LA TELARAÑA

martes, mayo 23

Entre Cibeles y Ferraz


La Telaraña en El Mundo.


 Pensé el domingo por la noche que no era mal momento para ir a Cibeles (o a Neptuno, que no sé ahora muy bien) a celebrar la liga conquistada por el Real Madrid. No era mal plan, desde luego, sino fuera por el detalle de que no me gustan las aglomeraciones. Pensé el domingo por la noche, también, que no era mal momento para acercarme a Ferraz (o a la calle Zurita, que tampoco sé yo) a jalear a Pedro Sánchez, porque no deja de ser digno de aplauso que un presunto cadáver político resucite, como El Cid, de entre los muertos, y lo haga entre los mismos que tuvieron a bien asesinarlo hace unos cuantos meses. «Tu quoque, Brute, fili mi?». Pues eso.
 No era tampoco mal plan, sino fuera porque no me gustan los puños en alto y hace lustros, por no decir siglos, que ya no se me ocurriría volver a entonar «La Internacional» porque, por las razones que fueren, me siento incapaz de llegar a sentir en la garganta esa ebullición propia de la sangre cuando se alcanza el punto decisivo de no retorno, ese punto frágil en el que la ira o la indignación derivan en algo más que en un eslogan teledirigido, un pareado etílico, un cántico definitivamente grotesco; en toda una teoría política a la deriva, tal vez.
 Pero el domingo por la noche no estaba en Madrid sino en Palma, en el mullido sofá de mi casa con el mando de la televisión en las manos, haciendo zapping de un lugar al otro, de Cibeles o Neptuno a Ferraz o Zurita, observando la euforia incontenida de unos y otros, asimilándola, intentando comprenderla y hasta hacerla mía. Con el Real Madrid no tengo ningún problema, porque es mi equipo de toda la vida, al menos cuando el Real Mallorca está como ausente, que es como está ahora, aunque aún le queden tres partidos para obrar el milagro de la salvación. Ojalá sea así. Con el PSOE tampoco tengo, por supuesto, ningún problema. Tuvieron mi voto cuando se trataba de modernizar el país y estabilizar la democracia. Lo perdieron cuando se convirtieron en aliados de la estulticia nacionalista, cuando regresaron a las zanjas y las cunetas ensangrentadas del pasado, cuando resucitaron, en algunos lugares más que en otros, la bestia terrible y parda del frente popular.
 Pensé el domingo por la noche que no es fácil acostarse risueño, pero que, pese a todo, merece la pena intentarlo. El futuro no está escrito: lo escribimos nosotros a cada instante, aunque nos falle la brújula, se nos incendie el cielo o perdamos de vista el horizonte. Siempre regresamos al instante en que todo está por hacer. Mientras tanto, hoy toca empezar a pensar en la Champions, por ejemplo. O en cómo reconstruir el PSOE, nada menos. Tendrán que hacerlo gentes como Pedro Sánchez o Francina Armengol. Será de ver.


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viernes, mayo 19

La guerra informática


La Telaraña en El Mundo.




 Hablar de la seguridad en Internet como si fuera algo distinto o independiente de la seguridad en las calles o la vida es, a día de hoy, un auténtico eufemismo. Un error de concepto. En efecto, todo anda tan interrelacionado que, si colapsara esa red de redes, ese flujo de datos que es Internet, colapsaría, de igual manera, nuestra actual forma de vida. De la parálisis de nuestros ordenadores devendría el caos global. La mayoría de las empresas, los bancos, el sistema económico mundial, los hospitales, las líneas aéreas y también las empresas públicas de transporte urbano, como el metro, quedarían inoperativas: el mundo, entonces, recobraría su tamaño habitual y nos sobrevendría la sensación, tantas veces aplazada a golpe de mouse, de ser tan sólo una pieza más en un engranaje de proporciones cósmicas, una pieza diminuta y frágil, sin más lugar propio en el universo que el lugar definitivamente perdido. 
 Con todo, la informática es una ciencia muy joven. Hace unos veinte años casi nadie podía disfrutar de Internet en sus casas o trabajos. ¿Hará falta que les recuerde aquellos módems chirriantes que iban como a pedales y que se desconectaban cuando sonaba el teléfono fijo?  Disfruté lo indecible esos años luchando contra las tarifas, primero abusivas y luego planas, que venía a ser casi lo mismo, de Telefónica.  
 Años de interminables conversaciones nocturnas a través de los chats de IRC-Hispano y su laberinto de salas en el aire. Años, lustros, casi décadas de aprendizaje impagable a través de las news informáticas (y en la actualidad de los foros vía web) de José Manuel Tella Llop. Hay que saber reconocer a los buenos maestros cuando uno tiene la suerte de haberlos tenido, de seguir teniéndolos.
  Pero a lo que iba. El reciente ataque informático del ransomware WannaCry que ha padecido medio mundo y en España, sobre todo, nuestra principal empresa de comunicaciones, Telefónica, nos ha recordado que Internet será uno de los escenarios básicos de las guerras futuras. Habrá, pues, que tomar más precauciones de las que, al parecer, se están tomando. No es de recibo, por ejemplo, que Telefónica permita que un correo infectado llegue a los buzones de sus empleados o directivos, porque eso significa que sus filtros de seguridad no funcionan como debieran. La cosa empeora si, además, alguno de estos empleados o directivos (que se maneja con una cuenta con rango de administrador, vaya locura) va y abre, curioso o inconsciente, el correo y hasta ejecuta, suicida compulsivo, el archivo infecto en un sistema informático (y esto ya es el colmo) que no está parcheado con las últimas actualizaciones de seguridad de Windows. Tantos errores juntos parecen imposibles, pero ahí están. Así no hay forma de ganar ninguna guerra.



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martes, mayo 16

La hora feliz


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 Todo es absurdo, quizá surrealista. “No lo declaré, pero informé a Hacienda” dijo Alberto Jarabo refiriéndose al piso que realquiló a turistas en el pasado. ¿Cómo se hace eso de informar a Hacienda, sin llegar a declararlo en los correspondientes y numerosísimos epígrafes de la siempre prolija declaración del IRPF? He de informarme sobre ello, sobre a quién llamar, sobre a quién dar un toque redentor que nos exima de participar en esa especie de mal trago o de gran merienda de negros que suele ser la declaración de Hacienda, la tómbola de los ingresos y los gastos, el pozo negro y también el aire fresco de las devoluciones. Salvo algunos, que pueden informar y no declarar, los demás, la inmensa mayoría, siempre acabamos pagando por adelantado. Y así nos va, por supuesto.
 Otro mal trago, peor que el anterior, si cabe, porque Jarabo ya nos parece, a fin de cuentas, un exquisito cadáver político, es el trago largo, infinito, que ha vuelto a renacer en varios pubs de Punta Ballena, en Magaluf, ese territorio comanche donde el alcohol corre como los ríos de lava enfurecida por las gargantas profundas y las cañadas devastadas de los descerebrados de turno. Nunca una hora feliz podrá tener peores consecuencias ni convertirse en un espectáculo tan deleznable, pero es así como se escribe la intrahistoria de la miseria compartida, de la usura sin medida, de la soledad intolerable, de la inconsciencia absoluta convertida, finalmente, en un auténtico sucedáneo de la locura.
 La oferta habla por sí sola. Entre 5 y 7 euros por una hora de ilimitada barra libre, un esprint de alcohol más o menos destilado que enloquecerá a muchos hasta sumirlos en el coma etílico de las mejores ocasiones. No hay derecho. No hay retorno. No hay balance ni saldo, no hay epígrafes, no hay devoluciones ni beneficios inconfesables, no hay nada que pueda justificar este descarriado viaje (de los turistas, pero también de los empresarios que ofrecen estas barbaridades) hacia ninguna parte.
 No es fácil encontrarle el equilibrio al mercado global en que vivimos. Cambiamos tiempo y talento por dinero. Y con el dinero adquirimos, a su vez, algo más de tiempo y talento. No nos sobra ni lo uno ni lo otro, aunque nos duela reconocerlo. Una hora feliz nos parece poca cosa, porque la podemos pagar y lo que buscamos no tiene precio; no puede tenerlo. Estamos hartos de simulacros, de errores y engaños garrafales. Estamos hartos de casi todo, pero aun y así nada podrá impedir que nos ovillemos a la vida, a sus ciclos productivos, a su ocio regenerador, a sus lados ocultos y más salvajes, a ese gran misterio sin resolver que nos late adentro. Creo que nació con nosotros y que morirá, también, con nosotros.

