LA TELARAÑA

martes, noviembre 21

Black Friday


La Telaraña en El Mundo.

  



 Atravieso las polvorientas cañadas de los días en dirección al refulgente escaparate abierto (hasta el amanecer y mucho más allá) del «Black Friday» del próximo viernes, igual que he andado huyendo, desde siempre, de las sudorosas aglomeraciones de la gente en época de rebajas: huyo rápido, con los ojos como platos y la mirada absorta en alguna que otra diana, acaso imaginaria, acaso real, auténtica. No tengo otra opción. He de tensar la cuerda y lanzar lejos, muy lejos, la flecha y sentir el flechazo confundirse con el rubor intenso en las mejillas y el brillo húmedo en la mirada. Debo acertar en el centro mismo de la manzana de Eva o Adán y, en el lugar exacto de la luz y el deseo, consumir la luz y el deseo. Culminarlos. Esa noche de placer definitivamente humano la lleva celebrando la humanidad desde el principio de los tiempos y no seré yo quien la rechace. Al contrario. En ese placer reside (literal, exactamente) la vida.
 Hay que arrimar, pues, el hombro para que el mundo siga rodando como una piedra dando tumbos no sé si camino arriba o abajo, muy abajo. Hay que dar esquinazo a los agoreros que nos dicen que no podemos gastar lo que no tenemos, porque no tenemos nada que gastar y vivimos de un crédito antiguo que renovamos cada día con nuevas deudas, obligaciones, renuncias, nuevas maneras de mirar atrás sin caer en la maldición, la quietud marmórea de la mujer de Lot. No recordamos su nombre, porque la Biblia no lo dice. No podemos detenernos, como le sucedió a ella, porque la vida no deja de empujarnos ni un instante; estamos absolutamente convencidos de ello, pero si no fuera así, seguro que la empujaríamos nosotros, a la vida, como se empuja el carrito de una compra inmensa, telúrica, conceptualmente hipertélica, el carrito de una compra repleta de ofertas irrechazables.
 Me pregunto, ahora, si acabo de esbozar un temerario canto al consumismo o si me he dejado llevar por las palabras y el lenguaje, por su cosecha intermitente y caótica de ideas, resonancias, sugerencias. Hace unos días anduve por callejones oscurísimos donde la luz, sin embargo, lo llenaba todo convirtiéndose en la principal protagonista de las calles y la vida. Todo un derroche de luz, la luz; pero si lograbas desviar la mirada de los focos no podías dejar de observar, entonces, a una pléyade parlanchina de negros e hispanos intentando venderte cualquier cosa a cambio de una miserable propina del diez por ciento. O menos. En efecto, con las sobras del negocio (a veces, ruinoso) de unos, viven (o malviven) otros muchos; pero en este laberinto no hay culpables ni inocentes, no hay víctimas ni verdugos; sólo está el propio mundo intentando organizarse, salir adelante, prosperar. Sobrevivir, tal vez, a su propia y desconocida fecha de caducidad.



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viernes, noviembre 17

Los ignorantes


La Telaraña en El Mundo.



 Ignoro hasta dónde llegó a calar la tan traída y llevada injerencia rusa en ese encaje de bolillos mal parido en que se ha convertido Cataluña, esa histórica y personalísima sardana, con tintes de auténtica, genuina habanera, donde aquellos hermosos y equilibrados círculos concéntricos que empezaron, ante el entusiasmo propio y también ajeno, constituyendo los inolvidables, los admirables círculos olímpicos del año de gracia de 1992, han terminado degradándose hasta dar a luz los tenebrosos, los vergonzantes círculos viciosos que, de momento, tienen su sede simbólica en Bruselas, como podrían tenerla, por supuesto, entre los barrotes de cualquier otra cárcel. Se ve que ha llovido mucho desde entonces y no siempre a gusto de todos.
 No sé, tampoco, si la injerencia rusa, venezolana o iraní influyó decisivamente en el Brexit o en la ascensión fulgurante de Donald Trump. Habría que preguntarle, por ejemplo, a Putin y a Maduro o a Julian Assange, pero también a todos los hackers más o menos sabios y hasta venerables que venden al mejor postor sus negras, oscurísimas manipulaciones digitales, sus dados lascivamente cargados, su balanza preñada de opiniones, consignas y estrategias que oscilan como oscilan la bolsa o la vida, de la misma forma que la usura de unos o la especulación de otros abre brechas y zanjas o cañadas y empuja, finalmente, a los hombres y los seduce, los engaña, los divide, los confunde.
 Pero quizá no haga falta irse tan lejos, porque hace demasiado frío en Moscú, la crisis chavista ha convertido Caracas en un sucedáneo del infierno y no hay forma humana de sumergirnos en la Dark o la Deep Web sin que nos venzan, definitivamente, las náuseas y también el horror ante la miserable constatación de que todo, absolutamente todo, está en venta, porque siempre habrá gente dispuesta a comprar cualquier cosa. La hay, sin duda.
 Echo un vistazo global a las redes sociales, al algoritmo palpable, aunque escondido, de los buscadores, al panorama epidérmico del día a día de tanta, tantísima gente y no dejo que me venza ni siquiera una sonrisa: no fuera a delatarme. Cientos, miles, cientos de miles, millones de personas que, aunque carecen de cualquier preparación de índole humanista o profesional, docente, literaria o lírica, filosófica o simplemente personal, se autodenominan escritores o, incluso, poetas, filósofos, columnistas más o menos procaces e incendiarios, historiadores, exorcistas, politólogos o incluso hackers (en realidad, tanto da) mientras inundan las redes con la exhibición enfermiza de sus conspiraciones, sus opiniones, sus ripios, sus tesis, su insoportable gravedad decididamente ególatra. Cientos, miles, cientos de miles, millones de ignorantes unidos jamás serán vencidos. Pues parece que así es. Vaya desastre.




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martes, noviembre 14

La trama rusa


La Telaraña en El Mundo.



 Al abrir los ojos, el esqueleto expuesto del dinosaurio seguía mirándome como si me viera, pero sin verme. Estoy seguro de ello. Eso pensé al reincorporarme, tras haber descansado algunos minutos, en una de las salas más concurridas del Museo Americano de Historia Natural. Los museos, como algunas iglesias en las que nadie se atreve a alzar la voz, me seducen porque me permiten abstraerme del mundo y dejar de observar todo lo que, con mayor o menor insistencia, se me muestra, para concentrarme en lo que, de verdad, quiero ver. No sabría muy bien decir qué. Quizá una mota de polvo en el hombro de la mujer que amo, un trozo de papel abandonado en el suelo donde hay escritas, con buena caligrafía, unas palabras en un idioma que no conozco, la sonrisa fatigada de alguien con quien casi tropiezo por segunda o tercera vez, una arruga imprevista en las líneas imaginarias de mi mano. Cualquier cosa.
 
