degradación venza y convenza, que la suciedad lo invada todo, que los castillos y los trenes donde juegan (o jugaban) los niños parezcan ruinas abandonadas, que los bancos de los mayores tiemblen cuando alguien se sienta en ellos, que la última sombra bajo el sol la ocupen, en definitiva, los que siembran de chabolas un lugar que iba para auténtico parque de la ciudadanía y se va a quedar, por lo visto, para refugio intempestivo de indigentes. Vivir para ver.


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viernes, mayo 4

La película de Ibiza


La Telaraña en El Mundo.



 Yo puedo escribir un libro y titularlo “El árbol de Teneré” sin haber estado nunca en esa orgullosa encrucijada de caminos situada en algún lugar del Sahara, en Níger. En realidad, lo hice hace unos seis años y ninguna autoridad dromedaria de la zona, ningún jeque de las caravanas del desierto, ningún tuareg administrativo de las dunas de arena, nadie, repito, se me ha quejado por usar el nombre de Teneré en vano. De hecho, los nombres están para eso, para ser usados, para ser pronunciados o escritos una vez y otra hasta que acaben perdiendo su contexto original, hasta que formen parte significativa de nuestra vida, hasta que sean una palabra más del catálogo de palabras que manejamos como si fuésemos sus albaceas o administradores únicos; los dueños, en fin, de las palabras. ¿Qué otra cosa podríamos poseer que fuera más valiosa y volátil, más íntimamente ligada a la respiración y al burbujear de las entrañas, a la fonética personal de la existencia?

 Viene todo esto (viene o va, porque quién sabe cuándo se despereza la memoria) porque el Consell de Ibiza, hace unos días, acusó de fraude a la película "Ibiza" de la plataforma Netflix por usar el nombre de la isla sin haberla rodada en ella, sino en Croacia. Con todo, parece que los productores de la película pidieron apoyo institucional al Consell, pero este no se lo concedió por la mala imagen de la isla que daba. Todo va, pues, de márquetin y contraprestaciones, de compra y venta de derechos. Todo va, por supuesto, de aquella manera.
 Pero estuve hace unos años en Dubrovnik, Croacia, y la verdad es que me pareció estar realizando un auténtico viaje al pasado, a los paisajes de Mallorca, Ibiza o Formentera hace algo así como medio siglo, cuando yo era un niño y el turismo empezaba a ser lo que hoy es y la especulación urbanística invadía las costas y las laderas de las dunas de arena justo hasta ahí mismo donde rompe la espuma del mar y el niño que fui construía castillos de arena contra la marea y el paso del tiempo. Esos castillos ya no existen.
 Me importa muy poco lo que pueda narrar la película que algunos podrán ver, si les place, en Netflix. En estos momentos escucho la música de Pink Floyd mientras visiono “More”, la película que dirigiera en 1969, Barbet Schroeder. Yo no sé si fue subvencionada por las autoridades locales del momento. Supongo, imagino que no. Sin embargo, si queda algo de Ibiza en las cinematecas del futuro será precisamente “More”, una película que sí se grabó en Ibiza, que muestra su hermosa ciudad amurallada, pero también la mirada alucinada de aquellos pioneros contraculturales que fueron, sin duda, los hippies. De aquellas ilusiones rotas a estos magníficos lodos de hoy en día no va casi nada. Sólo matices. Sólo un infinito universo de matices.




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martes, mayo 1

Uno de mayo


La Telaraña en El Mundo.





 Con los años hay fechas que adquieren cierta solera propia, cierto peso inconfundible en el calendario de los días. Hoy es una de esas fechas. Uno de mayo. Tal día como hoy, hace siglos, me recuerdo (sin estar seguro, la verdad, de que las imágenes que revolotean en mi memoria no sean una pesadilla o una ficción del NODO) tumbado y dando saltos, formando círculos y quizá escuadras y hasta escuadrones malabares sobre el césped verde del Luis Sitjar con motivo de alguno de esos juegos florales que se organizaban, en los colegios, a mayor gloria de un régimen que contraprogramaba las manifestaciones obreras de las centrales sindicales, proscritas entonces, con policía en las esquinas, con partidos de fútbol en la televisión y con demostraciones así de festivas, rumbosas y familiares.
 Luego, mucho más tarde, también un uno de mayo en Valencia, conocí el miedo y padecí la indefensión, la incontinencia verbal y la violencia en los furgones en llamas de los antidisturbios como también en algún que otro pub de Benimaclet donde grupos de jóvenes pandilleros cuyo sueño personal era trabajar de policías nacionales (y sé de varios que lo consiguieron) patrullaban la noche buscando apalear universitarios. Ese descubrimiento de la propia fragilidad, ese conocimiento del terror me dejó alguna que otra secuela, pero no, en absoluto, ningún tipo de dolor o remordimiento. Al contrario. Ese día -esos días que circunscribo al uno de mayo- aprendí muchísimo, con sólo diecisiete años, sobre mis límites y, por lo tanto, mis posibilidades, sobre mi valor o cobardía, sobre mis reflejos y mi insuperable capacidad de salir corriendo cuando empezaban a llover los palos. Faltaría más.
 Las cosas, ahora mismo, parecen ser mucho más complicadas que antaño. Casi ya no quedan trabajadores y los que quedan ya no son aquella clase social exclusiva y vanguardista que, en realidad, nunca fueron. La vanguardia viaja ahora desde las justas, lógicas y airadas reivindicaciones de los pensionistas (que somos y queremos ser todos) a la parafernalia racista y sectaria, al pulso anti demócrata de los nacionalismos soberanistas. ¿Ya no existe, pues, una vanguardia que merezca ese nombre?
 Quizá -aunque reconozco que la idea no me gusta ni poco ni mucho- la vanguardia sea, en la actualidad, el feminismo. Abro los ojos, leo algunas frases de amigas y conocidas en las redes sociales durante estos días de violaciones en manada y pienso, con tristeza, que algo no funciona como debiera si se generalizan la vergüenza y el despropósito de que una mujer (normal y corriente) vea detrás de cada hombre (normal y corriente), antes que cualquier otra cosa, una terrible y dolorosa amenaza. Y si, por desgracia, así es el mundo, que lo paren: yo me bajo.




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viernes, abril 27

Videos, mentiras y libros


La Telaraña en El Mundo.




