LA TELARAÑA

martes, abril 25

La rosa y los libros


La Telaraña en El Mundo.


 
 
 
 Pasearse ante una infinidad de libros que, directamente, no me interesan o que, en algunos casos, hasta me desagradan no deja de ser una curiosa experiencia para quien ha vivido bastante rodeado de libros; para quien creyó que en los libros, al menos en algunos, habitaba el secreto parpadeante de la existencia, la voz rota o la luz indecisa que perseguimos, a la vez que nos persigue, mientras andamos y desandamos el laberinto del tiempo, ese lugar donde el cuerpo, en ocasiones, no es capaz de contenernos, ese lugar donde la mente, el conocimiento y el lenguaje juegan a ser la misma cosa sin lograrlo. Nunca se consigue del todo lo que se busca.
 Pero hay libros y libros, huelga decirlo; y los libros son reclamos expuestos al sol un domingo de abril en que Palma se viste de librería y San Jorge, a la sazón Jorge de Capadocia, coge de nuevo su afilada espada, salva a la princesa, mata al dragón y convierte su sangre en una rosa roja. En ese trasfondo, libros y rosas entrelazan su razón de ser y se convierten en una forma de relacionarse: los hombres les regalan una rosa a las mujeres y ellas, a cambio, les regalan un libro. No sabría explicar este comportamiento tan peculiar, quizá tan exquisitamente sexista, más allá de la buena obra de satisfacer a partes iguales a dos gremios de indudable utilidad, los libreros y los floristas. Ni los escritores ni los jardineros tenemos vela en este entierro.
 Anteayer, pues, Palma era un polvorín de libros. «Madrid ens roba», clamaban varios cartelones en el tenderete de Més, cerca de Plaza España, y ahí apenas había libros y los que había refulgían ceñudos, como si sólo fueran libelos, como si el ardor o la ira los hubiera dejado sin palabras y el silencio mortal de la estulticia los hubiera encogido, hubiera estrechado sus lomos y convertido su tinta en la sangre invisible de un dragón que no puede convertirse en ninguna rosa, porque donde no hay misterio ni temblor místico no hay revelación ni tampoco conocimiento y donde no hay ensimismamiento no hay otredad ni posibilidad alguna de empatía. A Fahrenheit 451 con todos esos panfletos.
 Luego están los libros que sólo son libros de usar y tirar, como también lo son, tal vez, las mismas flores: nadie puede quitarles, no obstante, ese profundo aroma que dura un instante y luego desaparece. O los libros que dicen leer los políticos. Los libros para niños. Los libros para empezar a soñar o para empezar a desesperarse, que no son pocos y que son adorables y también peligrosos. Y finalmente los libros que no lee ni compra nadie, que son los únicos libros con los que, realmente, me identifico, aunque no sé por qué. O sí, pero no quiero decirlo.
 

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viernes, abril 21

Turismo y supervivencia


La Telaraña en El Mundo.


 Quizá no sea fácil entender el turismo. No parece serlo, desde luego, para nuestros gobernantes locales y su doble discurso: indeciso, errático. ¿Qué turismo queremos? ¿Queremos los turistas a manadas, en bañador o totalmente despendolados, ávidos de gresca, con mono insaciable de sol, cerveza y sexo? ¿O los preferimos en grupitos, con sus cámaras en ristre y la mirada absorta por las galerías de esos fantásticos museos que no sé si tenemos? ¿Los queremos con traje de ejecutivos y maletín de piel entrando y saliendo, enfervorecidos o alucinados, del Palacio de Congresos como si salieran de la Catedral, Bellver, La Lonja?
 Puede que no podamos elegir el turismo que nos gustaría, porque el territorio es el que es y los monumentos son los que son; y no hay forma de cambiar drásticamente el panorama general de nuestras playas y calas, nuestros torrentes y montañas, nuestro clima, salvo si lo destruimos voluntariamente, salvo si dejamos que se degrade, se empobrezca, se convierta en las ruinas de lo que nos gustaría ser y no somos. Nunca somos lo que quisiéramos ser.
 Sin embargo, hubo un tiempo en que Palma se convertía en una ciudad fantasma. Así, todos los domingos la ciudad amanecía desierta; desierta, porque no había comercios abiertos, y desierta, porque el turismo prefería atiborrarse de sol en las playas y muchos palmesanos huían de la ciudad muerta para refugiarse en su segunda vivienda, ese adosado, ese apartamento, esa cuarterada más o menos rústica donde la vida familiar huía de las rutinas laborales y se entregaba a la ficción del ocio, el paso al frente que significaba dejar de ser unos domingueros de sombrilla y fiambrera y convertirse en los propietarios de alguna quimera en algún lugar del paraíso. O así.
 La mayoría de estas segundas viviendas las tuvieron que vender (porque mantenerlas era un lujo inasumible) los hijos de quienes las compraron a base de hipotecas y esfuerzo, esa compleja inercia, esa forma de vida que daba en mejorar económicamente trabajando cada vez más. Es curioso, hoy nos sorprende lo que era normal cuando había trabajo y sueldos decentes. Ya no es así. No me extraña, pues, que a mucha gente corriente no le quede otra que alquilar sus habitaciones libres por días, por horas, quizá por segundos, para sacar a flote la economía familiar de una crisis que les ha recortado hasta las ilusiones. Parece que al Govern del Pacte no le importa asfixiar, con su vacío legal y sus amenazas de multas, a muchos de estos pequeños propietarios (porque no hablo de los especuladores con cientos de pisos o habitaciones en cartera) que intentan, con su trabajo doméstico, regresar a lo que fue normal y ya no lo es. Trabajar para vivir dignamente, nada menos.


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martes, abril 18

Posados reales


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  Cuentan las crónicas que algunas mujeres, transidas de emoción y al borde del llanto, corearon «¡Viva el Rey!» cuando la familia real abandonaba la Catedral de Palma tras asistir a la tradicional y solemne misa de Pascua. No esperábamos, desde luego, que Armengol, Ensenyat, Hila o Picornell, es decir, la asilvestrada plana mayor de nuestras autoridades locales, llegaran a mostrar tanta efusividad como esas mujeres al borde, previsiblemente, de un ataque de nervios, pero tampoco que pasaran, desdeñosamente, del evento y se ausentaran de esa foto anual que sitúa a Mallorca, año tras año, en la portada de la actualidad y por la que, sin ninguna duda, autoridades mucho más avispadas acabarían pagando.

 En efecto, hoy en día resulta impagable tener a la familia real casi al completo formando, sonriente y más que bien vestida, frente a los portones, los arcos y los vitrales de la Seu y dejarse vencer, en fin, por el morbo y también por el cotilleo: dónde estará Juan Carlos, dónde Urdangarin, dónde las Infantas.

 La verdad es que todo ese cotilleo no nos importa demasiado. Nos preocupa mucho más, aunque nos de la risa floja mientras nos apuramos en describir la situación, la falta de educación cívica de nuestros gobernantes, su absentismo político, aunque también podríamos decir que laboral, si alguna vez hubieran trabajado en algo, su frustrante y alevosa falta de empatía para con la gente corriente y moliente que da en mirar, en fin, los toros espléndidos desde la barrera y jalear los trajes de luces (anoréxicos o maduros, elegantes) de Leticia o doña Sofía, la barba de legionario emprendedor que atesora Felipe o los modelitos tallados en azul y rojo, respectivamente, de la princesa Leonor y la infanta Sofía, dos auténticas maravillas en ciernes, oigan.
 Acabo de recordar, quizá por aquello de la empatía, la teoría de las catástrofes o alguna que otra nebulosa conexión subconsciente, otro posado ilustre que teníamos por estos pagos y que ya no sé si tenemos. Me refiero al de Ana Obregón que, si alcanza la inmortalidad, no será por sus trabajos artísticos sino por ese posado anual en bikini o prenda similar, que tanto nos asombraba (y que nos reconciliaba, por supuesto, con la lujuria) al principio y que luego, con el paso de los años, se nos fue convirtiendo en un recordatorio cruel, pero necesario, del avance de la decrepitud y el estropicio de las arrugas, la efímera armonía de las formas, el lento pero inflexible declinar de la carne frente a la imperturbable sonrisa de quien es capaz de observar el objetivo de la cámara como si mirase al mundo y supiera, de algún modo, que cada uno ve lo que quiere ver y que nos quiten lo bailado, si pueden. No podrán.

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viernes, abril 14

Las lágrimas de Barceló


La Telaraña en El Mundo.