 Observamos continuamente lo que nos rodea buscando algo que nos falta. No se trata, en absoluto, de apropiarse de lo que no es nuestro, sino de reconocer como nuestro lo que no sabíamos que lo era. ¡Eso éramos y eso somos, menuda sorpresa! Nuestra identidad es, desde siempre, una especie de catálogo muy variable y hasta tormentoso donde se mezclan, sin que apenas podamos distinguirlas, posesiones y carencias, nubes negras como canes negros y nubes blancas como canes blancos, ilusiones, anhelos, esperanzas, tal vez decepciones.

 Pasan los días y corro entusiasmado de un lugar de Nueva York a otro. La ciudad, sin embargo, descansa tranquilamente en la palma arrugada de mi mano. Leo esas calles numeradas con la fatiga de quien lleva siglos doblando esquinas sabiendo que nunca las doblará todas. No se trata de un juego de palabras, aunque lo parezca, aunque lo sea, aunque no pueda ser, de hecho, otra cosa. ¿Qué somos o podemos ser si no palabras? Pasan los días y sólo me detengo este instante para escribir estas breves líneas sobre la actualidad voluntariamente demorada que siempre acaba siendo la vida.

 Llevo tiempo sin oír hablar de Cataluña, pero es lógico porque aquí en Nueva York nadie habla de Cataluña y quien lo intenta -y yo lo he intentado varias veces- sólo recibe una mirada sarcástica o un mohín sardónico como respuesta. Lo único que une, tal vez, a la Cataluña imaginaria de los independentistas con cualquier estado, como Nueva York, por ejemplo, de los actuales Estados Unidos es padecer o haber padecido, en el peor de los momentos posibles, la lacra del terrorismo cibernético ruso y sus consecuencias. El populismo chavista o las groserías de Trump, la insolidaridad de los nacionalismos, la demagogia antisistema. De aquellos polvos sectarios y manipuladores, estos lodos terribles, enloquecidos, pesadísimos.

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viernes, noviembre 10

Apuntes desde N.Y.

La Telaraña en El Mundo. 


 Subimos a un magnífico taxi amarillo al salir del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy camino de Manhattan. El taxista no era Travis Bickle (Robert de Niro, en Taxi Driver) ni tampoco Sayfullo Saipov, el penúltimo asesino que andaba suelto hasta hace unos pocos días; no, el taxista, no parecía ser ningún sicópata aunque nos estuviera hablandosin parar y sin pelos en la lengua, del alcalde Bill de Blasio y del presidente Donald Trump, del terrorismo, de la delincuencia, del turismo que no cesa, de las interminables noches de una ciudad que, según nos dijo, engulle a todos sin quedar nunca satisfecha. Sus palabras sonaron terribles y amenazadoras, pero ni nos inmutamos, porque lo que de verdad nos interesaba era observar con detenimiento el portentoso skyline de Nueva York a medida que nos acercábamos a nuestro hotel de destino en el corazón de Manhattan. Misión absolutamente cumplida.
 Las ciudades, si nos atrevemos a analizarlas y a hablar de ellas, que eso es algo que no está al alcance de cualquiera,aunque muchos lo intentemosson máquinas enormes, brutales, complejísimas, máquinas tan insensibles y letales como quienes las habitan, máquinas con siglos de herrumbre y hambruna, de peste y gripe española y no española a sus espaldas, máquinas de piedra y metal, de madera y basura reciclada, máquinas de lava y carne taladrada en el aceite hirviendo que huye de la intemperie por los desagües negros de las alcantarillas, máquinas que no dejan de chirriar ni un instante; chirrían cuando se las mira sin verlas, cuando se las observa sin hallar el ángulopreciso, el punto de vista adecuado; chirrían cuando alguno de sus habitantes sufre, lucha o agoniza, fallece; chirrían cuando el viento se arremolina y silba por entre las esquinas y la lluvia fina barre la acera con la suavidad del acero y, bajo los paraguas y los impermeables de plástico transparentela gente corre agazapada, corre deprisa, muy deprisa, porque todos corren, corremos, y no hay forma de detenerse sin que te atropelle la multitud que corre insomne o sonámbulaque corre deprisa, muy deprisa, vaya usted a saber por qué. No conozco ningún lugar en el mundo donde se corra tanto como en las calles de Nueva York.
 Luego llega la noche, la oscuridad imposible y la necesidad reparadora del sueño. O los sueños. Escucho el palpitar cercano del Empire State Building y hasta alcanzo a verlo tras los cristales no demasiado limpios de la habitación. Allá arriba anduvo King Kong huyendo de la muerte con Fay Wray o Naomi Watts entre las manos, en el corazón, en la retina húmeda de sus terribles ojos antes de caer abatido no sé si por el fuego de la modernidad, por el paso marcial del progreso o, muy posiblemente, por el miedo infinito (humano, demasiado humano) al amor.

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martes, noviembre 7

Nueve noches y diez días


La Telaraña en El Mundo.