 Cuando visioné el vídeo de Cristina Cifuentes en las mazmorras espectrales de un supermercado perdido en el tiempo me acordé de que en lo que fue Galerías Preciados de Palma, una vez, siendo un adolescente, cogí por capricho, por amor o por descuido (qué importan ahora los motivos) una cinta, una casete de música, concretamente de Procol Harum, y me olvidé, al parecer, de pasar por caja. No sé yo, pero algo no debí hacer bien cuando acabé, como Cifuentes, en el despacho de un ejecutivo con cara de muy pocos amigos intentando explicar lo inexplicable y comprometiéndome, con el rostro compungido y el alma en un puño, a regresar al establecimiento a pagar exactamente el doble de lo que valía la cinta. No creo, la verdad, que fuera muy legal lo que se me exigía; y por ello (o porque no tenía ni un duro) no volví nunca a por la cinta. En realidad, nunca me gustó demasiado la solemne música de Procol Harum, qué se le va a hacer.
 Algunos años después, en el Corte Inglés de Valencia, concretamente en el de Pintor Sorolla y Colón, sí que anduve (ya consciente, más o menos, de lo que hacía) dejándome de músicas, por supuesto, y cazando lo que por aquel entonces más me importaba y mi pequeña paga de estudiante desterrado en provincias no me permitía, de ningún modo, adquirir: libros, libros magníficos, gordísimos, como algún diccionario de mitología o filosofía, libros importantes, pero enjutos, afiladísimos, como algún texto de Cioran o Nietzsche, libros como ríos que van y desaparecen y que, aunque no son lo que aparentan, llevan la firma púrpura de Hermann Hesse y la marca brillante, muy poco ejemplar pero muy efectiva, de algún lobo solitario. Es terrible descubrir con el paso del tiempo qué libros te engañaron, qué autores te condujeron al extravío, qué páginas no deberías, en modo alguno, haber asendereado.
 Hasta aquí llega, más o menos, mi confeso historial delictivo, un historial que no les hubiera contado si yo fuera presidente de alguna comunidad, siquiera fuera de vecinos, de autónomos furiosos por la falta de ayudas e incentivos, de pensionistas rabiosos con el sueldo que no llega a fin de mes, de afectados por la corrupción extrema de los mil y un gobiernos que nos van gobernando desde que la democracia dejó de ser la lógica y necesaria prioridad de todos y este país se convirtió en un reino de taifas donde cada uno hace la guerra por su cuenta. Sólo una prensa vendida al sensacionalismo del mejor postor, sólo una caterva de energúmenos dedicada a la extorsión y a la caza y captura del enemigo político les podrá, tal vez, proporcionar algún video de esos delitos de los que me declaro autor confeso, aunque igual sólo sean fruto de mi calenturienta imaginación. Habría que ver esos videos para saberlo.


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martes, abril 24

El negocio del libro


La Telaraña en El Mundo.





 No puedo ser imparcial con los libros, porque siempre he vivido muy pendiente de ellos, porque los he escrutado como si la vida me fuera en ello, porque he acariciado sus lomos y sus páginas y he escrito en sus márgenes como si respondiera a algún mensaje que su autor me enviara desde el más allá, porque los he acunado como si confiara en las revelaciones, las alucinaciones, los hallazgos, en las ideas que, de repente, te abren la mente y te introducen en el laberinto de las palabras; y las palabras, entonces, se convierten en seres vivos, en personajes de la propia vida, en compañeras infatigables de una aventura que se sabe cuándo empieza pero no dónde ni tampoco cómo acaba.
 O sí que se sabe, pero bien y mucho, que nos han sido útiles los libros, algunos libros, al menos, para ir demorando la diáspora final, el estertor ineludible, la última esquina que doblaremos algún día con la misma inocencia, quizá, con que doblamos la primera y también la de ahora: San Miguel con Olmos u Olmos con la Rambla, por ejemplo, y las terrazas están atiborradas y los tenderetes repletos de libros y los turistas de sol y hay gente que pasea, que compra libros y también rosas, que no compra nada, gente que me mira sin verme o me ve y me saluda o no lo hace. ¿Para qué? Así es Palma, un lunes de abril y Sant Jordi. O San Jorge, su espada flamígera, el dragón, su aliento de fuego.
 Pero no todo ha de ser introspección. Repaso las estanterías de casa, en las que llegó a haber unos tres mil libros y observo que sólo queda un centenar largo. Son los libros escogidos que salvé de la quema (de vender, por ejemplo, en Fiol Llibres, ese oasis que ya no existe) cuando decidí dejar de coleccionar libros inútiles y guardar sólo los que merecían mi atenta vigilia, mi curiosidad, mi consulta o relectura más o menos obligada. Ahora, en este instante, paso mi mano por los lomos de algunos de estos libros y me estremezco con los nombres que cazo al vuelo y no por azar. Eliot. Pound. Hölderlin. San Juan de la Cruz. Juan Ramón Jiménez. Gracián.
 No voy a extenderme mucho más. El negocio del libro me parece cultural y socialmente necesario, pero no hay nada que justifique la gran cantidad de auténtica basura literaria (y no literaria) que se imprime por motivos que casi da asco mencionar. Habría que revisar o hacer trizas el actual sistema de subvenciones cultural, política y lingüísticamente teledirigidas. Habría que revisar toda la política fiscal para que un objeto de primera necesidad no se convierta en uno de lujo. Habría, también, y quizá esa sea la más difícil de las tareas, que frenar de algún modo el ego desmesurado de tanto presunto escritor sin más bagaje personal que la obsesión de ver su nombre en letras de imprenta. No hacen falta alforjas para ese viaje.




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viernes, abril 20

De himnos y silbatos


La Telaraña en El Mundo.



 Si España, tanto en su conjunto como en sus partes, fuera realmente seria, no estarían pasando las cosas que pasan. O las que pasarán. Si España fuera un poco más que menos seria no tendríamos programado para el sábado, por ejemplo, una multitudinaria pitada de proporciones bíblicas al himno nacional (y al Gobierno, representado por  Rajoy, y al Estado, encarnado en la persona y también en el símbolo del Rey) con motivo de la celebración de la final, de la maldita final de cada año los últimos años, de la Copa del Rey de fútbol, esa copa que en tiempos solía levantar casi siempre el Athletic de Bilbao y que, últimamente, parece ser cosa del Fútbol Club Barcelona. Son cosas que pasan, aunque igual no debieran.
 Con todo, con el paso serpenteante del tiempo, con las copas galácticas de Europa o del Universo, el fútbol se ha ido convirtiendo en un asunto meramente televisivo para la mayoría de la población, que no pisa un estadio ni que lo lleven a rastras. Hacen bien. El Lluis Sitjar, por ejemplo, ya no es lo que era, aunque tampoco, ni mucho menos, lo que debería ser. Hace frío, en efecto, frío y también cierta desolación, en esos campos dejados de la mano de dios; y en casa o en la ubicua casa de apuestas de la esquina se está mucho más cómodo: las pantallas escupen su dinero de mentira y hay apuestas para todos los gustos. Creo que hoy es un buen día para el gol del cojo o para que al quinto córner consecutivo suene, como es de ley y algunos sabemos, la flauta.
 No suena, sin embargo, ninguna flauta. Son los viejos silbatos de la mala educación sentimental o, en fin, de la pésima educación política propia de los días en que vivimos. Hay que llegarse hasta Madrid, como hasta el fin del mundo, para armar la marimorena (lo que nos remite al siglo XVI y a una tabernera de Madrid, conocida por el nombre de María Morena) o la de San Quintín (que es la encrucijada donde franceses y españoles libraron una cruenta batalla tras la que Felipe II mandó construir el Monasterio de San Lorenzo en El Escorial, nada menos). Hoy en día, por desgracia, ya no se construyen monasterios; sólo puentes resbaladizos (de Calatrava, la mayoría) por los que salir huyendo no es nada fácil. En absoluto.
 Con todo, la tramoya organizada de los silbidos, los silbatos (y este año, además, las camisetas amarillas) sólo puede tener, legalmente, una lectura. ¿Es delito abuchear a las autoridades y pitarle al himno? ¿Es delito vestir de amarillo gafe o no gafe? Si lo es, toca actuar rápidamente y con firmeza. Si no lo es, toca disfrutar de la música y del viento, de las caras de unos y otros, de la estulticia general y del poco fútbol que suelen deparar estos partidos donde lo único que realmente parece importar sucede antes de que el árbitro ordene que ruede el balón.