 Hay muchas sillas de madera alineadas a lo largo de la calle Olmos. Pronto se llenarán de fieles, curiosos y turistas. Resuenan de vez en cuando algunos tambores, todavía solitarios y destemplados. Pronto se convertirán en esa especie de orquesta que recorrerá solemnemente las calles y también el alma de quien quiera ser recorrido. Cierro las persianas y corro las cortinas, mientras extiendo la hoja en blanco virtual del monitor donde escribo estas líneas.
 Me corroe alguna que otra duda. ¿Las instituciones, pienso ahora, por ejemplo, en el Govern o en la UIB, son algo mejor o peor, en sí mismas, en su naturaleza, en los resultados finales de su actividad, que las personas que las componen? ¿Son las instituciones tan rácanas, indolentes, sectarias o mezquinas como parecen serlo algunos de sus miembros más significados o existen instrumentos correctores capaces, tal vez, de llevar a buen puerto cualquier nave por desnortados que anden sus más cualificados tripulantes?
 Empezaré con el Govern. Las lágrimas de Biel Barceló, mientras reconocía los errores políticos de sus subordinados en el caso de los contratos de Jaume Garau, me recuerdan a las de los cocodrilos que, por cierto, no lloran porque estén tristes, sino porque necesitan lubrificarse los ojos. Suelen llorar, los cocodrilos, cuando abren y cierran sus enormes mandíbulas mientras devoran, con delectación, a sus víctimas. ¿Por quién lloraba, anteayer, Barceló? ¿Por Ruth Mateu, tal vez? ¿Por el fiero ataque fratricida de Jarabo, imperturbable pese a sus historias para no dormir con IB3 o el asunto Bachiller? ¿Por el paraíso perdido, según confesó, el maldito día que se le ocurrió dejar de ser un probo funcionario para meterse a vicepresidente del Govern y comprobar que no hay forma de vivir tranquilo cuando lo que importa, al margen de las ideas, son las sillas, pero no las de fe y madera en plena calle Olmos, sino las sillas muelles, los sofás y tresillos del poder y sus aledaños, el chirriar intolerable de las puertas giratorias, el despelote de las propias huestes siempre ávidas de carnaza, espectáculo, dinero?
 Barceló, en fin, puede coger su peculiar sentido de la responsabilidad, guardárselo donde le quepa y marcharse, pues, por donde vino. No se lo reprocharíamos. De la UIB, por desgracia, me tendré que ocupar otro día. Hasta la fecha, y a falta de otras excelencias, conocíamos su infatigable capacidad para vendernos el catalanismo a todas horas y en todos los ámbitos de la sociedad. Ahora sabemos, también, que son capaces de vendernos fármacos que no curan lo que dicen curar. El asunto clama literalmente al cielo. Mientras tanto empiezo a oír clarines y tambores, crepita la cera y alguien entona una saeta, vaya escándalo.

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martes, abril 11

La hora de la penitencia


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  Un baño de sangre en una iglesia del norte de Egipto. Con esa fotografía, en la que el principal protagonista era el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre y también el estupor de unas cuantas personas intentando ordenar el caos y hasta salvarse de él, abrió este diario, ayer lunes, su portada. Sangre y estupor, sangre y metralla, sangre escenificando el silencio de Dios, el ensordecedor silencio de Dios. «Moriré protestando contra el silencio de Dios» dice, en un momento de exaltación y rabia, el padre judío del protagonista de la última película de Woody Allen, “Café Society”, y casi toda la acción que se narra en el film discurre, revoletea, danza sobre ese fino alambre donde la conciencia y la realidad intentan ponerse de acuerdo sin demasiado éxito.
 En efecto, somos el lugar inquieto, inestable y hasta intempestivo donde concurren las ansias concienzudamente irracionales de rebelarnos contra todo y todos, incluso contra nosotros mismos, contra la injusticia, acaso cósmica, que acaba siendo la vida. Pero somos, también, un cúmulo sucesivo de civilizada resignación, de nostalgia y hasta languidez más o menos inteligente, un paisaje coloreado por la ternura, por la curiosidad o la indiferencia, el extraño lugar donde florece la muerte igual que el respeto exquisito, inmenso, que finalmente sentimos por las decisiones que vamos tomando, aunque muchas veces nos equivoquemos. Cómo no.
 Ya estamos en Pascua. Los turistas sacan fotografías de nuestras solemnes procesiones, los encapuchados, la parafernalia paramilitar de las bandas y las cofradías; las mismas fotografías que sacaría yo si fuera uno de ellos: reamente lo soy, pero disimulo y hago como si fuera uno de los nuestros cuando sólo alcanzo, tal vez, a ser uno de los míos, de los muy míos. Pero no importa. Los turistas observamos el mundo con el mismo estupor con que el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre va tiñendo la convivencia en nuestro planeta. No siempre nos gusta lo que vemos.
 Ahora podría ser, tal vez, el instante en que no estaría mal flagelarse un rato por la desvergonzada actuación de nuestro Pacte de Govern al ponerse de perfil mirando hacia Rasputín, por ejemplo, cuando la verdadera penitencia debiera consistir en leerse su propio código ético y concluir que la gente decente no precisa de códigos éticos para serlo. Debiera el Govern, tal vez, salir de anochecida con sus caperuzas blancas, sus pies descalzos, sus tobillos encadenados y una gran cruz a sus espaldas. Jaume Garau podría cantar saetas adoloridas con letra de Valtònyc, por ejemplo, y Biel Barceló recordar, con Francina Armengol y Vicenç Vidal, aquellos tiempos en que bailaban la conga como si el mundo fuera suyo.  Quizá lo era o, al menos, se lo creían.



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viernes, abril 7

«Fútbol es fútbol»


La Telaraña en El Mundo.



  
 «Fútbol es fútbol» sentenció hace siglos el entrenador yugoslavo del Zaragoza, Vujadin Boskov, y sus palabras siguen resonando como si aún fueran válidas. ¿Lo son? Pues no sé yo. El mundo ha cambiado mucho en poco tiempo. Ya no existe Yugoslavia cuando se acaban de cumplir veinticinco años del genocidio de Bosnia. Y el fútbol ya no es tampoco lo que era. Fue, evidentemente, opio puro y duro del pueblo, religión pagana, pasión personal, deporte de masas, tal vez negocio de palco y, desde luego, de antepalco; ahora es también el núcleo, el corazón, el alma gélida, quizá, de una peligrosa y ubicua ludopatía que da en dejarse el sueldo y también los higadillos en el azar programado de los tahúres, en la caprichosa ruleta rusa de las apuestas online. Ya no parece existir nada a lo que no se pueda apostar como si la vida entera nos fuera en ello. Quizá nos vaya. Quizá ya se nos haya ido.
 Pero el tema que hoy me ocupa es la complicada situación del RCD. Mallorca. ¿De qué Mallorca estoy hablando? ¿Del equipo aquél de mi infancia, que siempre andaba descendiendo a segunda división? ¿O del que se asentó en la élite y llegó a ganar la Copa del Rey o a disputar la final de la Recopa? ¿Hablo de Zamora, Arqué, Chango Díaz y Doval, de Eto´o, Ibagaza, Nadal, Roa, Ezaki Badou, de Arango, Güiza, Aduriz, Stankovic? ¿Hablo de Juan Carlos Lorenzo, Forneris, Marcel Domingo, Oviedo, Serra Ferrer, Cúper, Aragonés, Manzano? ¿De Jaime Roselló, Contestí, Beltrán, Grande, Alemany, Utz Claassen, Robert Sarver?
 Con el paso del tiempo, todos los equipos son siempre el mismo equipo, porque la historia es un lugar muy apretado donde se suceden y se amontonan los nombres y las sombras, donde se multiplican las voces y los ecos, donde se arremolina el olvido intentando fijar el remolino interior de sus raíces y prender, así, en alguna parte. Siempre debemos prender en alguna parte, aunque no importe demasiado dónde ni por qué ni cómo. Finalmente, sólo somos nuestras raíces, esa vaga inercia que nunca dejamos de sentir. No es poca cosa.
 Pero vuelvo al presente, que es como regresar a una guerra virtual de etiquetas o “hastags”. Desde #ElMallorcaNoEstaMuerto a #Vamosequipo o #TotsJunts. Sergi Barjuan, que ya es el nuevo entrenador, tiene ahora diez partidos por delante, de los que debería ganar seis o siete, al menos, para que el Mallorca no descienda a esa división fuera del fútbol profesional, que es la 2ªB. «Fútbol es fútbol» dijo Boskov hace siglos y en esa misma frase pensé yo, anteayer, mientras observaba las filigranas que un joven mallorquín llamado Marco Asensio dibujaba en el césped. Pues sí. Eso sí que es fútbol.

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martes, abril 4

Paseando con políticos


La Telaraña en El Mundo.