 Cuando lean estas líneas espero estar en Manhattan intentando librarme del desfase horario y olvidar, siquiera por unos días, en qué parte del mundo siguen estando España, Cataluña, Baleares o la mismísima calle Olmos. Estoy a punto, pues, de emprender un viaje turístico (y, si hay suerte, literario) a Nueva York, como quien desea abrir los ojos y encontrarse con algo nuevo y desconocido. O sorprendente, al menos. Sin embargo, no suele haber nada nuevo ni sorprendente en el hecho de abrir un paréntesis, introducirse en él a toda prisa e intentar, con todas las fuerzas disponibles, aprehender lo que nos rodea hasta que, por los altavoces imaginarios del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy, una voz metálica anuncie la salida metafórica del último vuelo con destino hacia mí mismo. Parece que ya estoy de vuelta, cuando la verdad es que ni siquiera he partido.  Pero todo a su debido tiempo.
 Se gana tiempo, en efecto, cuando se viaja hacia el oeste, adelantándonos al vuelo del sol y al cénit del universo, pero se pierde después, luego, en este instante huérfano de referentes, al regresar a casa y al origen, al barrizal del lodo primigenio, al lugar al que siempre se acaba regresando porque, salvo de nosotros mismos, y no siempre, no somos prófugos ni queremos serlo y tenemos, de alguna forma, que dar fe puntual de vida: sellar en los trabajos donde, en realidad, hacemos lo que nos da la gana, firmar entre las líneas invisibles de las manos que estrechamos, porque es así como las personas se van haciendo mayores y, a veces, hasta mejoran. No lo negaremos: nos gusta columpiarnos en la línea tensa y nebulosa, retórica, que separa la vida de esa otra circunstancia a la que llamamos muerte, como si la muerte fuera algo. No lo es. ¿Por qué habría de serlo?
 Me rodean, ahora, unos libros y un mapa abierto, extendido, gastado de tanto auscultarlo, arrugado de tanto manosearlo, en el que falta por descubrir dónde se encuentra la cruz del tesoro escondido. Siempre hay un tesoro en alguna parte; lo sé desde que anduve por el filo mismo del abismo, dejándome abrazar por el miedo y la indiferencia; por el vértigo y, sobre todo, por la belleza. Abro y acaricio las memorables páginas americanas de «Diario de un poeta recién casado» de Juan Ramón Jiménez, consulto con avidez «Poeta en Nueva York» de Federico García Lorca y recorro, sumarialmente, «Cuaderno de Nueva York» de José Hierro. Desde algún lugar ignoto y lejano parece estar llamándome con insistencia pródiga y prodigiosa el viejo Walt Whitman y yo dejo que mis manos -tendré que hacerlo, lo haré- acaricien las aguas sucias y turbias del Hudson como si fueran sus versos, sus ojos, sus labios. Su infinita barba blanca de mariposas. Otro día les contaré cómo vuelan, si vuelan.


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viernes, noviembre 3

El proceso


La Telaraña en El Mundo.




  
 «Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo». Así empieza El Proceso (1925) de Franz Kafka, un libro del que, sin duda, sobre todo últimamente y siempre a vueltas con la actual situación política en Cataluña, habrán oído hablar bastante, mucho, quizá demasiado. No es una mala estrategia, en absoluto, mezclar en la primera frase de un libro las, quizá, infundadas y casi siempre frívolas habladurías de la gente con las, por lo general, sesudas y hasta meditadas, decisiones judiciales para concluir, a modo de síntesis, en la posible consideración moral (no hizo nada malo: ¿hizo algo? ¿nada? ¿bueno, malo?) de unos hechos que el lector sagaz y perseverante de la novela intentará averiguar durante las 156 páginas que dura el libro (acaso una más de las necesarias, si nos atenemos a la versión de libre dominio, en español, que puede descargarse en pdf, vía Google, desde varios lugares) sin ningún éxito.
 A veces hay que saber tener mucha paciencia. Las historias que nos ocurren, al igual que las que nos inventamos o las que se inventan otros con no importa qué oscuros o diáfanos motivos, son simplemente eso, historias, narraciones, sucesiones de días y noches, de situaciones agradables y desagradables, de éxitos y fracasos, de problemas y soluciones, de inconvenientes que vamos superando, o no, sin saber muy bien cómo. Así se escribe un libro, igual que una vida. Y es eso lo que Kafka hace en este libro que dejó inconcluso, pensamos que no por azar. ¿Cómo acabar lo que no tiene fin, lo que no puede tenerlo? Kafka nos embarca en el fracaso ilimitado de un viaje tan absurdo como falto de alicientes para lograr que hacia el final de la lectura nos demos cuenta de lo mucho que ese viaje se parece al de nuestras vidas. También y siempre absurdas, e inacabadas, como no podría ser de otra forma.
 Mientras escribo estas líneas varios miembros del ya cesado Govern catalán están declarando ante la juez Carmen Lamela. No trataré aquí sobre lo que han dicho o dejado de decir. La realidad es un paraje muy intricado que no se resume con unas pocas palabras, pero son esas pocas palabras, sin embargo, las que, llegado el momento decisivo, nos habrán de salvar o condenar para siempre. Puigdemont, de momento, no se ha presentado a declarar porque sigue en Bruselas huyendo, al parecer, de todo y de todos. O ejerciendo, tal vez, de ceremonioso protagonista de una historia, millones de veces ya escrita y leída, que él cree que está inacabada y que, en efecto, así es. Nunca se acaba el dar vueltas y más vueltas por el laberinto sin sentido de las cosas, por los abismos crepusculares e idénticos de la verdad o la mentira, por los aledaños de la hora final en que el juez, inevitablemente, dictará sentencia.




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martes, octubre 31

La hora de las querellas


La Telaraña en El Mundo.



 He asistido desde lejos (y por televisión, que es la mejor manera de ver temblar las torres de Nueva York o repiquetear el cielo en llamas de Bagdad) a tanta torpeza dialéctica, desvergüenza emocional y fanatismo político estos días pasados -desde el viernes negro de la independencia y la república catalana declamadas, como en un monólogo de Hamlet, contra la realidad inexcusable y democrática de las cosas hasta las primeras horas, frágiles, algo tímidas y puntillosas, de la lenta aplicación del artículo 155- que casi no puedo describir el horror y la desidia que he llegado a percibir porque se me han mezclado con las náuseas, la tristeza, el aburrimiento infinito y las ganas, en fin, de salir corriendo hacia cualquier lugar donde aún se pueda respirar sin que se desate la asfixiante y ruidosa crispación del odio, la dentera chirriante del autoritarismo, la incontinencia verbal, la salvajada inconcebible de los representantes de menos de media Cataluña asesinando, en vivo y en directo, la libertad de todos y la suya propia. La hora de las querellas parece que será muy larga. Larguísima.
 En Baleares, por desgracia, pero no sólo por desgracia, porque alguien les ha votado, nos gobiernan unos políticos de talante muy similar a los que han convertido Cataluña en un desastre de proporciones telúricas, bíblicas o cómicas, una minoría ideológicamente heterogénea y populista, que no acaba de entenderse en sí misma o por sus rasgos distintivos, sino sólo por su acerada voluntad de gobernar a toda costa y consolidar el nacionalismo catalán en la administración, la sanidad, la cultura y las aulas de la sociedad mallorquina como forma unívoca de llegar a lugares parecidos y catástrofes similares al imaginario de la secesión catalana. En ello están desde hace décadas. Y los sucesivos gobiernos de España (incluidos los del Partido Popular en Baleares) mirando y poco más. Buenas vistas, imagino.
 Con todo, hay dos personajes que me hicieron sentir, si no triste, sí bastante avergonzado. Vergüenza ajena, lo llaman. Me refiero a José Montilla y Francesc Antich. El primero no tuvo mejor ocurrencia, al concluir la votación del 155 en el Senado, que organizar un discurso ante los medios para atacar a unos y otros y justificar su ausencia de la votación final, su falta de compromiso con la libertad y la democracia, su histórica sumisión a un separatismo que no hace falta que les diga cuánto tiene de socialista. Antich, por su parte, aunque se abstuvo de discursos, por falta de audiencia, supongo, tuvo la desfachatez de desertar, también, de la votación y negarse a ser la voz de la mayoría de los mallorquines para convertirse en el vocero de Francina Armengol y sus aliados. Con socialistas así quién teme a los nacionalistas.