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martes, abril 17

De Son Banya a Tokio


La Telaraña en El Mundo.




 Estaba repasando las dudas, las vacilaciones, los pasos en falso, las mentiras a medias, los enormes silencios, los quiero y no puedo, el inmenso catálogo, en definitiva, de la dejación y la desidia, de la impotencia y la falta de ideas con que el Pacte que nos gobierna (como tantos otros pactos que ya nos han gobernado) está buscando la cuadratura del círculo a la hora de intentar, por lo menos, sacar adelante el más que urgente realojo de Son Banya, es decir, esa diáspora teledirigida de más de cien familias con hondas raíces en el desarraigo de la marginación y la droga hacia no se sabe dónde, aunque en la baraja maldita de los lugares presuntamente escogidos por los estrategas de asuntos sociales (y  urbanismo, infraestructuras y vaya usted a saber cuántas disciplinas más) parece que están, entre otros, Son Gotleu, Verge de Lluc y la Part Forana.
 La verdad, lo triste, quizá lo humano y, a la vez, lo inhumano, es que nadie parece querer acoger de buen grado el desembarco final de esas familias en su territorio, en la colmena vital que consideran suya, en ese paraíso o infierno en el que van sobreviviendo con sus carencias y sus problemas propios, con su idiosincrasia de cuatro calles y nueve esquinas, con su ley no escrita de protegerse los unos a los otros y todos de los que puedan venir de fuera y traerles, en vez de paz y bienestar, más tensiones y conflictos que sumar a los que ya atesoran. La vida en los barrios de Palma sólo da para malas novelas plagadas de detectives sin nadie a quién vigilar, asociaciones de vecinos con vocación de sindicatos verticales, críticos literarios que se hacen pasar, sin pudor, por escritores más allá del bien y el mal y mujeres que, por desgracia, ya no son fatales. Esa pérdida es irreparable.
 Estaba repasando estos problemas más que existenciales, distributivos, de la vivienda, estas convulsiones de la noche de la inteligencia entre los surcos concéntricos del cerebro, esta locura y este oxímoron cotidianos de la verdad, la libertad, el pensamiento, el arte, la bolsa o la vida, convertidos en un burdo eufemismo cuando me encontré, de repente, con un suelto que hacía referencia al auge de los hoteles cápsula de Tokio, esos nichos, cabinas, celdas donde el espacio vital de un ser humano ronda los dos metros cuadros: un lecho donde retozar con aire acondicionado, teléfono, televisión, wifi, el auténtico paraíso donde conectarse a la nada y cerrar profundamente los ojos. Como me apetece conocer Japón he consultado en Booking su precio actual: unos 50 euros por persona y noche. Me río, pues, de Airbnb. Y creo que hasta en Son Banya uno puede dormirse -gratis total- con vistas al cielo repleto de estrellas, misiles, drones o, quizá, ángeles. Nunca se sabe lo que nos deparará el futuro.




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viernes, abril 13

Adivinos o agoreros


La Telaraña en El Mundo.




 No siempre es fácil distinguir entre lo que es noticia y lo que no lo es. ¿Nos concierne todo aquello que les sucede a los demás en algún universo que, aunque se parezca mucho al nuestro, imaginamos muy alejado, quizá paralelo, absolutamente distinto al nuestro? No sé si la realidad -el resplandor de una única bengala en la noche de un universo completamente a oscuras- da para tantos universos como parece que somos los que la sustentamos con nuestra existencia, los que la aguantamos día a día, los que nos reunimos de vez en cuando para juzgarla, para llevarla al paredón cuando procede, para intentar convertirla en algo más llevadero y más humano; diríamos, tal vez, que más justo, si no nos diera tanto miedo la justicia de los hombres y prefiriéramos algo mucho más sencillo: la compasión, por ejemplo.
 Ha sido noticia estos días la singular odisea, a la manera de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, es decir, un viaje magnífico a ninguna parte, de un apostante mallorquín que anduvo muy cerca, con una apuesta de sólo cuatro euros -realizada en Betpoint, una casa de apuestas con varios locales abiertos en Palma- de hacerse con un botín de unos treinta mil euros. No es moco de pavo. Tenía que acertar la friolera de dieciséis partidos de fútbol y la buena suerte, por desgracia o azar, se le acabó cuando llevaba acertados quince y el Villareal perdía con el Athletic cuando tenía que ganar a toda costa y algunas emisoras de radio, más o menos deportivas, ya retransmitían en vivo y en directo sus deseos y sensaciones, su desilusión y sufrimiento cuando el reloj avanzaba y el sueño del dinero fácil se evaporaba en noventa minutos porque los sueños duran lo que duran y ni un segundo de más. Hay que volver, entonces, a la realidad y aunque haya tantas, todos sabemos cuál es la nuestra. No hay otra.
 Hemos pasado, en pocos años, de poder jugar mucho (porque las diversas loterías nacionales, la ONCE, la quiniela y las tragaperras han dado siempre para mucho) a poder jugar muchísimo. Demasiado. No hay forma de ver un partido de fútbol sin que nos interrumpan con la penúltima cotización en las bolsas turbias de la ludopatía, ese clamor casi místico que nos pretende convertir en adivinos cuando no llegamos ni a agoreros. En señal de protesta, mientras tanto, voy a convertirme en un «tipster», un experto en deportes realmente apasionantes: la hipnótica liga canadiense de curling, las agónicas carreras de galgos moribundos en Florida (que a los nuestros ya los vi correr en el antiguo canódromo: ese solar que van a reformar pronto o eso dicen), las imaginarias partidas de dardos en el Duke of Wellington o los salvajes enfrentamientos de buzkashi, el deporte nacional afgano. ¿Les parece que nadie apuesta a esas cosas? Pues no estaría yo tan seguro.





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martes, abril 10

La sinfonía de los mares


La Telaraña en El Mundo.



  