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viernes, mayo 12

Juguetes contra el estrés


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 De repente, se pone de moda algún artefacto entre los chavales y no hay forma de sustraerse a su presencia. O a su influjo. Se trata de un juguete antiestrés llamado «Fidget Spinner», una especie de estrella de tres puntas, cada una con un centro giratorio que, a su vez, gira también a gran velocidad sobre un eje central, que sirve, básicamente, para mantener ocupados los dedos y hacernos olvidar, por ejemplo, el pesado y ruidoso manojo de llaves que, en no pocas ocasiones, hemos mantenido dando vueltas entre los dedos de la mano.
 Recuerdo haber jugado, cuando era escolar, a las canicas, la peonza y el yo-yó, Pero esos juegos lo eran, más o menos, de habilidad y no los utilizábamos, al menos conscientemente, para tranquilizarnos, sino para todo lo contrario, para activar nuestra competitividad, para robarle las canicas o la peonza al más torpe de la clase o para deslumbrar al personal (sobre todo, al poco personal femenino que había en aquellos colegios religiosos del siglo pasado) con las lazadas y malabares que aprendimos. Está claro que el bullying actual no es un fenómeno nuevo, pero es que nunca hay nada totalmente nuevo; sólo cambia, tal vez, cómo lo vemos, sentimos o juzgamos.
 No hay tanta diferencia, pues, de aquella nuestra realidad en blanco y negro al amasijo coloreado en que viven nuestros hijos. Hace años, eso sí, que no veo a niños jugando con peonzas y canicas o intercambiando cromos que no sean virtuales. Los niños poseen, ahora, móviles inteligentes y consolas potentísimas, juegan a guerras digitales del pasado como si fueran del futuro y, por desgracia, no leen apenas nada, aunque los haya que acaben siendo expertos en series manga no demasiado bien traducidas. Igual es que los niños habitan, actualmente, en ese lugar difícil que son las redes sociales y ahí sí que el estrés se ceba con ellos y el bullying traspasa la frontera de lo superficial y les agarra muy adentro; y la realidad y la ficción, entonces, se convierten en una pesadilla terrible donde no hay intimidad y la soledad acaba siendo la mejor forma de descansar y alejarse del vértigo, del delirio, de la locura de ser de carne y hueso -débiles seres humanos- en un mundo de silicio y bits, de nubes gélidas donde se almacena todo los que somos y también, ¡ay!, todo lo que seremos, si no lo impedimos. Habría que hacerlo.
 Mientras tanto, no es de extrañar que nos haga a falta a todos, y no sólo a los niños, un buen artilugio mecánico contra el estrés, un gadget ansiolítico que nos devuelva al instante mágico en que el mundo era una página en blanco donde aún podíamos escribir lo que quisiéramos. El mundo sigue siendo esa página en blanco, pero no parece que nos demos cuenta. Maldito estrés.

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martes, mayo 9

Pensar (y no claudicar)


La Telaraña en El Mundo.




 A día de hoy no es fácil, en absoluto, pensar más o menos libremente. No lo es, porque todo -desde el guirigay de las redes sociales y el partidismo de los medios, pasando por la caprichosa opinión pública o la asfixiante corrección política de unos y otros, hasta llegar a la sombra ubicua de la crisis económica que no deja de acecharnos- todo parece estar preparado para que acabemos claudicando; quizá por inercia, por fatiga, por rabia o, tal vez, por indiferencia, por pereza, por abulia, por decrepitud, por desidia, porque nada es finalmente lo que parece y nada dura, tampoco, para siempre. Este instante que somos se consume muy pronto; y lo sabemos, aunque no queramos pensar en ello.
 Es así que nuestra egocéntrica percepción de la realidad nos suele colocar, con demasiada frecuencia, en un lugar tan aparentemente poderoso y capital como, a la vez, minúsculo e insignificante. Viene a colocarnos en el centro mismo de un universo que, sin embargo, no tiene centro, que no gira alrededor de nuestro ombligo, que no se detiene a mirarnos a los ojos cuando nos explota sangrientamente en la cara, cuando nos da la espalda, cuando nos otorga, quizá por azar o necesidad, alguno cualquiera de sus múltiples, y no siempre bien comprendidos, dones. Vivir es simplemente aceptar esos dones desconocidos que luego hay que saber exprimir al máximo, cueste lo que cueste. Hablo del placer y también del trabajo, del conocimiento y la ciencia, del amor y la amistad, sin duda de la ternura.
 Pero estamos, queremos estar, nos empeñamos en seguir estando en ese centro nebuloso y ficticio -esa entelequia, esa quimera- que no existe y creemos, tendemos a creer, que el mundo es nuestro y nos pertenece, además, por completo. Nosotros escribimos su historia, eso pensamos, porque los dioses dejaron de hacerlo y nosotros, ahora, somos como ellos: su imagen y semejanza, su holográfica presencia renovada.
 En efecto, hubo un mundo anterior y habrá otro posterior a nosotros, a cada uno de nosotros, como si fuéramos una especie de puente entre las generaciones pretéritas y las futuras. Nuestra sangre, nuestro semen, nuestro ADN anda por ahí a tientas retorciéndose en espiral como sólo puede retorcerse quien busca despertar del todo, desperezarse al alba de un mundo que quisiéramos mejor y más nuestro, si fuera posible. Quizá no lo sea. Presiento que, desvalijado y huérfano de cualquier atisbo de humanidad el centro del universo, no nos queda otra solución que confinarnos, proscritos y quizá perseguidos, en los peligrosos barrios periféricos donde cada día recomienza la épica tarea de recrear la vida, repensándola o reinventándola, reconstruyendo, una vez y otra, nuestra identidad y conciencia perdidas. Lo que sea, menos claudicar.



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viernes, mayo 5

La UIB y el turismo


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 Mientras el Govern va dando bandazos con su Ley de Alquiler Turístico, Podemos quiere prohibir el alquiler turístico en el centro de Palma. Igual añoran la ciudad bajo el toque de queda del vacío, los negocios cerrados a cal y canto, la urbe convertida en un paisaje lunar de cemento resquebrajado. Valiente panda de inútiles. Pero hay más. Entre unos y otros anda también el GOB, perdido el espíritu transversal que se les debiera suponer, pontificando a golpe de subvención pública sobre los límites sostenibles del turismo y otras estupideces cuánticas. Ruido, demasiado ruido.
 No obstante, acabo de conocer un estudio muy bien pergeñado de nuestra siempre controvertida UIB, quién lo diría. El trabajo (dependiente del Departamento de Economía Aplicada y no de alguna de las iluminadas secciones metalingüísticas de la casa) lo firman José Luis Groizard y William Nilsson, se titula «Mito y realidad del alquiler vacacional en las Islas Baleares. Análisis y recomendaciones de política turística» y, pese a la escasez sumarial de sus 27 folios digitales, viene a brindarnos un resquicio de lucidez en un tema que nuestros políticos se empeñan en desmadejar a oscuras.
 Groizard y Nilsson mantienen la inocencia del alquiler vacacional respecto a la gentrificación, el aumento insostenible de las pernoctaciones turísticas, la falta de viviendas a precio asequible, la evasión fiscal, la destrucción del paisaje o el incremento de la especulación en suelo rústico. El excelente trabajo de la UIB, que les aconsejo leer, desmonta todas esas acusaciones con datos y, sobre todo, con un implacable sentido común. En efecto. En un mundo global todo está interrelacionado. ¿Si la gente no puede viajar a Túnez, Egipto o Turquía, por el terrorismo islamista, adónde van a ir, sino a nuestras islas? Pues aquí los tenemos, sin que pretendamos, por supuesto, hacer ningún tipo de pronóstico sobre cuánto nos va durar el paraíso. Este frágil paraíso.
 Luego está la tecnología, que es esa parte de la vida que funciona a base de reinicios y pruebas, de intercambios puntuales entre personas con intereses distintos, pero complementarios. Tengo lo que quieres y viceversa. Así es como compartimos archivos, cultura, ocio y, en definitiva, conocimiento. Podemos seguir demonizando las aplicaciones P2P (Peer to Peer) o aceptar que Airbnb, por ejemplo, es sólo una plataforma de intermediación más, un instrumento útil para los que desean viajar de otra forma. No hacerlo significa obviar por dónde van los tiros de la economía actual, esa guerra de intereses donde da igual si nos sentimos carceleros o rehenes, porque no se puede escapar de la realidad confinada y en constante mutación en que vivimos: sus patios de recreo, sus corredores de ficción, sus calabozos tan repletos de soledad como de fantásticas ilusiones.