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viernes, octubre 27

Los muertos


La Telaraña en El Mundo.


 Alrededor, percibo cierto trasiego, entre festivo y resignado, por Halloween. Nunca he celebrado esa fiesta pagana y extranjera, pero no porque fuera pagana y extranjera, ya que me gustan todo tipo de fiestas y cuanto más paganas y extranjeras mucho mejor, sino porque la muerte me parece algo muy serio desde que, hace ya unos cuarenta y cinco años, en uno de aquellos terribles ejercicios espirituales que también formaban parte, supongo, de mi muy leve educación franciscana, el curita de rigor tuvo a bien largarnos, justo antes de acostarnos, un discurso tan terrorífico sobre la muerte, el pecado y los infiernos que no sé si aquella maldita noche, que pasé en blanco, logró dormir bien alguno de mis compañeros de colegio. Creo que no, pero me será fácil averiguarlo porque, ya cumplidos los sesenta, mantenemos un grupo abierto en WhatsApp. Qué modernos.
 A todo esto, le leo a Aurora Jhardi unas declaraciones en las que, sin decir nada, pone cara de lo contrario. Esa petulante solemnidad dialéctica la pierde. Dijo "Recuperamos una fiesta mallorquina y lo hacemos con vocación de permanencia" al presentar, urbi et orbi, la llamada Nit de les Ánimes, el sábado 4 de noviembre en el Parc de Sa Riera. Se trata, truco o trato, de crear un Halloween a la mallorquina con dimonis, batucadas, juegos infantiles y música popular. Nada muy original, salvo la posibilidad de asistir, de la mano de Carlos Garrido, a una visita guiada del cementerio de Palma. Personalmente, con Carlos, por simpatía cultural de tantos años, aficiones musicales al margen, iría a cualquier lado. ¿Pero es necesario perderse bajo la fría niebla de noviembre, cuando los muertos, precisamente, andan más que revueltos, por entre cruces, lápidas, mausoleos y tumbas? Pues no sé yo.
 Donde sí que me perdí fue entre las voces y ecos del debate del estado de la Comunidad. Por lo visto, Francina Armengol sigue viviendo en su particular ordalía nacionalista sin más cera que las lágrimas del victimismo habitual. Resulta muy difícil entender a los que hacen del victimismo una forma de vivir, una manera de acercarse a la catástrofe segura (ya lo decía yo) que es siempre la propia vida cuando se nos cruza, ensombreciéndonos la mirada, la idea turbadora de que son los demás, siempre los demás, los que nos la estropean, los que nos impiden sacar adelante nuestros legítimos deseos (los de la independencia catalana, sobre todo) con buena letra y mejor nota, los que nos la convierten, a la vida, en un largo y tortuoso camino hacia ninguna parte. Miren, la vida es siempre un largo y tortuoso camino hacia ninguna parte, sin que haga falta echarle las culpas a nadie. Pero si no hay culpables, tampoco habría víctimas y entonces se les vendría abajo a muchos el chiringuito.

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martes, octubre 24

Humanos y replicantes


La Telaraña en El Mundo.

  
 No he encontrado tiempo (o me ha faltado el humor en estos días de brumas tan intempestivas como desagradables) para acercarme hasta el cine, hasta una cualquiera de esas salas oscuras donde antes podías pasar la tarde entera sin dejar de ver una película tras otra (la sesión doble, continua de los antiguos cines de barrio) para ver la secuela de «Blade Runner», una de las pocas películas, con «2001 Una Odisea del Espacio» o «El Último Tango en París», por citar sólo dos ejemplos palmarios, que he seguido visionando una vez y otra, año tras año, formato tras formato (VHS, DVD, Blu-ray y hasta diversos montajes hallados en Internet) sin más intención que releer en el festín interminable, oscuro y lluvioso de las imágenes, que bucear en el profundísimo mar de las sugerencias, que dejarme llevar por el eterno debate entre la vida y la muerte, entre el conocimiento y el miedo al conocimiento, entre la violencia y el amor como formas de sentirse vivo cuando la vida se nos escapa y sólo la logramos atrapar muy de vez en cuando. Esos afortunados momentos son los que, cuando nos llegue la hora final, habrán dado algún valor y algún sentido a nuestra existencia.
 Pero el cine, como el arte, como la literatura, como el teatro, como la vida, incluso como la que no pretende exhibirse ni ser exhibida, es puro y auténtico, genuino artificio. Observamos la realidad como si leyéramos un libro, quizá uno muy conocido, quizá uno que guardamos inédito en el cajón oscurísimo de nuestros sueños más irrealizables. Observamos la realidad mientras una voz en off (que no podríamos asegurar si es la nuestra) nos va explicando los detalles que la realidad no acaba de mostrarnos, porque sólo vivimos en un único instante y todos los instantes del pasado y del futuro se condensan en ese mismo único instante. Cómo gana en intensidad cada instante (y me refiero a este instante que acaba de pasar y que ya no existe) si lo sabemos escrutar, si acertamos a saborearlo como si nos fuera la vida en ello.
 Estoy seguro de que nos va; por eso hay tantos instantes que destilan un veneno tan poderoso, que no es fácil sobrevivir a su influjo sin caer en la sumisión, en la fascinación hipnótica, tal vez en la mentira, quizá en la locura. Ah, la razón y sus viejos monstruos. Andamos, pues, entre seres humanos y replicantes sin que sepamos (y sin que nos importe demasiado averiguarlo) quienes son los unos y quienes los otros. Yo mismo puedo ser Rick Deckard o Roy Batty. Puedo ser ese androide que sueña con ovejas eléctricas y añora haber viajado sobre unicornios azules. Puedo ser ese personaje o haberlo sido, pero también puedo despertarme, frío y sudoroso, en mitad de la noche y no tener ni remota idea de quién soy. Ni por asomo.