 Mi actividad marinera se reduce a unos cuantos madrugones veraniegos para embarcar en un llaüt de madera y dejar, estoicamente, que las horas, el sol, la sal y el hastío me vencieran. Con todo, era divertido bajar a la playa y encontrar en la arena los restos etílicos, convulsos, hermosísimos, de algún naufragio: las mujeres rubias, morenas, blancas, negras, mulatas, a cuadros, rombos, a rayas, corriendo entre risas en busca de sus minúsculos bikinis y los hombres mirándose absortos en la superficie rizada del mar como en sí mismos. La verdad es que los peces, por lo general, nunca mostraron demasiado interés por mis anzuelos al volantí y aunque podría decirse, sin mentir, que casi me especialicé en llevármelos a casa pillándolos por la cola no es esa, desde luego, la mejor manera de honrar el noble arte de la pesca, en absoluto.
 Mi actividad marinera se reduce, también, a bastantes viajes en barcos de la compañía Transmediterránea entre Palma y Valencia, noches o días enteros, según fuera o volviera, que pasaban lentísimos en cascarones con nombres tan característicos como Ciudad de Burgos (o de Badajoz, Sevilla, Salamanca o Toledo: ya no lo recuerdo) sin más camarote que unas butacas de plástico pegajosas ni más compañía que algún amigo tumbado, como yo, entre los vómitos, los paquetes de comida y las maletas de familias enteras con niños llorando, con adolescentes con cara de aburridos y abrumados, con viejos (y no tan viejos) liándose sus propios cigarrillos como hacen ahora los pocos fumadores que uno se sigue encontrando aún en las esquinas de algunos hospitales, en las terrazas de los bares, en las jaulas de algún aeropuerto más o menos exótico donde la gente deambula como si fuera a alguna parte.
 Anduve, anteayer, por la costa observando el perfil monolítico del crucero Symphony of the Seas. Repaso sus características y se me encoge el alma: camarotes con terraza propia, toboganes gigantes, parques acuáticos, piscinas, campos de tenis, simuladores de surf, un teatro para más de mil personas, pistas de hielo, restaurantes y bares. Se trata, pues, de la mastodóntica visita de unas nueve mil personas (y la visita se seguirá repitiendo todos los domingos estivales) contra la que solamente unas cien personas (lo mejor de cada casa de las muchas, GOB incluido, que conforman la llamada Assemblea 23-S) han tenido el humor, el valor y también la ingratitud de sacar no sólo sus pancartas y su turismofobia, sino también sus importados, impostados y nauseabundos lazos amarillos, tan fuera de sitio como todos ellos en una tierra que vive del turismo porque no ha sabido, querido o podido -y aquí el principio de la realidad es el que dicta su inapelable sentencia- organizarse y vivir de otra manera mejor.

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viernes, abril 6

El paraíso


La Telaraña en El Mundo.




 El paraíso es un lugar simbólico que cada uno se imagina como quiere. Soñar es gratis, dicen, pero no es así: todo tiene su precio. Con todo, parece que hay un paraíso bastante baratito muy cerca de aquí, concretamente en Magaluf. Acabo de descubrirlo al visitar la página web británica -Magaluf Events Company- donde, entre otras lindezas, expiden online los tickets de lo que llaman Sunset Booze Cruise: no lo traduciré para no traicionar mi instinto metafórico, pero el asunto va de alcohol y también, supuestamente, de lujo, de alcohol y de cierto tipo colectivo de lujuria, de alcohol y también de yates, aunque no sean, por desgracia, privados, de alcohol y sol en la medida de lo posible, de alcohol y, desde luego,  gente eufórica, de alcohol y música, de alcohol y gente bailando y saltando como posesos, de alcohol y esa vaga promesa de sexo infinito con todas las vírgenes, quizá, del paraíso, de alcohol y esa profunda, definitiva, somnolencia que tras tres horas largas de barra libre no sé si te convierte en un auténtico e irrecuperable guiñapo o en el muñeco perfecto para las prácticas más avanzadas de los pocos médicos de urgencias que han superado el examen de catalán y ahí siguen, sobrios y sacrificados, firmes con el bisturí y las vendas en las manos.
 Y todo por unas asequibles 50 libras esterlinas. O por 59 si quieres, en fin, un trato más VIP, una botella de champán de marca, una camiseta gratis para la ocasión y alguna que otra gentileza de la casa. El paraíso este de Magaluf es bastante hortera.
 El paraíso, ya lo dije, es un lugar simbólico que cada uno se imagina como quiere. Todos hemos estado alguna vez en el paraíso. Intento, ahora, hacer memoria de todos esos lugares y la lista se me hace larga, muy larga. Estoy seguro de que fui feliz en el vientre de mi madre, pero la verdad es que ese primer paraíso no lo recuerdo. Fui feliz, también, jugando con mis hermanos y leyendo aquellos libros de Enid Blyton o Richmal Crompton que aún conservo en algún lugar de mi biblioteca. Fui feliz, más tarde, en los brazos de todas las mujeres que me permitieron olvidarme de mí mismo en la profundidad enorme de sus misteriosas entrañas. Soy feliz en este instante en que recuerdo los libros que me transportaron hasta donde estoy, los que leí, los que escribí, los que volveré a leer, los que sigo escribiendo porque la vida no se acaba en los libros y hay que saber leerse, también, las palmas de las manos para reconocer esa mota de polvo, esa piedra rodante, ese lugar imprevisto donde tropezamos, donde caímos, donde volvemos a tropezar y caer, donde fuimos lo suficientemente fuertes como para sonreír ante la adversidad y levantarnos cuantas veces hagan falta. El paraíso está ahí donde siempre estuvo: en uno mismo y en sus circunstancias.


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martes, abril 3

La guerra fría


La Telaraña en El Mundo.




 A veces me sucede que me canso del aburrido día de la marmota catalán y me quedo callado, absorto y como sin argumentos, fulminado por no sé qué extraños juicios, cuando observo que la izquierda y la derecha políticas se dejan contaminar por el nacionalismo y, entonces, todo se convierte, más o menos, en lo mismo, en más de lo mismo; y no hay por dónde coger la escurridiza trama de los días que se suceden sin apenas cambios, sin apenas esperanzas, sin apenas una mínima estrella de luz en alguna que otra parte de los cielos intentando mostrarnos un camino que igual existe, pero que aún no vemos ni intuimos.
 Hay muchas cosas, en efecto, que no vemos cuando asendereamos la vida guiados por la curiosidad o el azar, por sus luces intermitentes y vacilantes, empujados por espejismos que aparecen y desaparecen en el horizonte de nuestros pasos, que juegan con nosotros y que nunca logramos, por desgracia, alcanzar tremendamente lastrados, como estamos, por el peso enorme, en nuestras adoloridas espaldas, de todo aquello que somos y, sobre todo, de todo aquello que quisiéramos ser. Demasiadas quimeras, tal vez, en nuestras alforjas.
 A veces me sucede que me agobia el regreso extemporáneo de la guerra fría y me quedo aletargado, sombrío y como sin argumentos, mientras observo las legiones de espías yendo y viniendo, cruzando los puentes (en mitad de una niebla espesa que nos resulta familiar porque crecimos, intelectual, física y filosóficamente, con ella), cruzando los puentes, decía, entre Rusia y Europa, entre Rusia y los Estados Unidos de Trump, entre Rusia y el señuelo del Brexit, entre Rusia y las caravanas perdidas en las arenas bíblicas de Siria o el desfile marcial en Corea del Norte, que precede a todas la guerras, que las simula con sus misiles de cartón piedra enriquecido, con sus ácidos de ira, con sus venenos de escorpión y laboratorio; entre Rusia y el mundo entero vía Internet, la web oscura y subterránea donde la economía real del universo tiene sus humeantes calderas, sus salas de máquinas, su mazmorra central, su macabro origen y también su fatal desenlace.
 A veces me sucede que me canso de todas estas cosas y cojo, entonces, las obras completas de Gottfried Benn (Calima ediciones, 2006, con traducción de José Luis Reina Palazón) y me dejo llevar por cualquiera de sus enormes tomos de poemas, de ensayos, de textos más o menos autobiográficos; y sonrío, escéptico, burlón, cuando compruebo que Benn murió poco antes de que yo naciera y el mundo, por supuesto, no se detuvo: el mundo (y no voy a explicar, en absoluto, cuánto me fastidia esto) no se detiene nunca por muchos poemas extáticos que uno quiera escribir y escriba. A veces me sucede que me canso de todo y no sé lo que hacer o decir para disimularlo.