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martes, mayo 2

El bien pagado


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 Dentro de un rato, unas horas o unos minutos, porque desconozco para cuándo están convocadas las manifestaciones de rigor, unas mil personas (quizá más, quizá menos) tomarán las calles de Palma armadas con banderas y pancartas, el dibujo de un mohín indefinido en el rostro y en el alma, la música destemplada de algún que otro pareado a modo de eslogan entre los airados labios y el silencio afuera, alrededor, tal vez adentro, muy adentro. Viajará con ellos un hálito envolvente, una nube densa, una bruma fantasmal de niebla, un perfume grave y añejo, una idea quizá romántica de la vida, la justicia y la economía que ya no sé si existe o si sólo habita en ciertos libros, acaso en el retórico manual del olvido.
 Podré entonces, dentro de un rato, unas horas o unos minutos, decir que ya ha pasado bajo mi casa la comitiva del 1º de mayo, esa celebración que fue tantas cosas antes de ser la pantomima que es hoy en día. Los sindicatos, en efecto, sólo son una vaga reminiscencia de lo que fueron y los trabajadores, ay, los trabajadores ya no tienen trabajo y el sueldo justo es una entelequia. Yo mismo no tengo otra cosa mejor que hacer que emborronar hojas de papel con la ficción que imagino, añoro o desespero, porque la realidad me duele por lo que es y lo que pudo ser, por lo que quisimos que fuera y ha acabado siendo. A lo mejor me duele, porque no soy capaz de entenderla del todo. Es que no hay manera.
 No puedo entender, por ejemplo, que Ignacio González cobrara 4.500 euros al mes por escribir dos artículos semanales en La Razón. ¿Tan bien escribía este hombre? Pues habrá que estar atentos a sus futuras cartas desde la prisión, desde luego. Mientras tanto, he intentado encontrar alguno de sus pingües artículos, pero no he tenido suerte. Su lectura es de pago (lo que no extraña dado lo difícil que resultará amortizarlos) y no tengo ganas, ahora, de ponerme a bucear por donde los piratas y los buques hundidos, las procelosas aguas turbias donde la luz apenas llega, si llega.
 Yo también escribo dos artículos semanales y les aseguro que, por desgracia, no cobro 600 euros por artículo. Ni por asomo. El presunto agravio, no obstante, no sé todavía de qué clase es. Aún no he decidido si debo indignarme, si debo dejarme vencer, a partes iguales, por la envidia y la resignación o si, por el contrario, debo dejar que la risa floja, que me sale de muy adentro, lo invada todo hasta convertirse en una magnífica carcajada. Quizá esa carcajada torrencial obre el auténtico milagro de poner a todos en su sitio; y a mí en el mío, que de eso y no de otra cosa, trata este viejo oficio de escribir.

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viernes, abril 28

La estaca de Llach


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 Observo la profundidad del espejo en los espejos y me pierdo en la niebla. O en mí mismo. Me invaden la desazón y el escepticismo, me da, incluso, hasta la risa desencantada de los que saben que nada importa demasiado. Pero esto es lo que hay, me digo, mientras recuerdo haber entonado «La estaca», aquella canción de los años setenta con la que Lluís Llach ocupó un lugar importante en mi juventud y, por lo tanto, me guste o no, en mi vida. Recuerdo haberla cantado a gritos, con furia, con rabia, con alegría y con esperanza, con todo lo que ahora me falta cuando observo a un envejecido Llach amenazando, desde su atril áulico en el parlamento de Cataluña, a los funcionarios catalanes, al menos a los no independentistas, con la misma voz queda con que nos hizo entrever las puertas blindadas del paraíso. Ese paraíso no existía o han sido gentes como él quienes se lo han cargado convirtiendo la libertad en un títere en las manos siempre sucias del nacionalismo, esa gran basura.
 El paraíso, no obstante, ha sido siempre un lugar bastante esquivo. Un lugar fronterizo donde no hay forma de quedarse, porque es un lugar de paso, un peaje moral que, de vez en cuando, nos motiva a caminar mejor y más rápido, más directamente hacia los objetivos. ¿Pero cuáles son los objetivos? Durante el siglo pasado España fue un país bastante triste que, al morir Franco, fue recuperando la alegría y las ilusiones. Con el nuevo siglo, que ya casi alcanza sus dieciocho años de mayoría de edad, todo parece venirse abajo. Mal asunto. ¿Será cierto que siempre estamos repitiendo los mismos errores, reviviendo el mismo fracaso, la misma pesadilla circular?
 Pero el tiempo pasa deprisa y pasa transportando, además, cantidades industriales de material íntimo, sensible: recuerdos, ideas, propuestas, convicciones. En efecto, las estanterías carcomidas de la memoria están repletas de anécdotas que uno reescribe a vuelapluma intentando no levantar el polvo, porque el polvo podría confundirnos, podría dejarnos ciegos en mitad de ninguna parte y eso es, precisamente, lo que no queremos. Queremos ir más lejos, como decía un irreconocible Lluís Llach en alguna de sus primeras canciones.
 Pero no queremos ir solos. Faltaría más. «Si vens amb mi, no demanis un camí planer, ni estels d'argent, ni un demà ple de promeses, sols un poc de sort, i que la vida ens doni un camí ben llarg». En efecto, queremos seguir temblando con lo que nos hizo temblar, no de miedo, como presentimos a día de hoy en el ambiente, sino de amor, esa gran suerte que tuvimos y que nunca debiera abandonarnos. Por ella, por esa difícil gran suerte del amor, luchamos entonces y seguimos, seguiremos luchando ahora. Para que no decaiga, aunque Llach ya no se entere.

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martes, abril 25

La rosa y los libros


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 Pasearse ante una infinidad de libros que, directamente, no me interesan o que, en algunos casos, hasta me desagradan no deja de ser una curiosa experiencia para quien ha vivido bastante rodeado de libros; para quien creyó que en los libros, al menos en algunos, habitaba el secreto parpadeante de la existencia, la voz rota o la luz indecisa que perseguimos, a la vez que nos persigue, mientras andamos y desandamos el laberinto del tiempo, ese lugar donde el cuerpo, en ocasiones, no es capaz de contenernos, ese lugar donde la mente, el conocimiento y el lenguaje juegan a ser la misma cosa sin lograrlo. Nunca se consigue del todo lo que se busca.
 Pero hay libros y libros, huelga decirlo; y los libros son reclamos expuestos al sol un domingo de abril en que Palma se viste de librería y San Jorge, a la sazón Jorge de Capadocia, coge de nuevo su afilada espada, salva a la princesa, mata al dragón y convierte su sangre en una rosa roja. En ese trasfondo, libros y rosas entrelazan su razón de ser y se convierten en una forma de relacionarse: los hombres les regalan una rosa a las mujeres y ellas, a cambio, les regalan un libro. No sabría explicar este comportamiento tan peculiar, quizá tan exquisitamente sexista, más allá de la buena obra de satisfacer a partes iguales a dos gremios de indudable utilidad, los libreros y los floristas. Ni los escritores ni los jardineros tenemos vela en este entierro.
 Anteayer, pues, Palma era un polvorín de libros. «Madrid ens roba», clamaban varios cartelones en el tenderete de Més, cerca de Plaza España, y ahí apenas había libros y los que había refulgían ceñudos, como si sólo fueran libelos, como si el ardor o la ira los hubiera dejado sin palabras y el silencio mortal de la estulticia los hubiera encogido, hubiera estrechado sus lomos y convertido su tinta en la sangre invisible de un dragón que no puede convertirse en ninguna rosa, porque donde no hay misterio ni temblor místico no hay revelación ni tampoco conocimiento y donde no hay ensimismamiento no hay otredad ni posibilidad alguna de empatía. A Fahrenheit 451 con todos esos panfletos.
 Luego están los libros que sólo son libros de usar y tirar, como también lo son, tal vez, las mismas flores: nadie puede quitarles, no obstante, ese profundo aroma que dura un instante y luego desaparece. O los libros que dicen leer los políticos. Los libros para niños. Los libros para empezar a soñar o para empezar a desesperarse, que no son pocos y que son adorables y también peligrosos. Y finalmente los libros que no lee ni compra nadie, que son los únicos libros con los que, realmente, me identifico, aunque no sé por qué. O sí, pero no quiero decirlo.