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viernes, octubre 20

En la encrucijada


La Telaraña en El Mundo.





 He esperado hasta pasadas las diez de la mañana (de este jueves, a ratos lluvioso y a ratos soleado, en que escribo estas líneas) para mirar el cielo intentando ver si se ha levantado en algún cirro, constelación o galaxia muy lejana la polvareda que pueda hacernos pensar, al fin, que los cuatro jinetes del Apocalipsis han ensillado sus monturas, han piafado orgullosamente sobre el arco iris y se han puesto en camino hacia nosotros y nuestra forma de vida, hacia el lugar en el que, nos guste o no, llevamos una eternidad esperándoles como si fueran el maná prometido, el acabose de todas nuestras miserias conceptuales, la revolución que habrá de cambiarlo todo, pero arrasándolo de veras, demoliéndolo por completo, para que no quede de nosotros ni un ápice de estupidez, usura o ruindad más allá de la estupidez, usura o ruindad que nos vienen instaladas de serie en esta humanidad demasiado humana que somos y queremos seguir siendo. Faltaría más.
 He esperado hasta pasadas las diez de la mañana para comprobar que todo sigue igual de revuelto, áspero, tullido, surrealista. El intercambio epistolar entre Rajoy y Puigdemont empieza a ser una eterna maniobra de distracción a la espera de tiempos mejores o peores, quizá mucho peores. De momento, Cataluña es una comunidad con el Parlament cerrado (aunque quizá lo abran un día de estos para votarle a Puigdemont lo que guste) y sin más actividad política, cultural o social que la fuga de empresas y las manifestaciones callejeras (que serán algaradas, cuando la CUP y los entes culturales de rigor lo dicten). Hay algo más, por supuesto, y es la terrible sospecha de que se está perdiendo un tiempo (y una situación privilegiada en el contexto europeo) que no volverá, porque cuando una sociedad descarrila, se eterniza en la parálisis (o en el tiempo y lugar desorbitados de la crispación nacionalista) no tiene fácil recobrar las fuerzas, levantarse y reemprender la marcha.
 He esperado hasta pasadas las diez de la mañana (de este jueves lluvioso y soleado) para constatar que los mundos ubicados en realidades paralelas tienden a destruir la realidad alternativa del otro mundo para resguardar la realidad del suyo. Así funcionan las cosas: no se puede sobrevivir a la propia locura sin aplicarse, tarde o temprano, el preceptivo artículo 155, por no hablar, si todo se tuerce, del estado de sitio, alarma o guerra. ¿De verdad funcionan así las cosas? Es posible, pero no estoy seguro. De un lado, no quisiera adjudicarle a la naturaleza de las cosas una fatalidad que igual no es sólo suya, sino también mía. Del otro, no puedo olvidar que la vida en común, como todas las cosas que son valiosas, necesita ser protegida, incluso de sí misma y sus desvaríos. Y en esa encrucijada estamos, me temo.

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martes, octubre 17

Entre Lacan y Puigdemont


La Telaraña en El Mundo.




 Hace ya mucho tiempo que dejamos de pensar en la realidad como si fuera un lugar de encuentro: ya no nos importa si lo es o no, porque preferimos andar metafóricamente perdidos, solitarios y a la deriva; porque preferimos seguir buscando, acaso como Diógenes, no sabemos realmente qué. Nos basta con que la realidad nos parezca un lugar de creación, quizá el único lugar donde la creación puede acontecer y, de hecho, hasta acontece: ese paisaje, que intuimos tan tullido como inabarcable, ese camino tan repleto de pérdidas como de felices hallazgos, que vamos acumulando, por azar o necesidad, en los almacenes provisionales de la memoria, en las frágiles estanterías del alma, en las temblorosas palmas, siempre vacías, de nuestras manos.
 Tengo en las manos un libro de Jacques Lacan que encontré ayer, sin buscarlo, cuando ya lo había dado por perdido. Es cierto, es un anacronismo releer a Lacan; pero gracias a ello hoy me he levantado dándole vueltas a lo simbólico, lo imaginario y lo real, esas categorías neutras en las que el lenguaje se ramifica para ofrecernos el espectro entero de lo que llamamos la realidad. No sé en cuál de sus categorías podemos incluir la carta que Carles Puigdemont acaba de enviar a Mariano Rajoy. Se le requería un Sí o un No a una declaración de independencia que muy poco importa si fue o no fue declarada (o declamada), porque los efectos, en ambos casos, son los mismos. Media Cataluña sentimentalmente ofendida, marginada y media Cataluña feliz, exultante. Demasiado ruido sentimental para tan pocos hechos.
 Pero acabo de leer la misiva de Puigdemont. Me ha parecido pobre, decepcionante, sin recursos ni estilo literario. Pura retórica funambulista de quien no tiene un discurso propio y creíble al que aferrarse. ¿Son simbólicas, imaginarias o reales sus peticiones, su voluntad de no responder a lo que se le demandaba yéndose por las ramas, las quejas por la represión, las citaciones de los jueces, la congelación de las cuentas, el artículo 155 que se le viene encima o esa receta brumosa del diálogo como antídoto mágico contra la tozuda realidad?
 Esta mañana toda España (excepto la que lucha de veras contra el terrible fuego en Galicia), toda Cataluña y todos los tertulianos de las televisiones, todos los bots de las redes sociales y todos los opinadores de la prensa (como yo mismo y mis circunstancias) estamos perdiendo miserablemente el tiempo analizando las palabras de un personaje, como Puigdemont, que no alcanza a ser imaginario y, así, significante, seductor, que no logra ser simbólico y, por lo tanto, mítico, relevante, que no logra ser real y, por ello, convincente e imprescindible. ¿Quién dijo que leer a Lacan era un anacronismo? Lo dije yo, pero no iba en serio.




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viernes, octubre 13

La cuchilla en el ojo


La Telaraña en El Mundo.