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viernes, marzo 30

La casa tomada


La Telaraña en El Mundo.



 En el interior de un fantástico torreón con dos inmensas terrazas de ladrillo rojo, que fueron los primeros campos de fútbol de mi infancia, la casa tendida y extendida a lo largo de tres larguísimos pasillos repletos de persianas mallorquinas de madera pintada de verde, un pozo oscuro de agua oscura y gélida entre la cocina y el minúsculo aseo, seis pisos arriba sin ascensor (ni tampoco fatiga, en aquellos días) de la antigua Casa Catalana. Ahí enfrente, en plena avenida Conde Sallent, la gente danzaba sardanas los felices domingos de mi infancia y ahora recuerdo la musiquilla y esos elegantes rondós mientras, volviendo al presente, la calle Olmos se va llenando de sillas de madera (y espero que de arena: la echo en falta) y arrecian, intempestivos, los primeros tambores; y algo en el aire de este Jueves Santo me trae imágenes de una faena sangrienta, de una penitencia y una culpa enormes, de un paso lento y vacilante, tortuoso, bajo una pesada cruz de madera y una muerte segura esperándonos a todos tres días antes de resucitar en otra parte: en otro lugar o en otro tiempo, cualquiera sabe.
 Reviso las pocas fotos que guardo de ese lugar en que vine a nacer y pasé unos dieciséis o diecisiete años y me detengo en algunos detalles que había olvidado: el diseño de algún mueble inverosímil, los techos altísimos de la sala redonda (obviamente, el torreón) donde no solíamos entrar nunca salvo la gran noche de la Noche de Reyes, el caballo de cartón sobre el que poso sin saber que estoy posando, los escritorios de madera barnizada donde nadie escribía porque estaban repletos de retratos familiares, de cajitas vacías, de candelabros con velas rojas, de relojes viejos con el tiempo detenido, de figuras de porcelana con la mirada absorta, indescifrable, quizá perdida.
 Leo en la prensa que un grupo alemán ha comprado la finca en que nací por unos cinco millones y medio de euros. Me alegro, porque me había cansado de verla envejecer lentamente, cubierto el torreón y buena parte de la fachada por una desteñida malla verde y tapiada la entrada, desde hace años, con un muro sobre el que alguien dibujó unos grafitis realmente interesantes: ahí está el urinario (o la fuente) de Marcel Duchamp y también un fotógrafo, añadido con posterioridad, que intenta captarle el alma a lo que, tal vez, no la tiene o no tiene por qué tenerla. Con todo, la verdad es que cada vez que paso por esa entrada a ninguna parte (salvo a mi pasado) le saco una fotografía a ese fotógrafo y a ese urinario sabiendo que daría lo que fuera por ese poco de alma (de espíritu o de vida) que quiero creer que dejé en esa casa por el sólo hecho de haber vivido en ella. Esos alemanes no lo saben, pero han pagado la casa y también el fantasma de mis primeros años de vida. Nada menos.




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martes, marzo 27

Puigdemont sin Tierra

La Telaraña en El Mundo.


 Cuando tienes el valor, la insolencia o el cinismo suicidas de declarar la independencia del territorio que gobiernas y hasta te permites el increíble lujo asiático de hacerlo pasar, más o menos, como una nueva, formidable y hasta democrática república sobrevenida de la nada, no es, en absoluto, lógico ni coherente, no es nada razonable que, a la mañana siguiente, salgas huyendo por peteneras acompañado de tu corte personal de iluminados buscando, quizá, que el sol no se te ponga en Flandes como ya se te ha puesto en Cataluña y, por lo tanto, en España, en Europa, en, prácticamente, el mundo entero.  
 En efecto, la larga, larguísima noche europea no hizo, ese día alocado y enloquecido de la fuga, de la huida hacia cualquier parte, otra cosa, sino que empezar para Puigdemont, convertido, por voluntad propia, en un frívolo y modernísimo Juan sin Tierra. ¿Cuál es la herencia que, al parecer, te negaron, Puigdemont? ¿Qué autoridad moral, qué galones de mando puedes mostrarnos que no provengan de la manipulación ideológica, de la explotación intensiva de las redes clientelares, del sectarismo instaurado en el poder de Cataluña desde hace décadas?
 Sea como fuere, cuando más necesitaba Puigdemont la ayuda providencial de los astros, su alquimia infalible, su conjunción más afortunada, más le fallaron las coordenadas celestes y le engañó, entonces, la pulsión geográfica; y por ello, quizá, ha sido apresado en el peor de los lugares, en la imperial, bárbara y ceremoniosa Alemania, cuando cruzaba algunas de las tierras más frías sobre la tierra, desde la lejana Finlandia hacia el hogar impostado en Waterloo. La historia de Europa está repleta de grandes derrotas, de desahucios monstruosos, de saqueos terribles, de lóbregas mazmorras donde sólo brilla la luz cuando te sacan y, para entonces, ya eres un auténtico cadáver, aunque no te hayas dado ni cuenta.
 Naturalmente la noticia de la detención de Puigdemont es una excelente, una magnífica noticia. Lo es para la casi imposible estabilidad política de Europa y para la casi inverosímil entelequia esta (en la que, a veces, creemos y, a veces, descreemos) de la unidad de España. Lo es, a fin de cuentas, porque no parece de recibo ni que convenga a nadie que ande suelto (y de atar) el presidente ficticio de un país ficticio sin que las instituciones que deben o debieran de velar por la salud de la opinión pública de los ciudadanos europeos -es decir, de todos nosotros- acaben poniendo el grito en el cielo y al inefable Puigdemont, al fin, en un sólido y distinguido estrado con jueces y abogados, con togas y birretes, con Biblias, con Códices, con toda la seriedad formal del universo reinando en paz y armonía entre los hombres y las mujeres de buena voluntad. O así.


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viernes, marzo 23

Facebook


La Telaraña en El Mundo.