 A menudo empiezo a escribir como quien sale a pasear y sabe que debe anotar buena parte de lo que ve o imagina. No me faltan, por supuesto, adjetivos calificativos ni paisajes que rememorar o descubrir, pero sí que me fallan, me bailan, por así decirlo, algunos nombres; no siempre identifico correctamente a los políticos con los que me voy cruzando una vez y otra por las aceras y las esquinas, bajo la luz de las farolas o el asfixiante sol del mediodía. No obstante, me los cruzo y descruzo permitiéndome, tal vez, enarcar una ceja, pero no, nunca, esbozar siquiera un saludo, porque saludarles una única vez implicaría tener que saludarlos siempre, cada día, cada hora, cada instante de paseo conmigo mismo y la ciudad que nos parió a todos. O a casi todos.
 El caso es que me hago un lío con frecuencia. A veces, por ejemplo, me tropiezo con la nueva camada izquierdista, sindicalista o nacionalista o todo a la vez, que suele ser lo más habitual, y me parece estar viendo a los viejos camaradas o compañeros (en realidad, ni una cosa ni la otra) con los que tengo cierto pasado en común. Pienso, entre otros, en Pep Vilchez con quien tropiezo muy a menudo y siempre desde aceras distintas, lo que nos obliga a mirarnos como de refilón. O en Miquel López Crespí, que la última vez que me vio tuvo a bien escupir con rabia al suelo y yo ni caso, como escrutando el vacío, pasando. La verdad es que nunca le he agradecido lo suficiente aquella viril invitación al duelo. Aquel malentendido u homenaje. Lo que fuera.
 Últimamente he compartido restaurante y menú económico con Xelo Huertas, Montse Seijas y hasta con Balti Picornell, nada menos. Hay que ver lo bien que comemos. Con ellos no tuve que enarcar la ceja ni preocuparme por un pasado común que no tenemos, porque son gente sobrevenida de no sé dónde y que sólo conozco de las primeras planas de los periódicos (ese WANTED de la actualidad que tanto me horroriza como me fascina, supongo).
 Con todo, no hay recuento sin algunas ausencias. Hace demasiado tiempo que no me tropiezo con Ramón Aguiló y eso sí que me fastidia, porque Hila o Cirer no son lo mismo y ya no puedo rencontrarme con Paulino Buchens, con quien sí que tuve algún que otro magnífico encontronazo. Pelillos a la mar. Vuelvo a Aguiló, porque me gustaría rencontrarlo y recuperar el paso y el poso cultural que tuvo a bien convocarnos en determinado momento, más allá del buen humor y la ironía cómplices, los vaivenes de la literatura y el periodismo o la imprevisible inercia de las afinidades electivas. Es cierto, a veces me siento el joven Werther en las manos adoloridas, quizá tumefactas, del viejo Goethe.


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viernes, marzo 31

Provocación en las aulas

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  Recuerdo, ahora, haber intentado descifrar los versos más o menos sueltos, los textos literalmente sin sentido de Antonin Artaud. Había en las frases inconexas de su surrealismo de siquiátrico aún sin domesticar una primera aproximación al absurdo y al vacío, a la cómica o trágica situación de saberse en el lugar principal de la trama y no entender, sin embargo, nada de nada. Quizá no haya mejor manera de situarse en el mundo y de ocupar, así, el lugar que nos corresponde: todo cuanto sucede a nuestro alrededor forma parte de una farsa a la que podemos atender o no, pero de la que somos, inevitable y simultáneamente, cómplices y verdugos o víctimas.
 Recuerdo, también, haber fotografiado el urinario firmado sobre un pedestal de Marcel Duchamp tan sólo para tener alguna prueba personal de una obra que, en vez de conmoverme, me produjo una enorme y fría indiferencia. A veces nos cansamos de ser conejillos de indias de tanto artista que anduvo o que anda suelto, que dejó sus huellas en el camino trillado de la existencia para que los interesados en estas cosas desandemos sus pasos y descubramos lo agotador que es viajar en círculos, lo descorazonador que es perderse una y otra vez para acabar descubriendo que la constelación en que vivimos está mucho más llena de efectos especiales que de talento. Quizá Piero Manzoni sabía lo que hacía cuando enlataba su propia mierda y la vendía a precio de oro.
 Venía lo anterior porque me sobrevinieron un par de conceptos, la provocación y el arte, por ejemplo. O la nostalgia de aquellos días en que creíamos, a cada paso, estar descubriendo algo nuevo. Quizá era así o así sucede el deslumbramiento de las cosas, el avistamiento de la vida. Ahora, en cambio, casi todo es repetición y, tal vez, hastío. Repetición e incredulidad. Repetición y vergüenza ajena por lo que nos han ido vendiendo según pasaban los años y cambiaban las modas, por lo que aún nos quieren vender o nos venderán en el futuro, por lo que ya parecen haber vendido a muchos de nuestros escolares.
 Sólo un sistema educativo en manos del sectarismo más grosero, banal e irresponsable puede propiciar que alguien con el historial artístico (y en la actualidad, también, delictivo) del rapero Valtònyc se convierta en invitado especial de las aulas de un colegio público en Santa Margalida. Pero no pienso entrar al trapo. Me basta con su resumen del hecho, expresado en su cuenta de Twitter: “Hoy he oído a niños de 1º y 4º de ESO que opinan de la libertad de expresión y de si es necesaria o útil una monarquía. Lo tienen claro”. Qué suerte (levedades e incorrecciones ortográficas al margen) tener las cosas tan claras. Pues sí.


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martes, marzo 28

Entre Orwell y Huxley


La Telaraña en El Mundo.


 
 
 
 Puede que George Orwell dibujara en «1984», su obra más leída y celebrada, el espíritu totalitario que nos acabará dejando sin más futuro que la sumisión, la uniformidad y la pobreza racionada. Tiempos de guerra global contra un enemigo ubicuo y malvado, ilocalizable. Tiempos de totalitarismo policial e información manipulada por el maniqueísmo cultural de la «neolengua», esa perversión que retuerce el lenguaje hasta convertirlo en algo desprovisto de sentido. La verdad no existe más allá de lo que conviene en cada momento al Estado, al Partido, para movilizar a las masas, para mantenerlas ocupadas, para que olviden el significado de la vida que nos late muy adentro sólo si somos capaces de escucharla. Para que nos rindamos al cortejo fúnebre de las tres o cuatro Grandes Palabras malabares con que la humanidad se deja vencer por la resignación o el miedo. El Hermano Mayor nos vigila y su mirada es la guadaña con que la muerte nos decapitará a todos, si la dejamos.
 Puede que Aldous Huxley dibujara en «Un Mundo Feliz», su obra más leída y celebrada, una sociedad convertida al gregarismo gracias al soma, esa droga de la que, según se afirma en el libro, «un gramo cura diez sentimientos melancólicos y tiene todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, sin ninguno de sus efectos secundarios». Nada menos. La verdad se convierte en algo irrelevante, en una sucesión de majaderías más o menos extrapolables y risibles. Somos superficiales, en definitiva, porque no somos capaces de aceptar el dolor ni tampoco el tremendo sacrificio que siempre conlleva intentar superarse. Somos triviales, porque preferimos la pose y el cotilleo en las redes sociales que la exploración, acaso dolorosa, de nuestro interior, esas entrañas abiertas, desgarradas, donde bailamos solos agarrándonos al vacío como a las raíces comunes, quizá, de la estirpe humana.
 Resulta, pues, que mientras Orwell nos avisa, contundentemente, del peligro de las dictaduras comunistas o fascistas, Huxley nos advierte, con idéntica intensidad, de los horrores de la inconsciencia, el simplismo populista o el miedo a pensar. Entre ambos infiernos deambulamos. O deambulo. ¿A qué negarlo? Por eso escribo sobre los libros que leí en otro tiempo, porque temo olvidarlos y ya casi no leo libros nuevos. Por eso escribo tuits con los que critico esa estúpida monomanía de escribir tuits. Por eso maldigo, en mi propio muro de Facebook, los otros muros de Facebook donde siempre encuentro un selfi que no recuerdo haberme hecho. Por eso, finalmente, acabo de declinar la amable invitación de unos buenos amigos a participar en unas tertulias radiofónicas locales: ya hay demasiados tertulianos en esta distopía, no sé si de Orwell, Huxley o ambos, en la que sobrevivimos. Pese a todo.
 