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viernes, abril 21

Turismo y supervivencia


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 Quizá no sea fácil entender el turismo. No parece serlo, desde luego, para nuestros gobernantes locales y su doble discurso: indeciso, errático. ¿Qué turismo queremos? ¿Queremos los turistas a manadas, en bañador o totalmente despendolados, ávidos de gresca, con mono insaciable de sol, cerveza y sexo? ¿O los preferimos en grupitos, con sus cámaras en ristre y la mirada absorta por las galerías de esos fantásticos museos que no sé si tenemos? ¿Los queremos con traje de ejecutivos y maletín de piel entrando y saliendo, enfervorecidos o alucinados, del Palacio de Congresos como si salieran de la Catedral, Bellver, La Lonja?
 Puede que no podamos elegir el turismo que nos gustaría, porque el territorio es el que es y los monumentos son los que son; y no hay forma de cambiar drásticamente el panorama general de nuestras playas y calas, nuestros torrentes y montañas, nuestro clima, salvo si lo destruimos voluntariamente, salvo si dejamos que se degrade, se empobrezca, se convierta en las ruinas de lo que nos gustaría ser y no somos. Nunca somos lo que quisiéramos ser.
 Sin embargo, hubo un tiempo en que Palma se convertía en una ciudad fantasma. Así, todos los domingos la ciudad amanecía desierta; desierta, porque no había comercios abiertos, y desierta, porque el turismo prefería atiborrarse de sol en las playas y muchos palmesanos huían de la ciudad muerta para refugiarse en su segunda vivienda, ese adosado, ese apartamento, esa cuarterada más o menos rústica donde la vida familiar huía de las rutinas laborales y se entregaba a la ficción del ocio, el paso al frente que significaba dejar de ser unos domingueros de sombrilla y fiambrera y convertirse en los propietarios de alguna quimera en algún lugar del paraíso. O así.
 La mayoría de estas segundas viviendas las tuvieron que vender (porque mantenerlas era un lujo inasumible) los hijos de quienes las compraron a base de hipotecas y esfuerzo, esa compleja inercia, esa forma de vida que daba en mejorar económicamente trabajando cada vez más. Es curioso, hoy nos sorprende lo que era normal cuando había trabajo y sueldos decentes. Ya no es así. No me extraña, pues, que a mucha gente corriente no le quede otra que alquilar sus habitaciones libres por días, por horas, quizá por segundos, para sacar a flote la economía familiar de una crisis que les ha recortado hasta las ilusiones. Parece que al Govern del Pacte no le importa asfixiar, con su vacío legal y sus amenazas de multas, a muchos de estos pequeños propietarios (porque no hablo de los especuladores con cientos de pisos o habitaciones en cartera) que intentan, con su trabajo doméstico, regresar a lo que fue normal y ya no lo es. Trabajar para vivir dignamente, nada menos.


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martes, abril 18

Posados reales


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  Cuentan las crónicas que algunas mujeres, transidas de emoción y al borde del llanto, corearon «¡Viva el Rey!» cuando la familia real abandonaba la Catedral de Palma tras asistir a la tradicional y solemne misa de Pascua. No esperábamos, desde luego, que Armengol, Ensenyat, Hila o Picornell, es decir, la asilvestrada plana mayor de nuestras autoridades locales, llegaran a mostrar tanta efusividad como esas mujeres al borde, previsiblemente, de un ataque de nervios, pero tampoco que pasaran, desdeñosamente, del evento y se ausentaran de esa foto anual que sitúa a Mallorca, año tras año, en la portada de la actualidad y por la que, sin ninguna duda, autoridades mucho más avispadas acabarían pagando.

 En efecto, hoy en día resulta impagable tener a la familia real casi al completo formando, sonriente y más que bien vestida, frente a los portones, los arcos y los vitrales de la Seu y dejarse vencer, en fin, por el morbo y también por el cotilleo: dónde estará Juan Carlos, dónde Urdangarin, dónde las Infantas.

 La verdad es que todo ese cotilleo no nos importa demasiado. Nos preocupa mucho más, aunque nos de la risa floja mientras nos apuramos en describir la situación, la falta de educación cívica de nuestros gobernantes, su absentismo político, aunque también podríamos decir que laboral, si alguna vez hubieran trabajado en algo, su frustrante y alevosa falta de empatía para con la gente corriente y moliente que da en mirar, en fin, los toros espléndidos desde la barrera y jalear los trajes de luces (anoréxicos o maduros, elegantes) de Leticia o doña Sofía, la barba de legionario emprendedor que atesora Felipe o los modelitos tallados en azul y rojo, respectivamente, de la princesa Leonor y la infanta Sofía, dos auténticas maravillas en ciernes, oigan.
 Acabo de recordar, quizá por aquello de la empatía, la teoría de las catástrofes o alguna que otra nebulosa conexión subconsciente, otro posado ilustre que teníamos por estos pagos y que ya no sé si tenemos. Me refiero al de Ana Obregón que, si alcanza la inmortalidad, no será por sus trabajos artísticos sino por ese posado anual en bikini o prenda similar, que tanto nos asombraba (y que nos reconciliaba, por supuesto, con la lujuria) al principio y que luego, con el paso de los años, se nos fue convirtiendo en un recordatorio cruel, pero necesario, del avance de la decrepitud y el estropicio de las arrugas, la efímera armonía de las formas, el lento pero inflexible declinar de la carne frente a la imperturbable sonrisa de quien es capaz de observar el objetivo de la cámara como si mirase al mundo y supiera, de algún modo, que cada uno ve lo que quiere ver y que nos quiten lo bailado, si pueden. No podrán.

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viernes, abril 14

Las lágrimas de Barceló


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 Hay muchas sillas de madera alineadas a lo largo de la calle Olmos. Pronto se llenarán de fieles, curiosos y turistas. Resuenan de vez en cuando algunos tambores, todavía solitarios y destemplados. Pronto se convertirán en esa especie de orquesta que recorrerá solemnemente las calles y también el alma de quien quiera ser recorrido. Cierro las persianas y corro las cortinas, mientras extiendo la hoja en blanco virtual del monitor donde escribo estas líneas.
 Me corroe alguna que otra duda. ¿Las instituciones, pienso ahora, por ejemplo, en el Govern o en la UIB, son algo mejor o peor, en sí mismas, en su naturaleza, en los resultados finales de su actividad, que las personas que las componen? ¿Son las instituciones tan rácanas, indolentes, sectarias o mezquinas como parecen serlo algunos de sus miembros más significados o existen instrumentos correctores capaces, tal vez, de llevar a buen puerto cualquier nave por desnortados que anden sus más cualificados tripulantes?
 Empezaré con el Govern. Las lágrimas de Biel Barceló, mientras reconocía los errores políticos de sus subordinados en el caso de los contratos de Jaume Garau, me recuerdan a las de los cocodrilos que, por cierto, no lloran porque estén tristes, sino porque necesitan lubrificarse los ojos. Suelen llorar, los cocodrilos, cuando abren y cierran sus enormes mandíbulas mientras devoran, con delectación, a sus víctimas. ¿Por quién lloraba, anteayer, Barceló? ¿Por Ruth Mateu, tal vez? ¿Por el fiero ataque fratricida de Jarabo, imperturbable pese a sus historias para no dormir con IB3 o el asunto Bachiller? ¿Por el paraíso perdido, según confesó, el maldito día que se le ocurrió dejar de ser un probo funcionario para meterse a vicepresidente del Govern y comprobar que no hay forma de vivir tranquilo cuando lo que importa, al margen de las ideas, son las sillas, pero no las de fe y madera en plena calle Olmos, sino las sillas muelles, los sofás y tresillos del poder y sus aledaños, el chirriar intolerable de las puertas giratorias, el despelote de las propias huestes siempre ávidas de carnaza, espectáculo, dinero?
 Barceló, en fin, puede coger su peculiar sentido de la responsabilidad, guardárselo donde le quepa y marcharse, pues, por donde vino. No se lo reprocharíamos. De la UIB, por desgracia, me tendré que ocupar otro día. Hasta la fecha, y a falta de otras excelencias, conocíamos su infatigable capacidad para vendernos el catalanismo a todas horas y en todos los ámbitos de la sociedad. Ahora sabemos, también, que son capaces de vendernos fármacos que no curan lo que dicen curar. El asunto clama literalmente al cielo. Mientras tanto empiezo a oír clarines y tambores, crepita la cera y alguien entona una saeta, vaya escándalo.