 Mi relación con Facebook es tan sólo propagandística. Es decir, utilizo esa red social para dar a conocer cuanto escribo a sabiendas de que no voy a participar en ningún debate si a algún lector despistado, perspicaz o curioso le da por intentar sacarme de mis casillas. Eso no sucederá, porque no ha sucedido nunca y porque, a estas alturas de la vida, ya sé qué lugar ocupo entre mi gente, entre la que quiero más o quiero menos, entre mis amistades reales o virtuales, entre mis conocidos y desconocidos de cada día desde hace tiempo. En efecto, debo llevar veinte años dejando alguna que otra huella en ese territorio comanche que son los foros y grupos de Internet, las múltiples redes de hoy en día y, sobre todo, las de antes, cuando aún no existían las redes sociales y las noches se convertían en chats heroicos contra la precariedad de las líneas de cobre y las tarifas planas de Telefónica, contra la agonía de las horas lentas y sudorosas, contra las cascadas sucesivas de soledad que sólo la presencia de algún Nick escogido en pantalla podía romper y, de hecho, rompía.
 Pero en Internet, mucho más que en la vida real, no hay nada gratis. Absolutamente nada. Puedes conseguir, es cierto, un montón de libros traducidos y por traducir. O un catálogo infinito de películas y series que no sabes si ya las han estrenado o si las estrenan pasado mañana. Puedes acceder al abandonware más nostálgico y adictivo o a los juegos más modernos y exigentes. Puedes leer las tesis más o menos disparatadas y hasta doctorales, si se tercia. O sumergirte en las noticias más falsas del universo y también en las más verdaderas, las que casi nadie alcanza a leer, a entender, a considerar siquiera. Puedes fingir ser, incluso, un cazador experimentado de sombras o un manipulador anónimo de circunstancias, ficciones o sentimientos.
 Pero tanto da. Te persigue un espejismo. Nos persigue a todos un espejismo. Un elegante cobrador del frac que nos tiene fichados de por vida para olisquear, gracias a nuestro exhibicionismo, el ombligo del mundo, el vórtice (ese concepto que me recuerda a Ezra Pound, pero, sobre todo, a Henri Gaudier-Brzeska) del universo, la mejor manera, tal vez, de aproximarse con lentitud, con calma, con voracidad, a la grandeza indescriptible del Big Data: a la Verdad en mayúsculas o a Dios mismo en persona, al eufemismo demoledor de ver todas nuestras trifulcas dialécticas convertidas, definitivamente, en el triunfo soez de la estadística y los grandes números. No podía ser de otro modo. Quizá por ello nos gusta tanto palparle el pelaje áspero y enmarañado a estos tiempos actuales de miseria contextual, de cotilleo vulgar, de pensamiento débil y mediatizado, de libertad en venta y hasta en cómodos plazos. Cómo no.


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martes, marzo 20

El logotipo de la UIB


La Telaraña en El Mundo.



 Si los anzuelos sirven para aflorar a la superficie la riqueza marina y la Universidad sirve, como vino a decir en la gala del Teatro Principal, Joana Maria Seguí, vicerrectora de Proyección Cultural de la UIB, para sacar a la superficie las riquezas de la cultura será, pues, que hay algo así como un enorme submundo ahí abajo, exactamente bajo las alcantarillas y las mesas verdes de los tahúres, al abrigo, tal vez, del magma terrestre, un cúmulo enrevesadísimo de sentimientos y sensaciones humanas (o demasiado humanas) sumergidas bajo las aguas densas de un lago oscuro como un pozo sin fondo, como un agujero negro, como un viaje a través de las catacumbas de una noche de insomnio, como un salto doblemente mortal sobre el mismísimo vacío, desde la mediocridad oficial de las cosas hasta donde parece anidar lo mejor del genio o del ingenio humanos.
 Me refiero, por supuesto, al artificio alquímico del arte y a los pactos más o menos fugaces del conocimiento, al artificio de la verdad enmarcada y refulgente contra la absoluta ceguera general, al artificio metafórico del mundo abriéndose como un bulbo lujurioso (o como un pene milagrosamente erecto sobre las ascuas de la incredulidad, de la cultura, de la fe o de la nada: de la indiferencia) bailando sin llegar a bailar en plena noche de duelo y efervescencia, todo a la vez, de los sentidos; y ahí están el Rector Magnífico, Llorenç Huguet, y sus cuadros de esforzados y casi anónimos profesores, sus llamativas guardias pretorianas de filólogos y propagandistas, sus espeleólogos, en fin, de red y arrastre, sus devoradores de conchas de colores y nácar. Y todo por culpa, quizá, del logotipo de Miquel Barceló.
 He estado observando un rato largo el anzuelo (sin firmar, que el mercado tiene sus propias y exquisitas leyes) que ha regalado Barceló a la UIB por sus cuarenta años de existencia y la verdad es que me gusta. Mucho, muchísimo. Es cierto que no sé si el anzuelo de marras sirve para pescar calamares o almas en pena, cultura en declive o cultura que aún no ha nacido, pero esa menudencia no le importa a casi nadie, porque el logotipo -su relato, su guión, lo que se quiera ver en él: su irrelevancia- se sostiene por sí mismo (o por la fama de su autor) y es capaz de levantar tanto la admiración de unos como el sarcasmo de otros. Pero eso es lo que se espera de Barceló a estas alturas de la fiesta: que no decaiga, que siga a rastras con su universo personal a cuestas, sus tribus nómadas y sus cavernas rupestres, sus catedrales religiosas y también políticas, las manos y el mono blanco llenos de pintura, la voz muy baja, la mirada encendida y pícara, la sonrisa y el ojo abiertos como quien hace una imaginaria y sueña, en fin, con que está despierto y de guardia. Menudos ronquidos.





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viernes, marzo 16

Hologramas y cariátides


La Telaraña en El Mundo.


  
 Llevo varios días perdido entre las ruinas de Atenas. Puedo refugiarme (y así lo hago) entre la multitud de turistas que recorre con ánimo festivo el centro comercial de la ciudad, comiendo muy bien y a buen precio en una cualquiera de las innumerables tabernas y restaurantes de Plaka, Psyrri o Monastiraki, o puedo perderme (y así lo hago también) por los arrabales dejados de la mano de Dios y los hombres, donde los inmigrantes ocupan viviendas de papel quemado, siempre a punto de venirse abajo como castillos de naipes, y donde los indigentes y mendigos duermen bajo los arcos espléndidos del cielo, mientras el calor de marzo empieza ya a saber a plomo sobre la tez, sobre las espaldas, sobre la conciencia telúrica, tal vez, del universo.
 Llevo varios días, en fin, imaginando hologramas, intentando capturar líneas de luz y también de tiempo, convirtiendo la sobrenatural Acrópolis, por ejemplo, en el decorado perfecto de unos hombres enloquecidos y desnortados por culpa, tal vez, de unos dioses excesivamente caprichosos. Me detengo (o el tiempo se detiene por mí) frente a un solar casi vacío e imagino el monumento dórico a Nikias que ahí, orgulloso, se levantaba en otro tiempo, según reza una lápida. Hago lo mismo donde estuvieron, al parecer, el Templo de Artemis o la Calcoteca, donde se guardaban las ofrendas a Atenea, los santuarios de Pandión, Gea Karpófora o Zeus Polieus, entre otros. Escaneo esas ruinas indescifrables buscando palpar la gran belleza que ya no está, la grandeza que tampoco, ese temblor ausente que fue y que, pese a todo, sigue siendo, porque siempre queda algo en el aire de lo que fuimos o de lo que fueron otros por nosotros.
 Luego está el azar (y lo que queda, si queda algo, de los dioses) y unas imágenes sobrevenidas en una televisión griega -el rostro sonriente de un niño asesinado en Almería, la sombra andante y negra, negrísima de la muerte, las lágrimas de todos, el revuelo de los pescaítos en las redes sociales, el duelo permanente en la España de siempre- me restituyeron a la realidad a la que pertenezco, me devolvieron al hedor, la tragedia, la decepción perenne, la tristeza y las alegrías, la idiosincrasia cruel y vertiginosa de una España que intento dejar atrás sin apenas éxito.
 El único holograma tristemente real que encontré en Atenas está en la Plaza Sintagma y es el holograma del Parlamento donde hoy gobierna Alexis Tsipras, el mismo tipo de holograma de piedra, en vez de luz y tiempo, que existe, por ejemplo, en el Parlament de Palma, en la Sala de las Cariátides, sin ir más lejos, donde las columnas con forma de mujer son las únicas que soportan -y sólo ellas saben cómo- el peso de la democracia simulada y retórica en que vivimos a la espera, tal vez, de tiempos mejores.