 

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viernes, marzo 24

Terrorismo y libertad


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  Un coche cualquiera y un cuchillo grande de cocina. Está claro que no hace falta demasiado para sembrar el terror y la muerte, paralizar la opinión pública, colapsar las televisiones del mundo entero y obligarlas a enfocar con sus cámaras el lugar de la tragedia. La rapidez con que viaja la información convierte el recuento de víctimas, heridos o cadáveres en un lento goteo donde se mezcla la necesariamente cuidadosa contabilidad oficial con el vértigo inconsciente de los rumores, los dimes y diretes, los tuits y retuits a vuela pluma, los memes, las valoraciones de parte, el complejo arco iris donde se enmarcan todas las opiniones con la misma ligereza o solemnidad con que un imaginario pavo real abriría el inmenso abanico de sus atributos y los mostraría por inercia, por naturaleza, por compulsión de amor y muerte sin reparar, ni siquiera por azar, en el dolor incurable de sus heridas. La vida siempre sobrevive.
 Huelga decir, claro, que no formamos una sociedad ni mucho menos ejemplar, pero que nuestra forma de vida parece ser la mejor que podemos o sabemos darnos, aunque en el viejo arcón de las utopías nos guardemos todos los gulags habidos y por haber del universo con unas sumariales anotaciones a su lado: «Este sistema no funcionó. Este fue un desastre. Este pudo ser, pero algo falló. Este prometía, pero tampoco».
 Ya he podido visionar, gracias a la BBC, un video bastante borroso de la enloquecida carrera mortal sobre el puente de Westminster. Seguro que los mil satélites que nos vigilan podrían ofrecernos mejores y más fidedignas imágenes. Con todo, no parece que haya forma humana de prevenir por completo estos atentados, salvo si una especie de «Policía del PreCrimen» (he vuelto a ver «Minority Report», en efecto) pusiera sus siete sentidos en marcha y fuera capaz de preservar el futuro abortando la violencia del presente antes de que acontezca. El juego, no obstante, tiene su peligro. No sé si ese futuro salvaguardado (¿salvaguardado por quién?) sería realmente el nuestro. No sé si nuestra romántica idea de la libertad resistiría una hipotética libertad vigilada, restringida, teledirigida.
 Miro alrededor y el escepticismo me vence. La libertad que tengo está en mis manos (y en las de mis obligaciones personales, familiares o laborales, voluntariamente asumidas), pero también está en manos de un montón de incompetentes (políticos, banqueros, sindicalistas, especuladores de variado y espectacular pelaje) que dirigen el mundo como si fuera suyo, que usurpan y trivializan el lenguaje como si supieran descifrarlo, que se dirigen a nosotros como si con sólo dos o tres Grandes Palabras malabares bastara para apaciguarnos. Pues no es así, por supuesto.

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martes, marzo 21

El espíritu de la plaza


La Telaraña en El Mundo.



 Puede que la actualidad venga con letra muy menuda a modo de subtítulos y que leerlos sea imprescindible para llegar a entender algo de lo que está ocurriendo. Porque ocurren muchas cosas. Repaso el video viral de la transformación de Josete, de gorrilla sin techo, con greñas y depresión a flamante hípster con tupé, barba quijotesca y alguna que otra esperanza recuperada, y compruebo que lo más importante no es lo que se ve o se dice en el video, sino la ayuda que La Salvajería y Dr. Filmgood le han prestado a cambio, por supuesto, de una publicidad que puede que sea impagable.
 También es impagable, desde luego, sacar a un hombre del callejón sin salida de la calle, el letargo emocional y las enfermedades incapacitantes y devolverlo más o menos sano y salvo a la línea de salida de ese maratón, a veces tortuoso y asfixiante, que suele ser la vida. Que siempre es la vida. Ahora sólo nos queda por saber si Josete logrará salir de entre los coches y las limosnas de las mejores plazas de Palma y convertir el espíritu de la plaza, tal y como le llaman en el video, en el espíritu de la que tendrá que ser su propia vida. Necesitará suerte. Ojalá la tenga.
 Los que no tuvieron ninguna suerte -por lo visto en otro video, que también está arrasando en las redes: ese pestilente estercolero es su hábitat natural, por supuesto- fueron los asistentes al partido de infantiles entre el Alaró y el Collerense. Estamos hablando de niños de 12 y 13 años. Estamos hablando de una violenta pelea campal entre algunos padres de ambas aficiones por una patada de más o de menos. Estamos hablando de un comportamiento vergonzoso que aleja a los niños de los beneficios del deporte y los convierte en víctimas inocentes del irracional fanatismo de algunos padres absolutamente desnortados. ¿Habrá que repetirles que sus hijos no son Messi ni Cristiano?
 A los que no sé muy bien qué diablos repetirles es a los que nos gobiernan desde las instituciones. No es posible que, con tanto por hacer o deshacer, se les ocurra perder el tiempo, una y otra vez, con declaraciones políticas que sólo son auténticos brindis al sol. La penúltima hazaña de la Cámara de nuestro Parlament ha sido aprobar una proposición no de ley que insta al Gobierno y al Ministerio de Defensa a que dejen de organizar actos civiles de jura de la bandera española, porque, según Patricia Font, generan división social y utilizan recursos necesarios para la prestación de servicios públicos del Estado del Bienestar. El asunto sería de risa si no mentase la escasez de los recursos públicos, el dinero, en definitiva, con que les pagamos a estos políticos estas payasadas.


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viernes, marzo 17

Camino de Santiago


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 Con el tiempo he acabado pensando que la vida es una especie de peregrinación más o menos iniciática hacia uno mismo. Puede que allá a lo lejos, en algún lugar que sólo nos será revelado cuando lo alcancemos, alguien que aún no soy yo me esté esperando. No es ésta, en absoluto, una imagen deliberadamente oscura ni tampoco dolorosa o triste, no encubre ninguna derrota imprevista o ninguna rendición vergonzosa, sino todo lo contrario, es reconfortante que alguien nos espere al final de camino y es especialmente reconfortante que ese alguien desconocido sea, seamos, nosotros mismos.

 Así, más que confirmada, bendecida, nuestra antigua obsesión por las paradojas y los círculos viciosos, así, de la forma más natural que pudiéramos, tal vez, haber imaginado, el círculo de la existencia se acaba cerrando y, al cerrarse, se reconcentra y ensimisma. ¿Quién sabe lo que nos espera después, cuando un fulgor o un destello, una explosión inimaginable en alguna parte del universo nos renueve y nos despierte reconvertidos, al fin, en nosotros mismos? Nadie lo sabe. Yo tampoco.
 Hace años pensé seriamente en recorrer el Camino de Santiago. Incluso anduve durante semanas haciendo prácticas de senderismo por algunos pueblos de la isla, buscando albergues donde sólo encontré, al fin y a la postre, pequeños hoteles rústicos con piscina simulada y wifi de pago, buscando abismos donde sólo hallé acantilados escarpados y playas de arena finísima donde dormir el sueño de saberse tan cerca del árbol del paraíso como de los bosques talados de una civilización a la deriva. Leí varios libros sobre el tema, entre los que cabe citar «Camino iniciático», del escritor vasco, afincado en Mallorca, Joaquín Lloréns, y en no pocas ocasiones dejé vagar mi imaginación en pos de los restos del apóstol Santiago, las disputas religiosas de antaño y de ahora, las turbas de peregrinos y también de emigrantes a través de la llamada, no sin cierto sentido, calle mayor de Europa. Tal vez todo concluya en Finisterre.

 Pero mientras tanto estoy, ahora, en Santiago de Compostela. Hace sol y no llueve, por extraño que parezca. Las calles están relativamente repletas de peregrinos y turistas; los unos parecen cansados, los otros absortos. Yo he llegado en avión, por lo que debo ser un turista. ¿Lo soy? ¿No lo soy?  He llegado en avión, porque ya se me pasó el tiempo de pensar en recorrer más de veinte kilómetros diarios desde Sant Jean Pie de Port, por ejemplo, hasta mí mismo. He llegado en avión, porque la procesión va por dentro y un hilillo de sangre nos recorre muy lentamente la espalda sin que podamos apreciar el lugar exacto de la herida, su origen, nuestro auténtico desenlace.

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martes, marzo 14

La violencia y los sueños


La Telaraña en El Mundo.





 De entre las muchas noticias acaecidas estos últimos días, la que más me ha llamado la atención ha sido la agresión sufrida por un militar del I Cuartel General de la Comandancia de Baleares vestido de uniforme en el paseo del Borne. Desconozco, por supuesto, los detalles de lo acontecido; es decir, no sé nada sobre los auténticos motivos del rifirrafe ni sobre la previsible vileza de los dos atacantes, más allá de lo que han relatado los medios locales, que no ha sido demasiado. Pero eso, quizás, es lo de menos.
 No me interesa la épica, ese relato o ficción más o menos histórica o absurda, cuando es la ética la que anda desnutrida y apaleada, vejada, hecha unos zorros. No me interesan, tampoco, la verdad o la mentira absolutas, cuando se palpa tanta violencia y cinismo en el ambiente que ya no hay forma de distinguir entre culpables e inocentes, porque igual ya no los hay ni en un lado ni en el otro; y el tiempo presente, la mentira grosera en que vivimos, se ha dejado impregnar por el odio, el rencor y las insuficiencias de ese tiempo pretérito del que no logramos desprendernos. El pasado invade nuestra actualidad con su pestilente retórica de vencedores y vencidos, su dialéctica de trincheras y su alma de fosa común en la que el futuro cae de bruces y desaparece, engullido. Como el quiosco o el cine que existieron en el paseo del Borne, por ejemplo.
 El Borne es un lugar de cierto peso en mi vida. Allí tropecé, por sorpresa, con Camilo José Cela y anduve lento de reflejos, porque no se me ocurrió nada que decirle; allí compré mis primeros paquetes de rubio americano; allí paseaban, mis padres, cuando eran novios y yo sólo era uno cualquiera de sus múltiples sueños; allí, precisamente en el cine Borne, hice mis primeros novillos de escolar -y casi que los únicos, porque llamaron del colegio a casa y ardió Troya- yendo a ver «Klute», la película protagonizada por una deslumbrante Jane Fonda: yo era un niño y andaba deslumbrado.
 Ya no soy tan joven, pero sigo deslumbrado. Con Jane, por supuesto, pero no sólo con ella. Miro alrededor y respiro tras cada parpadeo. Estamos convirtiendo la existencia en una especie de confrontación constante entre unos y otros, en un enfrentamiento ubicuo que amenaza con que la violencia traspase la barrera virtual de las redes sociales y aterrice peligrosamente en las calles, en el día a día de la gente de carne y hueso, en el mismísimo paseo del Borne en que fui feliz, tal vez, porque alguien tuvo allí un sueño y la infinita suerte, además, de poder trabajar y prosperar lo suficiente como para realizarlo. No parece que nuestros herederos vayan a poder hacer lo mismo.