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martes, abril 11

La hora de la penitencia


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  Un baño de sangre en una iglesia del norte de Egipto. Con esa fotografía, en la que el principal protagonista era el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre y también el estupor de unas cuantas personas intentando ordenar el caos y hasta salvarse de él, abrió este diario, ayer lunes, su portada. Sangre y estupor, sangre y metralla, sangre escenificando el silencio de Dios, el ensordecedor silencio de Dios. «Moriré protestando contra el silencio de Dios» dice, en un momento de exaltación y rabia, el padre judío del protagonista de la última película de Woody Allen, “Café Society”, y casi toda la acción que se narra en el film discurre, revoletea, danza sobre ese fino alambre donde la conciencia y la realidad intentan ponerse de acuerdo sin demasiado éxito.
 En efecto, somos el lugar inquieto, inestable y hasta intempestivo donde concurren las ansias concienzudamente irracionales de rebelarnos contra todo y todos, incluso contra nosotros mismos, contra la injusticia, acaso cósmica, que acaba siendo la vida. Pero somos, también, un cúmulo sucesivo de civilizada resignación, de nostalgia y hasta languidez más o menos inteligente, un paisaje coloreado por la ternura, por la curiosidad o la indiferencia, el extraño lugar donde florece la muerte igual que el respeto exquisito, inmenso, que finalmente sentimos por las decisiones que vamos tomando, aunque muchas veces nos equivoquemos. Cómo no.
 Ya estamos en Pascua. Los turistas sacan fotografías de nuestras solemnes procesiones, los encapuchados, la parafernalia paramilitar de las bandas y las cofradías; las mismas fotografías que sacaría yo si fuera uno de ellos: reamente lo soy, pero disimulo y hago como si fuera uno de los nuestros cuando sólo alcanzo, tal vez, a ser uno de los míos, de los muy míos. Pero no importa. Los turistas observamos el mundo con el mismo estupor con que el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre va tiñendo la convivencia en nuestro planeta. No siempre nos gusta lo que vemos.
 Ahora podría ser, tal vez, el instante en que no estaría mal flagelarse un rato por la desvergonzada actuación de nuestro Pacte de Govern al ponerse de perfil mirando hacia Rasputín, por ejemplo, cuando la verdadera penitencia debiera consistir en leerse su propio código ético y concluir que la gente decente no precisa de códigos éticos para serlo. Debiera el Govern, tal vez, salir de anochecida con sus caperuzas blancas, sus pies descalzos, sus tobillos encadenados y una gran cruz a sus espaldas. Jaume Garau podría cantar saetas adoloridas con letra de Valtònyc, por ejemplo, y Biel Barceló recordar, con Francina Armengol y Vicenç Vidal, aquellos tiempos en que bailaban la conga como si el mundo fuera suyo.  Quizá lo era o, al menos, se lo creían.



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viernes, abril 7

«Fútbol es fútbol»


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 «Fútbol es fútbol» sentenció hace siglos el entrenador yugoslavo del Zaragoza, Vujadin Boskov, y sus palabras siguen resonando como si aún fueran válidas. ¿Lo son? Pues no sé yo. El mundo ha cambiado mucho en poco tiempo. Ya no existe Yugoslavia cuando se acaban de cumplir veinticinco años del genocidio de Bosnia. Y el fútbol ya no es tampoco lo que era. Fue, evidentemente, opio puro y duro del pueblo, religión pagana, pasión personal, deporte de masas, tal vez negocio de palco y, desde luego, de antepalco; ahora es también el núcleo, el corazón, el alma gélida, quizá, de una peligrosa y ubicua ludopatía que da en dejarse el sueldo y también los higadillos en el azar programado de los tahúres, en la caprichosa ruleta rusa de las apuestas online. Ya no parece existir nada a lo que no se pueda apostar como si la vida entera nos fuera en ello. Quizá nos vaya. Quizá ya se nos haya ido.
 Pero el tema que hoy me ocupa es la complicada situación del RCD. Mallorca. ¿De qué Mallorca estoy hablando? ¿Del equipo aquél de mi infancia, que siempre andaba descendiendo a segunda división? ¿O del que se asentó en la élite y llegó a ganar la Copa del Rey o a disputar la final de la Recopa? ¿Hablo de Zamora, Arqué, Chango Díaz y Doval, de Eto´o, Ibagaza, Nadal, Roa, Ezaki Badou, de Arango, Güiza, Aduriz, Stankovic? ¿Hablo de Juan Carlos Lorenzo, Forneris, Marcel Domingo, Oviedo, Serra Ferrer, Cúper, Aragonés, Manzano? ¿De Jaime Roselló, Contestí, Beltrán, Grande, Alemany, Utz Claassen, Robert Sarver?
 Con el paso del tiempo, todos los equipos son siempre el mismo equipo, porque la historia es un lugar muy apretado donde se suceden y se amontonan los nombres y las sombras, donde se multiplican las voces y los ecos, donde se arremolina el olvido intentando fijar el remolino interior de sus raíces y prender, así, en alguna parte. Siempre debemos prender en alguna parte, aunque no importe demasiado dónde ni por qué ni cómo. Finalmente, sólo somos nuestras raíces, esa vaga inercia que nunca dejamos de sentir. No es poca cosa.
 Pero vuelvo al presente, que es como regresar a una guerra virtual de etiquetas o “hastags”. Desde #ElMallorcaNoEstaMuerto a #Vamosequipo o #TotsJunts. Sergi Barjuan, que ya es el nuevo entrenador, tiene ahora diez partidos por delante, de los que debería ganar seis o siete, al menos, para que el Mallorca no descienda a esa división fuera del fútbol profesional, que es la 2ªB. «Fútbol es fútbol» dijo Boskov hace siglos y en esa misma frase pensé yo, anteayer, mientras observaba las filigranas que un joven mallorquín llamado Marco Asensio dibujaba en el césped. Pues sí. Eso sí que es fútbol.

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martes, abril 4

Paseando con políticos


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 A menudo empiezo a escribir como quien sale a pasear y sabe que debe anotar buena parte de lo que ve o imagina. No me faltan, por supuesto, adjetivos calificativos ni paisajes que rememorar o descubrir, pero sí que me fallan, me bailan, por así decirlo, algunos nombres; no siempre identifico correctamente a los políticos con los que me voy cruzando una vez y otra por las aceras y las esquinas, bajo la luz de las farolas o el asfixiante sol del mediodía. No obstante, me los cruzo y descruzo permitiéndome, tal vez, enarcar una ceja, pero no, nunca, esbozar siquiera un saludo, porque saludarles una única vez implicaría tener que saludarlos siempre, cada día, cada hora, cada instante de paseo conmigo mismo y la ciudad que nos parió a todos. O a casi todos.
 El caso es que me hago un lío con frecuencia. A veces, por ejemplo, me tropiezo con la nueva camada izquierdista, sindicalista o nacionalista o todo a la vez, que suele ser lo más habitual, y me parece estar viendo a los viejos camaradas o compañeros (en realidad, ni una cosa ni la otra) con los que tengo cierto pasado en común. Pienso, entre otros, en Pep Vilchez con quien tropiezo muy a menudo y siempre desde aceras distintas, lo que nos obliga a mirarnos como de refilón. O en Miquel López Crespí, que la última vez que me vio tuvo a bien escupir con rabia al suelo y yo ni caso, como escrutando el vacío, pasando. La verdad es que nunca le he agradecido lo suficiente aquella viril invitación al duelo. Aquel malentendido u homenaje. Lo que fuera.
 Últimamente he compartido restaurante y menú económico con Xelo Huertas, Montse Seijas y hasta con Balti Picornell, nada menos. Hay que ver lo bien que comemos. Con ellos no tuve que enarcar la ceja ni preocuparme por un pasado común que no tenemos, porque son gente sobrevenida de no sé dónde y que sólo conozco de las primeras planas de los periódicos (ese WANTED de la actualidad que tanto me horroriza como me fascina, supongo).
 Con todo, no hay recuento sin algunas ausencias. Hace demasiado tiempo que no me tropiezo con Ramón Aguiló y eso sí que me fastidia, porque Hila o Cirer no son lo mismo y ya no puedo rencontrarme con Paulino Buchens, con quien sí que tuve algún que otro magnífico encontronazo. Pelillos a la mar. Vuelvo a Aguiló, porque me gustaría rencontrarlo y recuperar el paso y el poso cultural que tuvo a bien convocarnos en determinado momento, más allá del buen humor y la ironía cómplices, los vaivenes de la literatura y el periodismo o la imprevisible inercia de las afinidades electivas. Es cierto, a veces me siento el joven Werther en las manos adoloridas, quizá tumefactas, del viejo Goethe.