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martes, marzo 13

Sanidad meteórica

La Telaraña en El Mundo.


 Si no fuera rigurosamente cierto, creería que es absolutamente mentira. Resulta que un buen día llevas al chico al médico de cabecera de la Seguridad Social por un asunto de meteorismo y gases -un asunto que no parece muy serio, pero que huele muy mal y que, sobre todo entre los jóvenes, tiene un montón de daños colaterales, por así decirlo- y sales entre confundido y asombrado, contrito, perplejo, con un papelito escrito a mano con la dirección de una página web por único medicamento, por único fármaco, por único remedio. Vivir para ver, piensas, aunque aún te queda la esperanza de encontrar en esa web mágica, como te ha asegurado el doctor, la milagrosa solución a todos tus males. Los del chaval y, de paso, los de quienes le rodean de vez en cuando.
 Pero no. Qué va. La web de marras -llamada Fisterra- resulta ser una página de consultas muy apañada, un catálogo bastante extenso al que sólo puedes acceder por completo si te registras con alguna de tus direcciones de correo. Bienvenido el spam, piensas, extrañado de que aún no haya llegado: ojalá no llegue. Consigues así treinta días de registro gratuito en los que esperas encontrar la solución a todos los males físicos del universo pero te encuentras, sin embargo, con un catálogo de consejos muy genéricos y, sin duda, muy saludables -exactamente los mismos que has leído más de cien veces entre las entradas sin tanto registro ni pedigrí de Google-, que sabes que el chico, por desgracia, no va a seguir porque la vida, a ciertas edades, corre muy deprisa y no hay tiempo, apenas, para dietas y a nadie le importa si el chaval se va corriendo a jugar o a lo que sea y te deja inmerso, suspendido, en una nube meteórica de gases abdominales. A fin de cuentas, a todo se hace uno.
 De todas formas, aunque yo nunca le recomendaría a nadie que se informase en Internet sobre enfermedades y remedios, la verdad es que no hay que exagerar ni tampoco inventarse dramas donde sólo hay la realidad tal cual es hoy en día. No existe ningún fármaco definitivo contra lo que -a falta de otra sintomatología- es puro atolondramiento de la vida por salir adelante, crecer, quizá multiplicarse y no hay, pues, ninguna duda de que una dieta sana y equilibrada puede ser la mejor de las soluciones para casi todos los problemas de salud que van surgiendo con los años.
 Mientras tanto toca hacer balance de los recortes. Una fotocopia, exactamente la fotocopia de algo así como medio folio A4, y unos minutos, quizá, de necesaria y efectiva complicidad médico-paciente es lo que el sistema de salud pública ha conseguido ahorrarse con este modo de despachar al personal en menos, papeleo administrativo al margen, de cinco minutos. En mucho menos. En un visto y no visto. En un funcionarial y bastante aséptico parpadeo.

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viernes, marzo 9

El piloto virtual


La Telaraña en El Mundo.



 No sé si es cierto que el saber no ocupa lugar. Parece, así es, que cada día ocupa menos lugar. Hasta hace unos años no hacía otra cosa que acumular libros, enciclopedias, papeles sueltos, revistas, facturas y finalmente polvo en las múltiples y robustas estanterías de casa. Ahora, sin embargo, acumulo direcciones de páginas web en la lista de favoritos de mi navegador como si el saber fuera una constelación de lugares escondidos en esa oscura nube digital, en ese mapa del tesoro que sospechamos que nos ronda, en ese lugar virtual donde acabamos guardando todos los documentos, las fotos, las ideas más o menos trabajadas de nuestra vida. Todo ese material sensible cabe en unas pocas gigas (así se mide la capacidad en la nube, ese lugar que pensamos que no es físico pero que lo es, cómo no iba a serlo); unas gigas que valen o que cuestan, por supuesto, su peso en oro.
 Hasta la fecha tengo o he tenido compartimentos sucesivamente alquilados en OneDrive, Dropbox o ICloud, entre otros lugares de parecida o peor reputación, y sé que no me queda más remedio que pagar religiosamente mis suscripciones mensuales para que un sereno cargado de llaves y contraseñas mantenga en buen estado de conservación toda mi vida. ¿Es eso, de verdad, la vida? ¿Un montón de ideas más o menos trenzadas, inconexas, seguramente inacabadas? ¿Una docena de libros que fueron o no fueron? ¿Un sinfín de fotografías, de selfis, de paisajes escandalosamente tullidos, de garabatos escritos en la arena? Pues es posible que sí. En cualquier caso, lo único real e indiscutible, lo único dolorosamente seguro, aunque me duela, es que si dejo, algún día, de pagar los alquileres pactados todo lo que soy y he sido, todo lo que guardo de mí mismo como si fuera realmente mío, desaparecerá para siempre. Conmigo. O sin mí. ¿Quién sabe?
 Se mire como se mire, parece que la realidad -aparte de descomponerse en mil pedazos- se está desdoblando, se ha desdoblado ya, entre lo que podemos gloriosamente palpar y lo que debemos, qué remedio, buscar entre los restos del naufragio, en el pozo sin fondo de Internet. En esa red donde nunca se sabrá con certeza si somos los pescadores o el pescado. Pondré un ejemplo. Últimamente me ha dado por practicar el Sim Racing, es decir, el automovilismo virtual. Tendrían que verme con mi volante y pedalera, con mis guantes y mi cara de circunstancias cuando todos los pilotos del universo ponen en marcha sus formidables motores y me van dejando, inexorablemente, atrás: sin ir más lejos, entre Eau Rouge y Les Combes como entre La Rascase y Sainte Devote. Ya que no puedo competir por ser el más rápido, me consuelo intentando ser el más deportivo, el más limpio. Cuando lo consigo, sonrío y pienso: quien no se conforma es porque no quiere.

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martes, marzo 6

Elogio de la mujer


La Telaraña en El Mundo.