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viernes, marzo 10

Mecenazgo ideológico


La Telaraña en El Mundo.

 ¿Se acuerdan de Dolors Miquel, la poetisa catalana que saltó a la fama, siempre fugaz y relativa, de la actualidad cultural y política de este flamígero país en que vivimos tras la lectura pública de su poema «Mare Nostra», una versión blasfema, aunque inocua, del litúrgico «Padre Nuestro», durante la entrega de los Premios Ciudad de Barcelona de 2016? Aunque sólo ha pasado algo más de un año la pregunta es pura retórica. En efecto, yo la había olvidado, como acostumbro olvidar todo aquello que no me afecta ni me interesa personalmente, todo aquello que, como mucho, me ocupa unos instantes, quizá un par de frases, acaso algún guiño al vacío, seguro que una sonrisa escéptica y desencantada o somnolienta y nada más. Absolutamente nada más.
 Nada más, hasta anteayer. Resulta que en la magnífica capilla del Centre Cultural de la Misericòrdia, es decir, en las mismísimas entrañas espirituales del Consell Insular de Mallorca, se inauguró una exposición colectiva a cargo de Arantxa Boyero, Astrid Colomar, Mariaema Soler, Marta Fuertes, Laura Marte, Marta Pujades y Olimpia Velasco bajo el título de «L’ànima de l’invisible». Trata, en fin, sobre la violencia machista, los clichés físicos o sociales y las complejas (o fraudulentas, diría yo) relaciones entre el arte y las perspectivas de género. Pues muy bien.
 Para la ocasión, parece que el CIM ha echado la casa por la ventana. Literalmente. Así, junto a un lujoso catálogo ilustrado, el CIM ha pagado a las autoras por el tiempo y los gastos que la creación de su obra les haya podido causar.  No nos extraña que la comisaria de la exposición, Georgina Sas, esté eufórica con esta pródiga política del CIM. ¿Hemos regresado a la época pretérita en que el Estado era el principal mecenas o tutor del arte y los artistas? ¿Avanzamos, tal vez, hacia un nuevo absolutismo electivo de los poderes públicos para con las iniciativas individuales? No responderé a estas preguntas. No hace falta. Tiemblo cuando me hablan de subvenciones, encargos y patrocinios. Tiemblo cuando no sé, en definitiva, si me hablan de arte o de propaganda, de introspección honesta o de simple militancia, de intoxicación ideológica.
 Quizá algunos se pregunten, ahora, qué pinta Dolors Miquel en este fregado. Resulta que ella, junto al vicepresidente primero y conseller de Cultura, Francesc Miralles, abre el catálogo con un abigarrado texto donde a falta de ideas propias se marca un voluntarioso y prosaico cadáver exquisito (que por desgracia no alcanza la putrefacción mínima exigible) sobre el arte y la violencia, la belleza y el horror, la maternidad, la lucha de las mujeres, sus desnudos, sus vulvas, sus sombras y sus heridas. Algo inenarrable.

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miércoles, marzo 8

14



Este mes el blog cumple 14 años. Nos hacemos viejos ;-)



martes, marzo 7

Penes, vulvas, autobuses


La Telaraña en El Mundo.

 Antes escribía más que ahora. Podía aguantar ocho, diez o quince horas frente a la máquina de escribir y la terrible hoja en blanco. Ocho, diez o quince horas frente a la pantalla líquida de aquellos monitores CRT que te taladraban el cerebro con sus rayos catódicos y te abonaban a una resaca de siglos, ciego y totalmente desenfocado de palabras, sinónimos, metáforas, de conceptos que nunca terminan de cuajar, salvo cuando los desechas, te los arrancas de adentro, los desactivas y conviertes, finalmente, en otra cosa.
 Nos pasamos la vida convirtiendo las cosas en otras cosas, porque todo es interpretación, traducción, lenguaje que se revuelve contra sus costuras, su estrechez e incapacidad para soportar tanta realidad como se nos viene encima a cada instante. Un alud de sucesos y contradicciones, un montón de espejismos que nos recuerda esas autopistas al sol de la infancia en que creíamos ver el mar y el mar era de asfalto, porque las carreteras son de asfalto y las construyeron con esfuerzo y sudor, con las manos y alguna sustancia pegajosa, algún lodo primigenio similar al que sirvió para crear el mundo y convertirlo en el lugar paradójico que es. En efecto, somos lenguaje, como diría el clásico, pero no sólo lenguaje, porque padecemos multitud de pulsiones inefables. Absolutamente indecibles.
 Estamos, pues, entre lo que podemos expresar y lo que no. O no del todo. Me asombra que haya gente preocupada por un autobús publicitario con vulvas y penes o sin ellos, pero con las obviedades de Perogrullo en su mensaje, dando vueltas y revueltas y un tal Juan José Tenorio (“Valores en Baleares”, nada menos) quiere que venga esa basura con ruedas y penes o vulvas a Palma y yo no sé si la basura está en sí misma o en quien la mira y se indigna, torpe, sin ver que no hay nada tras un espejismo, salvo la dura autopista de cemento por la que viaja en dirección contraria el autobús de Wyoming; y yo me quedo solo, tranquilo, con las mismas ganas de abuchear a unos que a otros.
 Algo huele mal en el mundo cuando los censores de ambos lados dicen defender la misma libertad que se otorgan a sí mismos y niegan al contrario. ¿Necesita la libertad, tanto defensor a ultranza, a machamartillo, a la fuerza? Ahora escribo menos que antes. Sé que ninguna enciclopedia me garantiza la salvación que una simple frase podría, tal vez, otorgarme. Al final siempre descubrimos que el mundo es demasiado grande y que abarcarlo requiere de una fe que no poseemos, que nos supera y nos deja tiritando en la ubicua mitad del camino de la vida, ese lugar donde parecemos estar siempre, hasta que un día cualquiera, finalmente, lo abandonamos.

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viernes, marzo 3

El rey Cursach


La Telaraña en El Mundo.

 Repaso la larga y prolija lista de lugares donde la noche parecía ser asunto casi único de Bartolomé Cursach y constato, con no poca indiferencia, que le debo muy pocas horas felices a este personaje, a su imperio de autómatas sacándole brillo a las ubres de la noche como a una infatigable lámpara de Aladino, a sus mastodónticos entramados de ocio masivo, grosero, creo sinceramente que vulgar. Pero Cursach ha sido el rey y me temo que tendrán que caer bastantes políticos y no pocos hombres de paja para que deje, al fin, de serlo. Todo se andará, si se anda.
 Le observo en las fotos de la prensa y compruebo que él también ha envejecido y que su melena de ahora, entre greñas rubias y greñas canas, me resulta tan ajena y anticuada como la música de esos templos dorados donde la noche caía presa de las convulsiones de un rayo láser en pleno cerebro, de un parpadeo de vértigo en plena pista de baile (y fuego rojo en la garganta y humo blanco en los pulmones) e interminables columnas de gentes, venidas de todas partes, se arremolinaban en busca de algún instante sagrado de placer o locura, ese fulgor, ese éxtasis con la mente definitivamente en blanco y un hilillo de saliva burbujeando en la comisura de los labios, ese chute tan necesario, al parecer, para acallar la soledad y convertirla, tal vez, en otra cosa. A veces, la suerte. A veces, la muerte.
 Dije que le debía muy pocas horas felices a Cursach y es muy cierto. No he estado nunca en BCM, por citar el memorable lugar por el que los jueces van a tirar, si quieren hacerlo, del ovillo. Pero es que tampoco he pisado jamás Megapark, Megarena, Paradies, Asadito, Linos, Wurstkonig, 800º celsius STEAK HOUSE, Megasport ni Megahealth. Cojo el mapa de la isla como si fuera el del tesoro, que supongo que lo es, y compruebo que Magaluf me ha quedado siempre demasiado lejos y que cuando merodeaba el Arenal prefería la música de algunos pubs escogidos que la estridente deriva de la música disco. Sobre gustos, ya se sabe.
 Con todo, sí que anduve un par de veces por Tito´s y también por Pachá. Años 90, supongo. No estuvo nada mal, en efecto, ver amanecer en pleno Paseo Marítimo. Pero si recuerdo esos breves viajes noctívagos es porque en ambas discotecas palmesanas pude observar la presencia, entre una nube de fornidos guardaespaldas, del todavía muy joven, por aquel entonces, príncipe Felipe, en la actualidad Felipe VI, rey de España. Es curioso cómo fluyen las palabras y bailotean los recuerdos y las noticias judiciales sobre un rey de la noche en apuros me llevan hasta otro rey no exento, tampoco, de apuros. Que siga el espectáculo, por favor.