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viernes, marzo 31

Provocación en las aulas

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  Recuerdo, ahora, haber intentado descifrar los versos más o menos sueltos, los textos literalmente sin sentido de Antonin Artaud. Había en las frases inconexas de su surrealismo de siquiátrico aún sin domesticar una primera aproximación al absurdo y al vacío, a la cómica o trágica situación de saberse en el lugar principal de la trama y no entender, sin embargo, nada de nada. Quizá no haya mejor manera de situarse en el mundo y de ocupar, así, el lugar que nos corresponde: todo cuanto sucede a nuestro alrededor forma parte de una farsa a la que podemos atender o no, pero de la que somos, inevitable y simultáneamente, cómplices y verdugos o víctimas.
 Recuerdo, también, haber fotografiado el urinario firmado sobre un pedestal de Marcel Duchamp tan sólo para tener alguna prueba personal de una obra que, en vez de conmoverme, me produjo una enorme y fría indiferencia. A veces nos cansamos de ser conejillos de indias de tanto artista que anduvo o que anda suelto, que dejó sus huellas en el camino trillado de la existencia para que los interesados en estas cosas desandemos sus pasos y descubramos lo agotador que es viajar en círculos, lo descorazonador que es perderse una y otra vez para acabar descubriendo que la constelación en que vivimos está mucho más llena de efectos especiales que de talento. Quizá Piero Manzoni sabía lo que hacía cuando enlataba su propia mierda y la vendía a precio de oro.
 Venía lo anterior porque me sobrevinieron un par de conceptos, la provocación y el arte, por ejemplo. O la nostalgia de aquellos días en que creíamos, a cada paso, estar descubriendo algo nuevo. Quizá era así o así sucede el deslumbramiento de las cosas, el avistamiento de la vida. Ahora, en cambio, casi todo es repetición y, tal vez, hastío. Repetición e incredulidad. Repetición y vergüenza ajena por lo que nos han ido vendiendo según pasaban los años y cambiaban las modas, por lo que aún nos quieren vender o nos venderán en el futuro, por lo que ya parecen haber vendido a muchos de nuestros escolares.
 Sólo un sistema educativo en manos del sectarismo más grosero, banal e irresponsable puede propiciar que alguien con el historial artístico (y en la actualidad, también, delictivo) del rapero Valtònyc se convierta en invitado especial de las aulas de un colegio público en Santa Margalida. Pero no pienso entrar al trapo. Me basta con su resumen del hecho, expresado en su cuenta de Twitter: “Hoy he oído a niños de 1º y 4º de ESO que opinan de la libertad de expresión y de si es necesaria o útil una monarquía. Lo tienen claro”. Qué suerte (levedades e incorrecciones ortográficas al margen) tener las cosas tan claras. Pues sí.


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martes, marzo 28

Entre Orwell y Huxley


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 Puede que George Orwell dibujara en «1984», su obra más leída y celebrada, el espíritu totalitario que nos acabará dejando sin más futuro que la sumisión, la uniformidad y la pobreza racionada. Tiempos de guerra global contra un enemigo ubicuo y malvado, ilocalizable. Tiempos de totalitarismo policial e información manipulada por el maniqueísmo cultural de la «neolengua», esa perversión que retuerce el lenguaje hasta convertirlo en algo desprovisto de sentido. La verdad no existe más allá de lo que conviene en cada momento al Estado, al Partido, para movilizar a las masas, para mantenerlas ocupadas, para que olviden el significado de la vida que nos late muy adentro sólo si somos capaces de escucharla. Para que nos rindamos al cortejo fúnebre de las tres o cuatro Grandes Palabras malabares con que la humanidad se deja vencer por la resignación o el miedo. El Hermano Mayor nos vigila y su mirada es la guadaña con que la muerte nos decapitará a todos, si la dejamos.
 Puede que Aldous Huxley dibujara en «Un Mundo Feliz», su obra más leída y celebrada, una sociedad convertida al gregarismo gracias al soma, esa droga de la que, según se afirma en el libro, «un gramo cura diez sentimientos melancólicos y tiene todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, sin ninguno de sus efectos secundarios». Nada menos. La verdad se convierte en algo irrelevante, en una sucesión de majaderías más o menos extrapolables y risibles. Somos superficiales, en definitiva, porque no somos capaces de aceptar el dolor ni tampoco el tremendo sacrificio que siempre conlleva intentar superarse. Somos triviales, porque preferimos la pose y el cotilleo en las redes sociales que la exploración, acaso dolorosa, de nuestro interior, esas entrañas abiertas, desgarradas, donde bailamos solos agarrándonos al vacío como a las raíces comunes, quizá, de la estirpe humana.
 Resulta, pues, que mientras Orwell nos avisa, contundentemente, del peligro de las dictaduras comunistas o fascistas, Huxley nos advierte, con idéntica intensidad, de los horrores de la inconsciencia, el simplismo populista o el miedo a pensar. Entre ambos infiernos deambulamos. O deambulo. ¿A qué negarlo? Por eso escribo sobre los libros que leí en otro tiempo, porque temo olvidarlos y ya casi no leo libros nuevos. Por eso escribo tuits con los que critico esa estúpida monomanía de escribir tuits. Por eso maldigo, en mi propio muro de Facebook, los otros muros de Facebook donde siempre encuentro un selfi que no recuerdo haberme hecho. Por eso, finalmente, acabo de declinar la amable invitación de unos buenos amigos a participar en unas tertulias radiofónicas locales: ya hay demasiados tertulianos en esta distopía, no sé si de Orwell, Huxley o ambos, en la que sobrevivimos. Pese a todo.
 

 

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viernes, marzo 24

Terrorismo y libertad


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  Un coche cualquiera y un cuchillo grande de cocina. Está claro que no hace falta demasiado para sembrar el terror y la muerte, paralizar la opinión pública, colapsar las televisiones del mundo entero y obligarlas a enfocar con sus cámaras el lugar de la tragedia. La rapidez con que viaja la información convierte el recuento de víctimas, heridos o cadáveres en un lento goteo donde se mezcla la necesariamente cuidadosa contabilidad oficial con el vértigo inconsciente de los rumores, los dimes y diretes, los tuits y retuits a vuela pluma, los memes, las valoraciones de parte, el complejo arco iris donde se enmarcan todas las opiniones con la misma ligereza o solemnidad con que un imaginario pavo real abriría el inmenso abanico de sus atributos y los mostraría por inercia, por naturaleza, por compulsión de amor y muerte sin reparar, ni siquiera por azar, en el dolor incurable de sus heridas. La vida siempre sobrevive.
 Huelga decir, claro, que no formamos una sociedad ni mucho menos ejemplar, pero que nuestra forma de vida parece ser la mejor que podemos o sabemos darnos, aunque en el viejo arcón de las utopías nos guardemos todos los gulags habidos y por haber del universo con unas sumariales anotaciones a su lado: «Este sistema no funcionó. Este fue un desastre. Este pudo ser, pero algo falló. Este prometía, pero tampoco».
 Ya he podido visionar, gracias a la BBC, un video bastante borroso de la enloquecida carrera mortal sobre el puente de Westminster. Seguro que los mil satélites que nos vigilan podrían ofrecernos mejores y más fidedignas imágenes. Con todo, no parece que haya forma humana de prevenir por completo estos atentados, salvo si una especie de «Policía del PreCrimen» (he vuelto a ver «Minority Report», en efecto) pusiera sus siete sentidos en marcha y fuera capaz de preservar el futuro abortando la violencia del presente antes de que acontezca. El juego, no obstante, tiene su peligro. No sé si ese futuro salvaguardado (¿salvaguardado por quién?) sería realmente el nuestro. No sé si nuestra romántica idea de la libertad resistiría una hipotética libertad vigilada, restringida, teledirigida.
 Miro alrededor y el escepticismo me vence. La libertad que tengo está en mis manos (y en las de mis obligaciones personales, familiares o laborales, voluntariamente asumidas), pero también está en manos de un montón de incompetentes (políticos, banqueros, sindicalistas, especuladores de variado y espectacular pelaje) que dirigen el mundo como si fuera suyo, que usurpan y trivializan el lenguaje como si supieran descifrarlo, que se dirigen a nosotros como si con sólo dos o tres Grandes Palabras malabares bastara para apaciguarnos. Pues no es así, por supuesto.