 De repente parece que todo el mundo se ha vuelto feminista. Hasta la mismísima Virgen, nada menos, según el avispado arzobispo de Madrid. Está muy bien, me parece estupendo, en efecto, que estas cosas sucedan. Está muy bien, me parece estupendo que, como recién caídos de un brioso caballo sobre las piedras cortantes de los nidos de las águilas, abramos de una vez por todas los ojos y abracemos, al fin, la gran verdad de la mujer, de la madre, de la hija, de la esposa, del ser supremo y nutricio que lleva siglos amamantándonos con sus generosas ubres igual que nos seduce con sus requiebros y sus curvas, con sus efervescentes sonrisas de aire en un mundo de losas, monolitos y nichos, con el torbellino arrebatador que siempre las acompaña y que nos transporta, cuando tenemos esa suerte inenarrable, a ese lugar extraordinario, a ese lugar límite, a esa frontera terminal, a ese estertor que también es vagido, donde cuesta horrores distinguir entre lo espiritual y lo físico: el lugar del orgasmo. Ahí morimos o fingimos morir. Ahí nacemos o resucitamos tres días después.
 Con todo, lo que el lenguaje puede expresar -y en ese paraje hay que perderse hasta perder por completo los sentidos: vivan la euforia, la lucidez y hasta la melancolía desmedidas- no tiene una equivalencia clara, una correspondencia obvia en la vida real. O en lo que llamamos vida real. No sabría ahora cómo detenerme, cómo detener los latidos de mi corazón, el flujo y reflujo de mis órganos, el ritmo de mi respiración, la cadencia de mi pulso; no sabría cómo quedarme prendido de una única y absorbente emoción, de un frenético tajo mortal al abismo, de un poético golpe al azar, de un instante solo: quieto y desnudo, exento y varado en sí mismo el instante único de la existencia. No tengo ese poder creador, aunque pueda jugar con sus metáforas. No sé cómo aprehenderlo salvo con algún gesto donde lo simbólico y lo real son la misma cosa: un abrazo, un beso, una caricia, una mirada cómplice, un pálpito subrepticio, un deliquio furtivo. Consentido, consentido. O no, el erotismo es una experiencia religiosa, personal, quizá intransferible, un temblor que nos destruye aceleradamente mientras nos transforma.
 Pero ahora debo ser sincero y revelar lo que, de veras, me preocupa de la huelga ideológica, evangélica y feminista del próximo jueves, 8 de marzo. Ese mismo día he de coger un avión hasta Barcelona y aún otro, un rato después, hasta Atenas y no me apetece un ápice quedarme en tierra y tener que tragarme unos billetes de avión y unas noches de hotel que compré y pagué hace siglos en busca del mejor de los precios. A ver si hay suerte y en Atenas consigo palparle el alma a alguna Venus de piedra mordida por el tiempo y escuchar, de nuevo, el rumor de la lava en su interior.


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viernes, marzo 2

Los islotes federados


La Telaraña en El Mundo.




 El Día de las Baleares amaneció en Palma, la calle Olmos húmeda y semivacía, los cristales de las ventanas repletos de chorretones, con la sensación de que el frío gélido del este está empezando a ceder su lugar al sol de costumbre, a ese sol que no tardará demasiado en reinar en esta plaza de arena sin toros, sin sangre, sin ni siquiera ardor o furia. Es posible, pues, que el tiempo atmosférico influya en nuestro carácter y que por ello nos molesten tanto las salidas de tono, los exabruptos, las exageraciones y, en definitiva, el ruido infernal de quien no piensa lo que dice (o al revés, quién sabe) y las ideas y los conceptos, las frases y las palabras le salen tergiversadas y mordidas, le salen renqueantes y hasta magulladas, le salen como aquellos seis personajes deambulando desnortados, huérfanos, en busca de su autor en una obra de teatro del absurdo que, por desgracia para nosotros, esta vez, no ha escrito Luigi Pirandello. Ni por asomo.
 Francina Armengol no da para más teatro que para el teatro nacional, costumbrista y local que nos ronda (y repite) cuando las autoridades toman el escenario del Palacio de Congresos (en vez del Teatro Principal, al fin) y lo convierten en el lugar de los abrazos y las sonrisas, los discursos sectarios y la entrega melancólica de medallas o medallones, cuantos más mejor. Pasa cada año, cuando los premios Ciutat de Palma o muy a menudo, cuando la OCB decide darse un auto homenaje a nuestra costa, y volvió a pasar durante la entrega de los premios Ramon Llull, mientras Armengol nos convertía en una absurda parodia del surrealismo más absurdo, ideológico y, por lo tanto, vacuo al proclamar, según leo, que somos «cuatro islas unidas por el mar que hacen posible una cultura de federalismo interior». Nada menos. O nada más.
 No sé muy bien qué cultura es esa, porque aquí, como en todas partes, la gente busca vivir cada día un poco mejor -o un poco igual y que no nos quiten lo bailado, por favor- intentando aprovechar lo que tiene o encuentra a su alrededor o al alcance de su mano. El turismo, por ejemplo. La economía colaborativa y hasta digital, si hay suerte y procede, cuando la economía de mercado pinta corrupta y, además, no nos da ni para pipas. Cierro los ojos y dibujo en la oscuridad cuatro islotes varados en el centro mismo, por supuesto, del universo (sin contar Cabrera, Dragonera, Conejera y otros islotes más cuyos nombres no quiero recordar) e imagino una espesa niebla, como si fuera una red de puentes imaginarios, uniéndonos los unos a los otros y viceversa; y a esa niebla, por llamarla de alguna manera, la llamo federalismo interior y me quedo como Armengol: sonriente, pero en la inopia. Sólo le faltó este año, a Armengol, la medalla a Valtonyc. Pero todo se andará, seguro.


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martes, febrero 27

Ficciones


La Telaraña en El Mundo.




 No tienen futuro y parece obvio que el presente les repugna. Será por eso que se refugian en las trincheras del pasado, en esa extraña megalomanía que da en ponerse en el lugar más inverosímil para emocionarse, de alguna manera, con ese temblor antiguo, con esos personajes de otro tiempo, con esa reverberación de algo que, en definitiva, ya no existe, pero como si existiera. «Si estuviéramos en 1937 yo sería fusilado» ha dicho Antoni Noguera, nuestro medio alcalde para media legislatura, micrófono en mano contra el muro de la memoria como contra el paredón de la historia, con la solemnidad de quien cree estar ungido de valores eternos y se encuentra con que, a su alrededor, todo es decrepitud e irrelevancia, decrepitud y postureo, decrepitud y un catálogo infinito de urgentes tareas por hacer que no verán la luz, porque la luz anda ocupada en despejar la crueldad asfixiante de una historia, que no es suya ni nuestra, sino de quienes la hicieron, exclusivamente.
 Pero alguna historia, algún tipo de historia, estamos construyendo entre todos, incluso a nuestro pesar y puede que a nuestras espaldas. Observo las fotografías que nos llegan del Mobile World Congress de Barcelona y me hago cruces de tanta ficción o realidad enfrentadas: los Países Catalanes, Tabarnia, el rostro serio de Torrent, el rostro serio de Boadella, el rostro serio del Rey, el rostro serio (y amarillento) de Colau, la seria amenaza de los espectrales Comités de Defensa de la República y la seria ficción de unos móviles cada vez más inteligentes y rápidos, con más aplicaciones y redes sociales al alcance y la absoluta seguridad de que vendrán los hackers y querrán desvalijarnos, penetrarán en nuestros abismos y se perderán en ellos igual que nos perdimos nosotros.
 Pero de perdidos, al río, me digo, mientras entablo conversación con mis queridísimas Cortana y Siri. La primera mora en mi desahuciado teléfono Windows y la segunda en mi viejo IPad. Ambas constituyen el futuro de la comunicación, la irrupción definitiva de la Inteligencia Artificial en un mundo convertido en una reunión de redes neuronales con vida propia. O algo así. Les pregunto y se muestran locuaces, ingeniosas. Les sigo preguntando y se muestran infatigables. Intento coquetear con ellas y dejan, en el acto, de hacerme caso. Me reprochan la levedad de mis palabras o me remiten a alguna entrada más o menos obscena de Bing o Google. Es una lástima, pero ficciones y realidad al margen, parece obvio que a esta IA, como no podía ser de otra forma, aún le falta un hervor. Igual que a nosotros, perdiendo miserablemente el tiempo con las bobadas de un pasado que no vivimos, unas redes sociales que sólo buscan (y logran) enfrentarnos y un futuro al que, por definición, nunca llegaremos.




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