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martes, febrero 28

Carnaval y cultura


La Telaraña en El Mundo.

 El pasado domingo aproveché el Carnaval para darme un baño de multitudes. Algo rápido y disparatado, por supuesto. Me disfracé de mí mismo, que es el disfraz que tengo más a mano, para intentar reconciliarme con un par de cosas por las que aún conservo algún interés, alguna ilusión, incluso. Me refiero a la gastronomía y también a la cultura locales. Con la gastronomía no hay ningún problema. Tenemos una sobrasada y unos quesos realmente fantásticos, tenemos unos vinos memorables y también unas ensaimadas de crema, confitura o cabello de ángel que no son, finalmente, de este mundo. Yo mismo no soy de este mundo, tampoco, cuando degusto esas salvajes delicadezas que suelo prohibirme durante el resto del año, pero que en días así, travestido al fin de mí mismo, no puedo dejar de lado. Qué remedio. Me temo que llevo hambre atrasada.
 Si con la gastronomía todo marcha sobre ruedas, con la cultura, sin embargo, las relaciones son muy distintas. En efecto. Hace ya muchos años que, por circunstancias de todos conocidas, no parece que los escritores en castellano, por muy nativos y residentes de las islas que seamos, formemos parte de la cultura local. Hablo de la cultura oficial, por supuesto. Muy al contrario, no tienen los comisarios políticos y lingüísticos de turno ningún inconveniente en catalogarnos como extranjeros, por decirlo suave, o como traidores y renegados, como invasores o hasta como imperialistas culturales si les tiramos algo de la lengua. A mí me gusta tirar de la lengua a la gente. Me gusta tirarme a mí mismo, también, de la lengua.
 Pero no escribo estas líneas para quejarme. La cultura oficial me importa muy poco, porque la cultura es siempre otra cosa, algo que tiene que ver con la vida, la memoria y la voluntad propias, con las afinidades electivas que uno va atesorando día a día, con lentitud, arriesgadamente. Cerca de la Lonja, en un tenderete de la Conserjería de Educación y Cultura, me encontré, expuestos, bastantes números de la colección de plaquetas “Paraula de poeta”. Las editan el Consorci per al Foment de la Llengua Catalana i la Projecció Exterior de la Cultura de les Illes Balears (es decir, el inefable COFUC) y el propio Govern.
 Como decía, no tengo absolutamente nada que objetar. Al revés. No por azar, sino por necesidad, simpatía o cariño cogí dos librillos y me los llevé a casa. Uno de Ángel Terrón, con una fantástica foto suya de aspecto retro en la portada, y otro de Josep Lluís Aguiló, donde releí dos viejos versos sobre el Minotauro, que no pienso aquí traducir, porque no hace ninguna falta: “El cap de brau és només una anécdota. La meva part pitjor és la part d´home”.


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viernes, febrero 24

El mural


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 No sé yo, pero contemplo el enorme mural de “street art” que ha realizado Joan Aguiló en los aledaños de la estación del tren de Sóller, con el beneplácito general de todas las autoridades locales y el patrocinio de la empresa Tren de Sóller y la Fundación Can Prunera, y no acabo de encontrarle a ese niño que juega con el trenecito de madera de unos sueños a los que ya resulta muy difícil ubicar en este siglo, no le encuentro, decía, los elementos que siempre caracterizaron a este tipo de arte, es decir: la sátira corrosiva de las leyes del mercado, el impacto a contracorriente en la moral o la ética, la ruptura absoluta o relativa -que sobre eso habría mucho que hablar- de los cánones, el comentario ácido, la crítica social, el estallido irreverente y la locura subjetiva del arte precipitándose en sí mismo, en el agujero negro del vandalismo y la usurpación de la propiedad pública o privada, el muro como lienzo único de una necesaria y efervescente subversión de la realidad hecha, cómo no, con nocturnidad y alevosía.
 La vida debiera resurgir, pues, de lo más profundo de las cloacas para que las ciudades, al fin, vuelvan a ser lugares mecidos por el intermitente pulso propio de sus habitantes de carne y hueso en vez de por la pulsión ruidosa y asfixiante de los poderes económicos de turno.
 Me seduce ese sueño, en efecto, esa utopía de gente que se quiere libre sin saber, pese a todos los intentos y las simulaciones históricas realizadas, en qué consiste la libertad. De ahí los excesos y, tal vez, la violencia; más inútil cuanto más violenta. De ahí las vidas rotas por la dolorosa sensación de saberse derrotados de antemano. Es cierto, nunca hemos sido realmente libres. O sí, pero no lo recordamos.
 Hasta aquí la teoría, que no es poca cosa. Nada de ella subyace en el mural de Aguiló, absolutamente nada. Luego viene la estupidez, por decir algo. Anteayer, José Hila y Miquel Ensenyat, entre otras autoridades, inauguraron el mural con los discursos de rigor. Según nuestro alcalde, estas iniciativas modernizan Palma. Qué cosas que dice Hila, por dios. Hay que ver cómo anda, cómo va, cómo viene, qué poco o qué mucho, cuánto cotiza, cuánto vale, cuánto cuesta, qué valor añadido nos ofrece, qué espejismo nos están vendiendo estos vendedores de humo cuando hablan de modernidad y sonríen y un niño solitario, allá en su muro de yeso, marés o ladrillo, quiere ser conductor de un tren que ya no sirve para otra cosa que para transportar turistas o nostálgicos, quizá, de otros tiempos, de otra velocidad, de otra forma de vida, la de algún sueño del que, tal vez, aún no hemos despertado. Paradójicamente.

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martes, febrero 21

Elogio de los floreros


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 La vida tiende a ser un juicio sumarísimo. De hecho, lo es. Observo a mi alrededor sin saber dónde acaba el infierno y dónde empieza el cielo. O viceversa. ¿Tienen límites propios? ¿Son lugares definidos, excluyentes? Desde Sartre, sabemos que los otros son el infierno, pero me barrunto que también son el cielo. Pueden serlo. ¿Dónde debieran estar el cielo y el infierno sino en ese lugar ambiguo en el que nosotros no somos nosotros ni ellos son ellos? No estamos solos en la tierra: hay todo un lenguaje en llamas que nos une, un sarpullido de sangre que nos abrasa, una herida abierta y acaso infecta que compartimos. Que no cese.
 Hay más, pero explicarlo no es fácil. Puede que alguien nos tenga simpatía, nos desee lo mejor, se identifique con nosotros y nos ame, incluso, al menos de vez en cuando. Este hecho, acaso insólito, acaso corriente, nos convierte en algo singular y extraordinario. No estoy diciendo que alguien nos ama porque somos extraordinarios, que eso sería vanidad de vanidades, sino lo contrario: es el hecho de que nos amen lo que nos convierte en extraordinarios. Es el amor el que troca en extraordinario al objeto amado, al distinguirlo. Está bien que a uno le amen. Resulta saludable.
 Cambio de tercio, sin cambiar de tema, porque todo trata sobre fobias y filias, amores e inquinas. Sobre juicios más o menos universales. Resulta que a muchos no les ha gustado que Ana María Tejeiro y, en especial, la Infanta Cristina se hayan ido de rositas tras el juicio del caso Nóos. Repaso el núcleo y los arrabales del delito sin alterarme. No hallo ningún detalle que tenga valor en sí mismo, pero no me molesta, en absoluto, que esas dos mujeres se aferren a su derecho a ser, aunque quizá no lo sean, lo que la sociedad en su conjunto facilita que sean. Dos auténticos floreros.
 Luego están los condenados, unos vividores cínicos y desahogados. O el fiscal y los abogados, que se pasaron el juicio levitando y no quieren dejar de hacerlo. La acusación popular, sin embargo, anda por los suelos; pero es que la ejerció Manos Limpias, ese vergonzoso eufemismo. Nos queda nuestro héroe local, también caído. En efecto, el juez Castro, quizá como corolario a tantos folios de amor y desamor prosaicos, ha acabado apelando al lugar común de los floreros, que suele ser una mesa camilla en algún rincón de la trastienda, para descalificar, así, a las tres jueces que dictaron la sentencia. Mal hecho. Confirmo que la gente confunde la realidad judicial con la realidad a secas y me digo que los floreros, al menos, sí que ocupan el lugar exacto, siempre húmedo, para el que fueron concebidos. No me parece poco, sino todo lo contrario.