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martes, marzo 21

El espíritu de la plaza


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 Puede que la actualidad venga con letra muy menuda a modo de subtítulos y que leerlos sea imprescindible para llegar a entender algo de lo que está ocurriendo. Porque ocurren muchas cosas. Repaso el video viral de la transformación de Josete, de gorrilla sin techo, con greñas y depresión a flamante hípster con tupé, barba quijotesca y alguna que otra esperanza recuperada, y compruebo que lo más importante no es lo que se ve o se dice en el video, sino la ayuda que La Salvajería y Dr. Filmgood le han prestado a cambio, por supuesto, de una publicidad que puede que sea impagable.
 También es impagable, desde luego, sacar a un hombre del callejón sin salida de la calle, el letargo emocional y las enfermedades incapacitantes y devolverlo más o menos sano y salvo a la línea de salida de ese maratón, a veces tortuoso y asfixiante, que suele ser la vida. Que siempre es la vida. Ahora sólo nos queda por saber si Josete logrará salir de entre los coches y las limosnas de las mejores plazas de Palma y convertir el espíritu de la plaza, tal y como le llaman en el video, en el espíritu de la que tendrá que ser su propia vida. Necesitará suerte. Ojalá la tenga.
 Los que no tuvieron ninguna suerte -por lo visto en otro video, que también está arrasando en las redes: ese pestilente estercolero es su hábitat natural, por supuesto- fueron los asistentes al partido de infantiles entre el Alaró y el Collerense. Estamos hablando de niños de 12 y 13 años. Estamos hablando de una violenta pelea campal entre algunos padres de ambas aficiones por una patada de más o de menos. Estamos hablando de un comportamiento vergonzoso que aleja a los niños de los beneficios del deporte y los convierte en víctimas inocentes del irracional fanatismo de algunos padres absolutamente desnortados. ¿Habrá que repetirles que sus hijos no son Messi ni Cristiano?
 A los que no sé muy bien qué diablos repetirles es a los que nos gobiernan desde las instituciones. No es posible que, con tanto por hacer o deshacer, se les ocurra perder el tiempo, una y otra vez, con declaraciones políticas que sólo son auténticos brindis al sol. La penúltima hazaña de la Cámara de nuestro Parlament ha sido aprobar una proposición no de ley que insta al Gobierno y al Ministerio de Defensa a que dejen de organizar actos civiles de jura de la bandera española, porque, según Patricia Font, generan división social y utilizan recursos necesarios para la prestación de servicios públicos del Estado del Bienestar. El asunto sería de risa si no mentase la escasez de los recursos públicos, el dinero, en definitiva, con que les pagamos a estos políticos estas payasadas.


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viernes, marzo 17

Camino de Santiago


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 Con el tiempo he acabado pensando que la vida es una especie de peregrinación más o menos iniciática hacia uno mismo. Puede que allá a lo lejos, en algún lugar que sólo nos será revelado cuando lo alcancemos, alguien que aún no soy yo me esté esperando. No es ésta, en absoluto, una imagen deliberadamente oscura ni tampoco dolorosa o triste, no encubre ninguna derrota imprevista o ninguna rendición vergonzosa, sino todo lo contrario, es reconfortante que alguien nos espere al final de camino y es especialmente reconfortante que ese alguien desconocido sea, seamos, nosotros mismos.

 Así, más que confirmada, bendecida, nuestra antigua obsesión por las paradojas y los círculos viciosos, así, de la forma más natural que pudiéramos, tal vez, haber imaginado, el círculo de la existencia se acaba cerrando y, al cerrarse, se reconcentra y ensimisma. ¿Quién sabe lo que nos espera después, cuando un fulgor o un destello, una explosión inimaginable en alguna parte del universo nos renueve y nos despierte reconvertidos, al fin, en nosotros mismos? Nadie lo sabe. Yo tampoco.
 Hace años pensé seriamente en recorrer el Camino de Santiago. Incluso anduve durante semanas haciendo prácticas de senderismo por algunos pueblos de la isla, buscando albergues donde sólo encontré, al fin y a la postre, pequeños hoteles rústicos con piscina simulada y wifi de pago, buscando abismos donde sólo hallé acantilados escarpados y playas de arena finísima donde dormir el sueño de saberse tan cerca del árbol del paraíso como de los bosques talados de una civilización a la deriva. Leí varios libros sobre el tema, entre los que cabe citar «Camino iniciático», del escritor vasco, afincado en Mallorca, Joaquín Lloréns, y en no pocas ocasiones dejé vagar mi imaginación en pos de los restos del apóstol Santiago, las disputas religiosas de antaño y de ahora, las turbas de peregrinos y también de emigrantes a través de la llamada, no sin cierto sentido, calle mayor de Europa. Tal vez todo concluya en Finisterre.

 Pero mientras tanto estoy, ahora, en Santiago de Compostela. Hace sol y no llueve, por extraño que parezca. Las calles están relativamente repletas de peregrinos y turistas; los unos parecen cansados, los otros absortos. Yo he llegado en avión, por lo que debo ser un turista. ¿Lo soy? ¿No lo soy?  He llegado en avión, porque ya se me pasó el tiempo de pensar en recorrer más de veinte kilómetros diarios desde Sant Jean Pie de Port, por ejemplo, hasta mí mismo. He llegado en avión, porque la procesión va por dentro y un hilillo de sangre nos recorre muy lentamente la espalda sin que podamos apreciar el lugar exacto de la herida, su origen, nuestro auténtico desenlace.

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martes, marzo 14

La violencia y los sueños


La Telaraña en El Mundo.





 De entre las muchas noticias acaecidas estos últimos días, la que más me ha llamado la atención ha sido la agresión sufrida por un militar del I Cuartel General de la Comandancia de Baleares vestido de uniforme en el paseo del Borne. Desconozco, por supuesto, los detalles de lo acontecido; es decir, no sé nada sobre los auténticos motivos del rifirrafe ni sobre la previsible vileza de los dos atacantes, más allá de lo que han relatado los medios locales, que no ha sido demasiado. Pero eso, quizás, es lo de menos.
 No me interesa la épica, ese relato o ficción más o menos histórica o absurda, cuando es la ética la que anda desnutrida y apaleada, vejada, hecha unos zorros. No me interesan, tampoco, la verdad o la mentira absolutas, cuando se palpa tanta violencia y cinismo en el ambiente que ya no hay forma de distinguir entre culpables e inocentes, porque igual ya no los hay ni en un lado ni en el otro; y el tiempo presente, la mentira grosera en que vivimos, se ha dejado impregnar por el odio, el rencor y las insuficiencias de ese tiempo pretérito del que no logramos desprendernos. El pasado invade nuestra actualidad con su pestilente retórica de vencedores y vencidos, su dialéctica de trincheras y su alma de fosa común en la que el futuro cae de bruces y desaparece, engullido. Como el quiosco o el cine que existieron en el paseo del Borne, por ejemplo.
 El Borne es un lugar de cierto peso en mi vida. Allí tropecé, por sorpresa, con Camilo José Cela y anduve lento de reflejos, porque no se me ocurrió nada que decirle; allí compré mis primeros paquetes de rubio americano; allí paseaban, mis padres, cuando eran novios y yo sólo era uno cualquiera de sus múltiples sueños; allí, precisamente en el cine Borne, hice mis primeros novillos de escolar -y casi que los únicos, porque llamaron del colegio a casa y ardió Troya- yendo a ver «Klute», la película protagonizada por una deslumbrante Jane Fonda: yo era un niño y andaba deslumbrado.
 Ya no soy tan joven, pero sigo deslumbrado. Con Jane, por supuesto, pero no sólo con ella. Miro alrededor y respiro tras cada parpadeo. Estamos convirtiendo la existencia en una especie de confrontación constante entre unos y otros, en un enfrentamiento ubicuo que amenaza con que la violencia traspase la barrera virtual de las redes sociales y aterrice peligrosamente en las calles, en el día a día de la gente de carne y hueso, en el mismísimo paseo del Borne en que fui feliz, tal vez, porque alguien tuvo allí un sueño y la infinita suerte, además, de poder trabajar y prosperar lo suficiente como para realizarlo. No parece que nuestros herederos vayan a poder hacer lo mismo.