 Cuesta abrirse paso entre la selva del hartazgo, la tristeza, la decepción y, sobre todo, el absurdo. Cuesta creerse lo que parece suceder: qué ridículo es el ridículo, en efecto. Cuesta abrir los ojos y vernos inmersos en una sociedad que va de la convulsión y la violencia a los memes y los chistes, de la crispación y los insultos al desprecio y la indiferencia, de la inseguridad y, tal vez, el miedo a la intolerable sensación de encontrarnos bajo el aullido de las sirenas y el foco extraviado, asfixiante, de las luces en pleno Guernica virtual de Picasso, en pleno campo de batalla donde un grupo de locos de atar está intentando imponernos su propio delirio, su alucinación, su distopía, su afilada y herrumbrosa hoja de afeitar en la pupila asombrada de nuestros ojos. ¿Dalí, Buñuel, dónde estáis?
 En todo caso, una vez superada la modernidad paradójica de los siglos 19 y 20 e ingresados en el nuevo siglo con los primeros pasos en el laberinto de la globalización y la robotización de la inteligencia, es decir, de las redes sociales como lugar donde la existencia toma necesariamente cuerpo (y, por lo tanto, consciencia), el primer obstáculo para la vida en libertad y democracia sigue siendo, como de costumbre, el nacionalismo. El nacionalismo central y centrípeto, cuando existió, y los nacionalismos periféricos, cuando los dejaron existir y, sobre todo, organizarse. Pero el problema no es sólo el nacionalismo. También hay que valorar el efecto absolutamente depredador de un grupo variado de gentes que, sin ser nacionalistas, no verían con malos ojos, sino al contrario, destrozar el Estado de Derecho (cualquier Estado de Derecho, en realidad) en que vivimos y queremos, pese a todo, seguir viviendo, aunque sepamos que no es jauja. Jauja no existe.
 Pienso, ahora, mientras me columpio en el artículo 155 y leo, exhausto, la prosa descarriada de la declaración de independencia firmada en los anexos del Parlament, en la fulgurante ascensión y en la posterior caída de la CNT y, en especial, de la primera mujer que llegó a ser ministra en España, Federica Montseny (y me duele escribir esto, porque tengo las espaldas cargadas de bucólica anarquía, de melancólica acción directa, de fracasada pero poética educación sentimental, de metafórico misticismo laico, quizá instintivo), y en los movimientos populistas, maniqueos, disgregadores, filosófica e ideológicamente terribles, vacuos, insostenibles, que alientan gentes como Pablo Iglesias o Ada Colau, como la CUP y su antiquísimo y gregario comunismo tribal, como las huestes comandadas, en Mallorca, no sé si por Alberto Jarabo, Laura Camargo o la controvertida Mae de la Concha. Igual el verdadero jefe es Baltasar Picornell y de ahí el rutilante cargo oficial que ostenta. ¿O no?


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martes, octubre 10

Rojigualdas, señeras y mentiras


La Telaraña en El Mundo.





 Un oportuno trancazo me mantuvo, el fin de semana, a buen recaudo del empacho de banderas rojigualdas y señeras que invadieron, al alimón, entre otras ciudades, Palma, el sábado, y Barcelona, sobre todo, la luminosa y fructífera mañana del domingo. Me quedó, eso sí, el recurso doméstico de asomarme a la ventana de vez en cuando y quedarme un rato pensativo, absorto, mientras un mar de banderas rojas y amarillas hacía desaparecer la calle Olmos y yo me preguntaba donde podían haber estado guardadas tantas, tantísimas banderas durante tanto, tantísimo tiempo como hacía que no se las veía desfilar por las calles tortuosas o flamígeras de Palma: al menos desde que España ganó el Mundial en Sudáfrica; y yo recuerdo, ahora, que cuando el árbitro dio por finalizado el partido caí de rodillas ante el televisor y me puse a hablar por teléfono con mi hijo que chillaba, eufórico, desde no sé dónde y no sé si lloré entonces o si aún sigo llorando al recordarlo. Hubo lágrimas de emoción en mi caso, pero ninguna bandera. Prefiero los pañuelos. Para las lágrimas, para los mocos.
 Pero no sólo hubo banderas de colores, también hubo banderas blancas (¿de rendición?) en busca de un diálogo que ignoro con quién hay que establecer a estas alturas de esta separación, no por lo civil, sino por lo criminal. En cualquier caso, me da que para hablar con Puigdemont, Junqueras o Forcadell habrá que acercarse muy pronto hasta alguna institución penitenciaria. La vida es así de dura; y la justicia, de lenta.
 Con todo, no creo que haya mucho que hablar con quienes llevan décadas imponiendo su cultura, su lengua y su pensamiento único, con quienes no paran de engendrar el rencor y no dejan de medrar con la espectacular rendición colectiva que se instauró en España en 1978, cuando se entregó a los nacionalistas (a los más viejos de cada lugar, en definitiva) la gestión absoluta de la educación, la lengua y la cultura. De aquellos polvos, estos lodos. ¡Claro que hay que reformar la Constitución!
 Y para acabar, una anécdota. Cuando el joven reportero de TV3 tuvo a bien informar de que el gentío que inundaba Barcelona y que se paraba a felicitar, con abrazos, cánticos y flores, a las fuerzas de seguridad del Estado había sido convocado –“para que sepan de qué tipo de gente estamos hablando” (sic)- por entidades como Falange o los somatenes consideré que mi gripe sólo podía empeorar si seguía escuchando más sandeces y que los pocos minutos que llevaba viendo esa televisión pública eran ya más que suficientes. Excesivos. Mi fiebre había subido unos grados, pero mi regocijo personal, paradójicamente, también había aumentado. Es lo que tiene una manipulación tan burda de la realidad: en vez de ocultárnosla, nos la acaba mostrando en su auténtico esplendor.

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viernes, octubre 6

Regreso al futuro


La Telaraña en El Mundo.