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viernes, febrero 17

Todo envejece


La Telaraña en El Mundo.
 
 Abraracúrcix, el jefe de los irreductibles galos de Astérix y Obélix, no le teme más que a una cosa en la vida: que el cielo le caiga sobre la cabeza. Pero eso no es algo, como él bien piensa, que suela suceder todos los días. Así es, menos mal. Paseo muy a menudo por las estrechas callejuelas del casco viejo de Palma y en no pocas ocasiones he alzado la vista hacia los balcones repletos de ropa tendida o de macetas de flores con algo de temor. A Newton se le cayó encima una manzana y acabó descubriendo la ley de la gravedad. No sé qué descubriríamos nosotros si se nos cayera encima un balcón entero de piedra, una simbólica tonelada de marés convertido, finalmente, en un polvoriento montón de escombros.
 Es una lástima, pero todo envejece y se deteriora, todo pierde firmeza y empieza, poco a poco, a encorvarse y a rendir pleitesía progresiva al paso marcial del tiempo, a mostrar sus arrugas y sus grietas más íntimas con una mezcla, tal vez demasiado humana, de orgullo y resignación. Sabemos que, más pronto que tarde, todo se acabará viniendo abajo, pero, qué caramba, eso no es algo que vaya a suceder hoy. Lo sabe Abraracúrcix, también llamado "Abrazopartidix" en algunas traducciones del original francés, y lo sabemos todos: hay que luchar a brazo partido contra la erosión y las llagas del tiempo; contra esa herida incurable que se nos abre al nacer como si fuéramos hijos de algún desgarro y de alguna caída absolutamente inevitables. Puede que así sea.
 Paseo por la calle Olmos y observo que están reparando la dolorida fachada del edificio, ahora con los balcones desfondados, del Bar Espanya. Espero que el bar no esté cerrado durante demasiado tiempo. Mientras tanto, me subo hasta San Miguel y, como de costumbre, me entran ganas de entrar en el Bar Moka a retomar ese café con leche que tomé con mi editor Javier Jover el mismo día, la misma hora, el mismo instante en que nos conocimos en persona. Es así como los lugares prenden en nosotros, porque se hicieron un hueco importante en nuestra memoria. Pero en el desaparecido bar Moka sólo venden, actualmente, ropa y lencería femenina.
 Con todo, la ciudad permanece. No importa demasiado si ayer me encontré la Plaza Mayor repleta, literalmente, de mierda de caballo expuesta al sol del mediodía durante, al menos, un par larguísimo de horas. A su alrededor revoloteaba el top manta. Ignoro dónde estaban los operarios de Emaya; igual andaban apurando las 36 horas lectivas de sus cursos de catalán, por ejemplo. Convendría que aprobaran pronto sus certificados lingüísticos por si los escombros, la basura o la mierda en general necesitan, en fin, que alguien las recoja.

 

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martes, febrero 14

Desmontando San Valentín


La Telaraña en El Mundo.
 
 Con los tiempos que corren no resulta nada fácil saber en qué día, realmente, estamos. ¿Qué se celebra, en cualquier caso, hoy? Resulta que hay días para casi todo y que es muy rara la circunstancia, la eventualidad, la ocurrencia o el arquetipo más o menos histórico que no tenga, en fin, su propio día de máxima visibilidad, de exaltación, de celebración en alguna parte del mundo o, al menos, de las redes sociales. Así, por ejemplo, mientras escribo estas breves líneas, se está celebrando, a la vez, el Día Mundial de la Radio y el Día Mundial del Soltero. Ahí es nada. Y hoy mismo, mientras ustedes las leen, se celebra, aparte del archiconocido (y comercial) Día de los Enamorados o de San Valentín, el Día Europeo de la Salud Sexual. ¿Lo sabían ustedes?
 Pero hay mucho, muchísimo más. Sólo hasta el final de este mes de febrero, según la web diainternacionalde.com, se celebran, entre otros de similar importancia o calado, el Día Internacional de la Lengua Materna, el Día del Pensamiento Scout, el Día Mundial de la Justicia Social, el Día Nacional del Trasplante y hasta el Día Mundial de las Enfermedades Raras. Ya lo dije, hay días para casi todo. El del pensamiento scout, al menos, tendré que revisármelo.
 Mientras tanto, al Consell de Mallorca y, sobre todo, a Podem Mallorca, con Miquel Ensenyat y Nina Parrón a la cabeza, les ha dado por sacar adelante, entre la bruma ágrafa e irrespirable de las redes sociales, la campaña «Desmontando San Valentín». Se trata, en resumen, de vincular el Día de los Enamorados con el grave problema de la violencia contra las mujeres. Se trata, y ya son ganas de hilar muy fino, de desmitificar el viejo y hasta revolucionario concepto del amor romántico, calificándolo de peligroso por sus presuntas conexiones con el maltrato machista y las relaciones tóxicas.
 No sé yo. O sí que sé. Hacer pasar por tóxicos, por ejemplo, a Goethe, Byron, Schiller, Hölderlin, Espronceda, Keats, Leopardi, Novalis o Pushkin resulta ridículo. Cínico. Manipulador. Y circunscribir el romanticismo a las fotonovelas de la televisión matinal o al repugnante trasiego de las tertulias del corazón (y de la política, por supuesto) me parece una simplificación imperdonable. El problema, por supuesto, no es el amor ni tampoco sus múltiples adjetivos, casi siempre fértiles, imaginativos y seductores; el problema es la ignorancia de algunos y algunas, de muchos, su pesada, mórbida gravidez, su absoluta falta de adjetivos y expectativas, su carencia de diálogo, su ausencia, en fin, de discurso, esa silenciosa sumisión donde la vida pierde su propio perfil y se convierte en una sombra oscura, pesada como una lápida y asfixiante como una mortaja.

 

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viernes, febrero 10

Bienvenido, Balti


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 No sé si Maria Antònia Munar, mientras la desfachatez de sus cómplices la mantuvo como presidenta del Parlament, se parecía o no a la Virgen María. Puede que sí, pero también que no. Sin embargo, nadie duda que Baltasar Picornell sí que se parece mucho, iconográficamente, a Jesucristo; basta fijarse en su pelo largo, en su barba, a la vez frondosa y deshilachada, incluso en su oficio proclamado, por no se sabe muy bien qué oscuros motivos, de carpintero metálico. Ya puede ir pidiendo disculpas el siempre locuaz Alberto Jarabo, porque igual la política balear precisa más carpinteros y menos directores de cine. ¿Alguien lo duda?
 Pero a lo que iba. Dicen que la historia se repite y, aunque desconfío de las cosas que se dicen sin matizar los mil detalles que las conforman, es muy posible que sea así. Fue Jesucristo, tal vez, el más feroz de los antisistema en aquellos tiempos en que Herodes se lavaba con demasiada frecuencia las manos y el Imperio entero empezaba a desmoronarse: esos arrogantes y decadentes romanos se durmieron pensando que el mundo era suyo y se despertaron cuando los bárbaros ya habían arrasado con todo. Quizá la historia se repita, con su haz poliédrico de matices aún por definir, y a nosotros nos acabe pasando algo parecido. A lo peor ya nos ha pasado y no nos hemos dado ni cuenta.
 Toca, pues, informarse. Busco a Picornell en la Wikipedia y lo encuentro en la Viquipèdia. Leo su currículo y frunzo el ceño. Picornell ya superó la edad bíblica. Mal asunto. Además, resulta ser miembro de Unió per la Tercera República y de UCxR Baleares. Malo, también. O no tan malo. ¿Se puede ser antisistema y también republicano? ¿Se puede ser anticapitalista y republicano a la vez? ¿Se puede ser todo eso y presidir nuestro egregio Parlament? Hace tiempo que ya no hace falta preguntarse por lo que se puede o no se puede ser: la gente resulta ser lo que finalmente le peta; y no me parece mal, porque yo también he sido anarquista a la par que monárquico o republicano, no me acuerdo ya, y ninguna receta es mejor que otra si nos sirve, al menos, para intentar ser felices. De eso trata la vida, de ser felices.
 Así las cosas, no creo que el mesianismo de Picornell pueda empeorar la imagen política de nuestro Parlament, ese iconoclasta cadáver exquisito que han ido perfilando, a través de los años, personajes tan peculiares como Antoni Cicerol, Jeroni Albertí, Cristòfol Soler, Joan Huguet, Antoni Diéguez, Maximiliano Morales, Pere Rotger, la ya citada Munar, Aina Radó, Margalida Durán o la muy poco bíblica, Xelo Huertas. Al contrario, quedará perfecto presidiendo las últimas cenas de esta democracia zarrapastrosa en que vivimos. Bienvenido, Balti.