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viernes, marzo 10

Mecenazgo ideológico


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 ¿Se acuerdan de Dolors Miquel, la poetisa catalana que saltó a la fama, siempre fugaz y relativa, de la actualidad cultural y política de este flamígero país en que vivimos tras la lectura pública de su poema «Mare Nostra», una versión blasfema, aunque inocua, del litúrgico «Padre Nuestro», durante la entrega de los Premios Ciudad de Barcelona de 2016? Aunque sólo ha pasado algo más de un año la pregunta es pura retórica. En efecto, yo la había olvidado, como acostumbro olvidar todo aquello que no me afecta ni me interesa personalmente, todo aquello que, como mucho, me ocupa unos instantes, quizá un par de frases, acaso algún guiño al vacío, seguro que una sonrisa escéptica y desencantada o somnolienta y nada más. Absolutamente nada más.
 Nada más, hasta anteayer. Resulta que en la magnífica capilla del Centre Cultural de la Misericòrdia, es decir, en las mismísimas entrañas espirituales del Consell Insular de Mallorca, se inauguró una exposición colectiva a cargo de Arantxa Boyero, Astrid Colomar, Mariaema Soler, Marta Fuertes, Laura Marte, Marta Pujades y Olimpia Velasco bajo el título de «L’ànima de l’invisible». Trata, en fin, sobre la violencia machista, los clichés físicos o sociales y las complejas (o fraudulentas, diría yo) relaciones entre el arte y las perspectivas de género. Pues muy bien.
 Para la ocasión, parece que el CIM ha echado la casa por la ventana. Literalmente. Así, junto a un lujoso catálogo ilustrado, el CIM ha pagado a las autoras por el tiempo y los gastos que la creación de su obra les haya podido causar.  No nos extraña que la comisaria de la exposición, Georgina Sas, esté eufórica con esta pródiga política del CIM. ¿Hemos regresado a la época pretérita en que el Estado era el principal mecenas o tutor del arte y los artistas? ¿Avanzamos, tal vez, hacia un nuevo absolutismo electivo de los poderes públicos para con las iniciativas individuales? No responderé a estas preguntas. No hace falta. Tiemblo cuando me hablan de subvenciones, encargos y patrocinios. Tiemblo cuando no sé, en definitiva, si me hablan de arte o de propaganda, de introspección honesta o de simple militancia, de intoxicación ideológica.
 Quizá algunos se pregunten, ahora, qué pinta Dolors Miquel en este fregado. Resulta que ella, junto al vicepresidente primero y conseller de Cultura, Francesc Miralles, abre el catálogo con un abigarrado texto donde a falta de ideas propias se marca un voluntarioso y prosaico cadáver exquisito (que por desgracia no alcanza la putrefacción mínima exigible) sobre el arte y la violencia, la belleza y el horror, la maternidad, la lucha de las mujeres, sus desnudos, sus vulvas, sus sombras y sus heridas. Algo inenarrable.

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miércoles, marzo 8

14



Este mes el blog cumple 14 años. Nos hacemos viejos ;-)



martes, marzo 7

Penes, vulvas, autobuses


La Telaraña en El Mundo.

 Antes escribía más que ahora. Podía aguantar ocho, diez o quince horas frente a la máquina de escribir y la terrible hoja en blanco. Ocho, diez o quince horas frente a la pantalla líquida de aquellos monitores CRT que te taladraban el cerebro con sus rayos catódicos y te abonaban a una resaca de siglos, ciego y totalmente desenfocado de palabras, sinónimos, metáforas, de conceptos que nunca terminan de cuajar, salvo cuando los desechas, te los arrancas de adentro, los desactivas y conviertes, finalmente, en otra cosa.
 Nos pasamos la vida convirtiendo las cosas en otras cosas, porque todo es interpretación, traducción, lenguaje que se revuelve contra sus costuras, su estrechez e incapacidad para soportar tanta realidad como se nos viene encima a cada instante. Un alud de sucesos y contradicciones, un montón de espejismos que nos recuerda esas autopistas al sol de la infancia en que creíamos ver el mar y el mar era de asfalto, porque las carreteras son de asfalto y las construyeron con esfuerzo y sudor, con las manos y alguna sustancia pegajosa, algún lodo primigenio similar al que sirvió para crear el mundo y convertirlo en el lugar paradójico que es. En efecto, somos lenguaje, como diría el clásico, pero no sólo lenguaje, porque padecemos multitud de pulsiones inefables. Absolutamente indecibles.
 Estamos, pues, entre lo que podemos expresar y lo que no. O no del todo. Me asombra que haya gente preocupada por un autobús publicitario con vulvas y penes o sin ellos, pero con las obviedades de Perogrullo en su mensaje, dando vueltas y revueltas y un tal Juan José Tenorio (“Valores en Baleares”, nada menos) quiere que venga esa basura con ruedas y penes o vulvas a Palma y yo no sé si la basura está en sí misma o en quien la mira y se indigna, torpe, sin ver que no hay nada tras un espejismo, salvo la dura autopista de cemento por la que viaja en dirección contraria el autobús de Wyoming; y yo me quedo solo, tranquilo, con las mismas ganas de abuchear a unos que a otros.
 Algo huele mal en el mundo cuando los censores de ambos lados dicen defender la misma libertad que se otorgan a sí mismos y niegan al contrario. ¿Necesita la libertad, tanto defensor a ultranza, a machamartillo, a la fuerza? Ahora escribo menos que antes. Sé que ninguna enciclopedia me garantiza la salvación que una simple frase podría, tal vez, otorgarme. Al final siempre descubrimos que el mundo es demasiado grande y que abarcarlo requiere de una fe que no poseemos, que nos supera y nos deja tiritando en la ubicua mitad del camino de la vida, ese lugar donde parecemos estar siempre, hasta que un día cualquiera, finalmente, lo abandonamos.

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viernes, marzo 3

El rey Cursach


La Telaraña en El Mundo.

 Repaso la larga y prolija lista de lugares donde la noche parecía ser asunto casi único de Bartolomé Cursach y constato, con no poca indiferencia, que le debo muy pocas horas felices a este personaje, a su imperio de autómatas sacándole brillo a las ubres de la noche como a una infatigable lámpara de Aladino, a sus mastodónticos entramados de ocio masivo, grosero, creo sinceramente que vulgar. Pero Cursach ha sido el rey y me temo que tendrán que caer bastantes políticos y no pocos hombres de paja para que deje, al fin, de serlo. Todo se andará, si se anda.
 Le observo en las fotos de la prensa y compruebo que él también ha envejecido y que su melena de ahora, entre greñas rubias y greñas canas, me resulta tan ajena y anticuada como la música de esos templos dorados donde la noche caía presa de las convulsiones de un rayo láser en pleno cerebro, de un parpadeo de vértigo en plena pista de baile (y fuego rojo en la garganta y humo blanco en los pulmones) e interminables columnas de gentes, venidas de todas partes, se arremolinaban en busca de algún instante sagrado de placer o locura, ese fulgor, ese éxtasis con la mente definitivamente en blanco y un hilillo de saliva burbujeando en la comisura de los labios, ese chute tan necesario, al parecer, para acallar la soledad y convertirla, tal vez, en otra cosa. A veces, la suerte. A veces, la muerte.
 Dije que le debía muy pocas horas felices a Cursach y es muy cierto. No he estado nunca en BCM, por citar el memorable lugar por el que los jueces van a tirar, si quieren hacerlo, del ovillo. Pero es que tampoco he pisado jamás Megapark, Megarena, Paradies, Asadito, Linos, Wurstkonig, 800º celsius STEAK HOUSE, Megasport ni Megahealth. Cojo el mapa de la isla como si fuera el del tesoro, que supongo que lo es, y compruebo que Magaluf me ha quedado siempre demasiado lejos y que cuando merodeaba el Arenal prefería la música de algunos pubs escogidos que la estridente deriva de la música disco. Sobre gustos, ya se sabe.
 Con todo, sí que anduve un par de veces por Tito´s y también por Pachá. Años 90, supongo. No estuvo nada mal, en efecto, ver amanecer en pleno Paseo Marítimo. Pero si recuerdo esos breves viajes noctívagos es porque en ambas discotecas palmesanas pude observar la presencia, entre una nube de fornidos guardaespaldas, del todavía muy joven, por aquel entonces, príncipe Felipe, en la actualidad Felipe VI, rey de España. Es curioso cómo fluyen las palabras y bailotean los recuerdos y las noticias judiciales sobre un rey de la noche en apuros me llevan hasta otro rey no exento, tampoco, de apuros. Que siga el espectáculo, por favor.

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