 No sé cuántas veces he visto, en el cine o en alguna pantalla imaginaria en mitad de los sueños más profundos, avanzar una grieta, que empieza siendo amenazadora, pero chiquitita, y acaba siendo enorme, inabarcable, incontenible, con sus efectos especiales a cuestas, avanzar, dije, decía, avanzar vorazmente, estoy diciendo, por entre la gente paralizada por el estupor o el miedo, avanzar separando, sin distinción ninguna, a unos de otros y así a todos del mundo en que vivían hasta que se abrió la tierra y empezó esta hipotética catástrofe, este guión que tanto nos vale para ilustrar la situación actual en Cataluña como para hablar del desgarro, la soledad, la convivencia rota, la historia devuelta de un plumazo a las oscuras y remotas vísperas del 7 de octubre de 1934 cuando en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra se publicó que el Gobierno de la República declaraba el estado de guerra en todo el país porque la Generalitat había proclamado el día anterior, 6  de octubre, el Estat Catalá.
 Parece, pues, que el pasado vuelve con su insufrible olor rancio a naftalina vencida por el paso mordido del tiempo. Vuelve con su aspecto de zombi fiero, hambriento y desnortado. Vuelve con su rostro maldito, sus ojos ausentes y sus cicatrices repletas de gusanos, con sus mandíbulas desencajadas y sus dientes cargados de caries negras y esfinges espectrales. Vuelve o igual no, no vuelve; y es, entonces, que somos nosotros quienes no dejamos, quizá, de reemprender un absurdo y atormentado viaje circular que nos lleva, una vez y otra, de regreso al futuro y nos sitúa, al fin ingrávidos, como ausentes, casi autistas, en el centro mismo del torbellino, del tsunami, en ese lugar exacto, en ese vórtice extrañamente tranquilo y silencioso donde nacen todas las tormentas, todas las grietas. ¿Lerroux se reencarnará, tal vez, en Rajoy o viceversa? Todo puede ser, aunque hace ya tiempo que sospechamos que no hay futuro, no demasiado futuro, al menos, más allá de esta continua repetición de lo mismo en que se ha convertido el simulacro de nuestra existencia, nuestro devenir, la historia, la vida.
 Salgo a la calle y me encuentro con un gentío bailando «ball de bot» en la Plaza del Mercat. Es algo realmente espectacular. Allí un viejo conocido se puso a hablarme de Mae de la Concha, la «Khaleesi» de Podemos, me dijo, enfático, dejándome más atónito de lo que acostumbro estar. ¿Qué será eso, quién? pensé, sin osar preguntárselo. Faltaría más. Al llegar a casa tiré de Google y Wikipedia para confirmar mis peores presagios: los hay que viven inmersos en terribles cuentos de hadas y dragones, en fatuos juegos de tronos donde el único reino que tendría que importarnos es el que ya hemos perdido. Cada cual debiera saber cuál fue el suyo.


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martes, octubre 3

El día después


La Telaraña en El Mundo.



 Y de repente, tras la larga noche del referéndum que no fue, la tristeza. El paisaje gris y otoñal, que observo afuera, en las calles, y también adentro, al auscultarme las arrugas de la frente y sentir un extraño temblor tanto en la comisura de los labios como en las yemas de los dedos. No es fácil, en efecto, escribir sobre algo que nos duele, preocupa e impresiona, sobre algo que sentimos como nuestro, aunque sabemos que no es sólo nuestro; también es de otros, de muchísimos otros. En todo ello pienso, ahora, mientras me invade cierto pudor biográfico, que no conviene desvelar más allá de su enunciado, y que me obliga a ser cauto, reflexivo, tal vez pragmático: me obliga a ser todo aquello que, quizá, no soy.
 Y de repente, la tristeza, pero no sólo ella, también la indignación, al comprobar que cuatro décadas de dejación política sólo podían conducirnos al caos. Aquí estamos. No se puede dejar, como ha sido la norma desde 1978, la educación y la cultura en manos de las minorías nacionalistas sin que la sociedad resultante se transforme a su imagen y semejanza y se convierta, poco a poco, en una monstruosa red clientelar donde el cóctel de la militancia subvencionada y la manipulación sentimental acaba resultando tan explosivo como un cóctel Molotov. Ayer estalló, de alguna forma, en Barcelona.
 Y de repente la tristeza y la indignación, pero también el asco. Circulan por las redes sociales, cara al exterior, multitud de imágenes manipuladas de una violencia policial que fue la que fue, por supuesto, pero no la que nos intentan colar con imágenes y videos añejos que ya estaban en Google antes del 1-O. No seré yo quien defienda la actuación policial, pero quienes padecimos la violencia de los grises de Franco no podemos llamarnos a engaño: no resulta fácil dialogar con armadura y casco, con un escudo, una porra o una pistola en las manos. El hábito y el monje o viceversa. Con todo, siempre nos quedará la duda de que si, habiendo sido ya declarado ilegal el referéndum e iniciados los pertinentes litigios, hubiera sido mejor dejar a los independendistas continuar a su aire con la farsa. Pues es muy posible.
 Ahora toca abrir bien los ojos y seguir mirando el paisaje, el paisanaje. El Pacte que nos gobierna ya está pidiendo a gritos que se negocie con los golpistas de Puigdemont y Junqueras, mientras Ciudadanos, de Xavier Pericay, un soplo de aire fresco entre tanta nube tóxica, intentan que el Parlament balear apruebe una proposición en defensa del Estado de Derecho en Cataluña. No creo que Armengol, sumergida en su peculiar nacionalsocialismo, permita que la propuesta salga adelante. Al contrario. La terrible duda que nos asola es saber cuánto tiempo nos va a durar el Estado de Derecho en Baleares.

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viernes, septiembre 29

Apocalipsis, serie B


La Telaraña en El Mundo.




 Quizá lo peor de todo, en esta vida nuestra de aquí y ahora, es sentir que no puedes, aunque bien que lo intentas, respetar a tus enemigos como a ti mismo. Tampoco ellos, nos lo han dicho, te pueden respetar como dicen respetarse a sí mismos; y así las divergencias entre unos y otros no pueden sino eternizarse y las grietas crecen y la herida nos muestra nuestro interior volcánico de magma airado, confuso, de combustión que dejará de contenerse a sí misma y se expandirá cubriendo la tierra como el espíritu o el alma. Algo similar, pues, al apocalipsis en alguna de esas versiones cinematográficas de serie B. Siempre me conmovieron esos clásicos de cartón piedra, sus domésticos efectos especiales y sus formidables héroes de pega: la terrible paradoja de no saber cómo desprenderse del miedo, del desprecio, de la ignorancia y la envidia. Cómo dejar de ser, en definitiva, los náufragos de este viaje a ninguna parte. No se puede ir a ningún sitio con semejante bagaje de vergüenza.
 Pero estas cosas suceden cuando se prioriza la importancia del ruido en las redes sociales, cuando lo que vale es celebrar la frase ingeniosa, el exabrupto, el zasca, el meme por sobre la lenta digestión de un lenguaje común y un estilo propio, por sobre la compleja construcción de un discurso, el que fuere, capaz de conducirnos a algún lugar reconocible donde quepa algún tipo de complicidad y entendimiento. Cualquier tipo de complicidad y entendimiento. Ignoramos dónde para ese oasis.
 Pero el espectáculo es el que es: una auténtica porquería de guión, de paisaje y hasta de paisanaje, de representación, farsa o tragedia. El domingo ya es 1 de octubre, pero eso es casi lo de menos, porque el teatro nos importa muy poco. El problema sigue siendo otro. Sin respeto mutuo no hay ninguna épica a la que aferrarse. No hay ninguna ética ni estética posibles. No hay, tampoco, ninguna equidistancia (ese oxímoron tan poco viril y tramposo) que enarbolar como si nos valiera con alguna síntesis de diseño para superar la dialéctica de los siglos, el furor de las razas, las cíclicas migraciones de los nómadas, la eterna agonía del hombre frente a su destino. No hay posibilidad, en fin, de diálogo o negociación, de puesta en juego de algo que no sea el paupérrimo orgullo herido.
 Yo no movería un dedo sólo por orgullo. Dejaría que las ruinas continuaran derrumbándose y que los molinos siguieran siendo gigantes invisibles entre los labios invencibles del viento. España es esta tierra de castillos en ruinas y desaforados molinos de aspas que chirrían, enloquecidas, cuando toca moler el trigo y tomar, de alguna manera, partido decidido por lo único que importa: la vida. Da igual si en común o separados, aunque no sea lo mismo, por supuesto. Y por desgracia.