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martes, febrero 7

Matar al mensajero


La Telaraña en El Mundo.

 Las líneas que escribo no consiguen, me temo que afortunadamente, cambiar ni un ápice el mundo en el que vivimos, pero sí que logran, al menos, conectarme y hasta establecer extrañísimas relaciones conceptuales con gentes de lo más variado a las que, sin embargo, nunca tuve el placer o el disgusto de conocer. Pero eso es, quizá, lo de menos; lo importante es que escribí sobre ellas y que, al hacerlo, las incorporé de algún modo a mi propio catálogo de los horrores o de las maravillas, las confiné a mi propia agenda, a ese lugar, no sé si impostado o real, donde me reúno con la actualidad en una sucesión interminable de surrealistas citas a ciegas donde lo más visible, por supuesto, es la necesidad insatisfecha de entender al otro como a uno mismo. Contra esa especie de callejón sin salida o de muro infranqueable nos topamos una vez y otra.
 Repaso, pues, mis papeles y compruebo que ya han pasado casi cuatro años desde que me ocupé, en estas mismas páginas, del rapero Valtònyc, de sus chirridos y alaridos más allá de la gramática o la música, los videos de YouTube o los intercambios de mensajes en lo más infecto y nauseabundo de las redes sociales. Gracias a Valtònyc, sin embargo, recordé aquellos conciertos, durante los años setenta, de Lluís Llach, Pi de la Serra o Raimon en los que, sin duda alguna, fui feliz, porque hay épocas en la vida en las que nos debemos por completo al furor invencible de nuestras hormonas y todo lo demás puede y hasta debe esperar; siempre tendremos tiempo, luego, para afilar algunos conceptos, para matizar e inventar otros, para separar el grano de la paja o para alcanzar a ser, en fin, lo más parecido posible a lo que realmente somos. O así.
 Hace cuatro años creíamos que Valtònyc era un verso suelto y absolutamente deshilachado de esa madeja compleja y convulsa del activismo político más o menos radical, indignado y, tal vez, de izquierdas, por decirlo de modo que parezca tener sentido, aunque, de hecho, no lo tenga.
 Hoy sabemos, además, gracias a la sorprendente denuncia en Twitter del propio rapero, que fue Pablo Iglesias quien le encargó una pieza tan sibilina y sofisticada como la canción contra el Borbón emérito, por la que la fiscalía le pide un año y tres meses de cárcel por injurias. Debe dolerle a Valtònyc (y de ahí su denuncia en Twitter) que siempre sea más fácil matar al pobre y afónico mensajero, que llegar al fondo de la cuestión y revelar el meollo de la trama: la meteórica ascensión del populismo desde las cloacas de Internet y algún medio televisivo hasta las de algunos gobiernos locales y el Parlamento. Siempre en las cloacas, claro.

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viernes, febrero 3

El día de la marmota


La Telaraña en El Mundo.

 Al levantarme, pensé que todo estaba en orden. Los obreros que construyen la finca de enfrente ya habían comenzado, diligentes, su monstruosa sinfonía de cada mañana, la cafetera italiana que mi mujer recién había puesto sobre el fuego empezaba a ronronear y el aroma del café se esparcía, con suavidad, por todos los rincones de la casa convirtiéndola en un lugar cálido y habitable, el niño seguía durmiendo y yo, tras pasar rápidamente por el baño, por el espejo y por un par largo de incontenibles bostezos, apuré mis pastillas matinales con unos sorbos de zumo de naranja recién exprimido. Al rato, mientras desayunaba pan de centeno y semillas con demasiado aceite de oliva virgen por encima, como de costumbre, encendí el ordenador y caí en la cuenta de que #díadelamarmota era una de las tendencias más celebradas en Twitter. Acabáramos.

 En efecto, el día de la marmota se celebró ayer, 2 de febrero, pero es una tradición folclórica americana que se viene repitiendo desde 1887 en un lugar de nombre impronunciable, Punxsutawney, en Pensilvania, un lugar en el que la mayoría de nosotros no ha estado ni estará nunca, salvo a través de las imágenes, constantemente repuestas por los canales televisivos, de la película «Groundhog Day» dirigida en 1993 por Harold Ramis y protagonizada, de forma memorable, por Bill Murray. En España se tituló «Atrapado en el tiempo». No es mal título para un «déjà vu» en toda la regla.

 Quiero decir que uno se levanta y echa un vistazo, primero, a la agenda y, después, al mundo; y la agenda no lleva casi nada nuevo y el mundo no hace otra cosa que repetir y repetirse, que eternizarse en sus conflictos, su falta de coherencia, su ingravidez, su mezcla de pasado y futuro hipotecados por no se sabe muy bien qué oscuras fuerzas o qué terribles circunstancias. Me aterra, sobre todo, la desoladora incompetencia de los colectivos que, supuestamente, nos gobiernan.

 Sólo así puede explicarse, aunque no del todo, que gente que debiera constituir una alternativa política seria, como Més per Palma, se dedique, en vez de a trabajar para solucionar los problemas de Palma, a dilapidar su tiempo (y el nuestro, el que trabajamos para sufragar los impuestos municipales) con brindis al sol tan ridículos y tendenciosos como declarar a Donald Trump persona no grata. Ya les conté el martes pasado lo que pienso del presidente de EEUU. No necesito, pues, darle más vueltas a una historia, la de cada día, que suele empezar como si fuéramos un punto de luz surcando la oscuridad de los cielos y finalizar cuando el sueño nos vence y una especie de espiral sicodélica nos obliga a ver el mundo como bajo hipnosis. Lástima que, al despertar, no lo recordamos.


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martes, enero 31

Los muros de Trump


La Telaraña en El Mundo.

 Quería visitar Nueva York durante unos días (en realidad, intento escribir un libro en el que la calle del muro, es decir, Wall Street, la isla de Manhattan y los orígenes franceses de la Estatua de la Libertad tienen su papel y pensaba documentarme in situ) cuando las últimas disposiciones de Donald Trump para con las idas y venidas de los extranjeros de no importa qué países me ha quitado la idea de la cabeza. No sé si habrá libro, pero lo que es seguro, de momento, es que no habrá viaje.
 Recuerdo ahora los versos de un poema de Bertolt Brecht, que ya son todo un clásico cuando se trata de defender la libertad o la vida ante cualquier discriminación por motivo de raza, condición o ideología. Sin embargo, el tiempo no pasa en balde y los versos de Brecht necesitan una urgente actualización. Hoy ya no hay comunistas ni, mucho menos, intelectuales, ya no hay judíos ni tampoco curas, como en los tiempos heroicos en que Brecht puso el dedo sobre una llaga que sigue sin cicatrizar. Al revés, supura un líquido sanguinolento y apestoso.
 Mientras tanto, asumo que no soy musulmán, como tampoco soy negro ni mujer. Por no ser, no soy, ni siquiera, homosexual. No debo ser, pues, nada. Nada de nada, quiero decir. Un ser humano genérico y vulgar que no pertenece a ningún colectivo en reconocido peligro de extinción. A nadie parece importarle, en definitiva, si estoy discriminado lingüísticamente en mi propia tierra (que lo estoy, como lo estaré pronto, me temo, en la de Trump) o si me veo obligado a cotizar de autónomo a la Seguridad Social sin cubrir ni gastos para poder llegar a más viejo con algún derecho a jubilarme más allá de la caridad pública.
 Me temo que esta situación de relativo outsider sólo puede ser considerada, actualmente, como anómala y sospechosa de todo, de absolutamente todo. Desde lo malo hasta lo peor, sin ir más lejos. Y es que siempre se puede reinterpretar la realidad. En efecto. Puede que alguna vez me disfrazara de mujer o de algo parecido en algún carnaval erótico en la mitad más enloquecida de mis sueños y puede, también, que hiciera de negro de algún amigo en horas bajas; nada muy serio, apenas unas cuartillas, pero igual estas cosas tiznan y hasta imprimen, quizá, carácter, dan feminidad o negritud, por así decirlo, y entonces, si ya fui mujer y negro, aunque sólo fuera en sueños y durante un ratito, igual ya soy mujer y negro para siempre. Con todo, el motivo auténtico por el que no viajo a Nueva York es por el temor a que mi apellido materno dispare todas las alarmas aduaneras. Sólo acaba de llegar y ya me está usted fastidiando con sus muros en tierra de nadie y de todos, señor Trump.


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