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martes, septiembre 26

Nit de l’Art y otras noches


La Telaraña en El Mundo.





 Parece que hay mucha, muchísima, gente en las redes sociales, en Twitter, Facebook, WhatsApp, en los canales sumergidos de Telegram, en los currículos asombrosos de LinkedIn, en las tertulias virtuales de cualquier foro más o menos ilustrado, pero las apariencias, como es de ley, siempre engañan y ello no es realmente así; la mayoría no son personas, sino «bots», aunque muchos de ellos quizá no lo sepan ni lo llegarán a saber nunca: no son personas de carne y hueso, sino programas informáticos de ceros y unos, software más o menos elaborado que no deja ni un instante de rastrear opiniones, de calcular, frenéticamente, algoritmos matemáticos y de exprimir los grasientos patrones de la lógica conductista, para intentar, en fin, crear tendencias y estados de opinión irresistibles. La mentira repetida que se acaba, qué remedio, convirtiendo en verdad es aquí el arma renovada de la más antigua y repugnante de las manipulaciones. Qué viejo es ese maniqueísmo.

 Pero salgo a la calle y paseo por entre los enormes cortinajes que pusieron durante la Nit de l´Art en la calle San Elías para volver a atravesarlos, un rato largo después, en la calle del Carmen. Esas cortinas metafóricas abrían las puertas (de la percepción) de un universo absolutamente imaginario, pero también las cerraban. En su interior anduve como por los pasillos de mi propia casa, buscando, quizá, la forma de abrir pasadizos secretos y de encontrar criptas solemnes y magníficas cuevas de ladrones con algún que otro tesoro que compartir, con algún que otro tesoro que dilapidar, con algún que otro tesoro con el que sentirse libres o, incluso, si ello fuera posible, independientes. Pero la independencia no existe, como no existe la libertad. Como no existe el arte. Y los tesoros son siempre maravillosamente fugaces.

 Pero no sé muy bien dónde demonios andaba, este año, el auténtico, el genuino botellón artístico que les vengo contando cada año desde ya no recuerdo cuándo. Los años pasan y los botellones se multiplican y uno ya no añora nada, salvo aquellas resacas fantásticas que ya no volverán. Qué lástima. Este año, sin embargo, el botellón oficial tuvo su botellón alternativo. En efecto, algunos iluminados se fueron a Formentor, a escuchar a un grupito selecto de «bots» travestidos, siendo sumamente bondadosos, de escritores de cuarta o quinta fila, de editores de culto, de críticos literarios vagamente ágrafos y voluntariamente posmodernos, en busca, en fin, de magos, de vagabundos, de errantes o de bohemios. Craso error, porque estaban todos por San Elías y Misión o por el terrorífico ambulatorio del Carmen, por los pasillos interminables de mi casa, por las catacumbas personales de una noche en la que nada fue lo pretendía ser, como de costumbre.




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viernes, septiembre 22

La hora de los milagros


La Telaraña en El Mundo.

 No resulta agradable mirar alrededor y sentir una inmensa vergüenza ajena. Por un lado, la violencia se ha instalado, aprovechando la falsa percepción del anonimato, en las redes sociales y parece andar, también, camino de llegar a las calles y plazas, a la deriva torrencial de la vida cotidiana y a la minuciosa o, quizá, delirante historia de los días en que vivimos. Haré un breve inciso: no vivimos todos los días que vivimos, sino sólo aquellos días afortunados que nos paramos a pensar en lo que hacemos, aquellos días escogidos en que nos detenemos a mirar el horizonte o a imaginarlo siquiera, porque hay niebla, hay bruma o hay un muro enorme donde no lo imaginábamos, aquellos días que grabamos en la memoria para revisarlos, tal vez, mucho más adelante, cuando no nos importe reconocer que casi todo lo hicimos mal o lo hicimos a medias. A mí me gusta recordar aquello en que pienso que fallé, en que creo que no di, tal vez, la talla: me reconcilia con los perdedores que me rodean sin que me ciegue ningún glamur, ni siquiera el del espejo. No hay ningún glamur en ser, una vez y otra, derrotados.
 Pero mirar alrededor es un ejercicio de estilo muy doloroso. Quizá desquiciante. Uno casi diría, tal vez, que la infamia general tiene forma de pirámide funeraria y que, contra todo pronóstico, arriba del todo, en lo más alto y en lo más escarpado de la escala social, en el lugar, quizá, más preminente de entre todos los lugares, están siempre (y desde siempre) instalados, en vez de los mejores, los peores, los menos ilustrados, los más advenedizos, los que perciben el mundo sólo a su propia imagen y semejanza, los que le ponen bridas sectarias y absolutamente partidistas, los que lo saquean con su mediocridad y avaricia, los que lo constriñen con sus carcasas ideológicas, con sus negras mordazas más o menos tullidas o abanderadas. Nadie debería, en fin, llegar a sentir en vida ninguna mortaja envolviéndole a destiempo, ninguna soga acariciándole, como una amenaza letal, el cuello.
 Podría hablar ahora sobre la vergonzosa toma de postura de Més per Mallorca en contra de la legalidad constitucional y a favor del golpismo secesionista. Ellos están en el poder, así que ellos sabrán a qué legalidad se deben. Yo recuerdo, ahora, una enloquecida noche en llamas del siglo pasado en que amanecí en el antiguo hospital de Son Dureta con la primera vértebra cervical quebrada. Ser un superviviente me confiere, en efecto, un aura especial, aunque ello no suponga, por supuesto, mayor mérito que haber tenido mucha, muchísima, suerte y un buen equipo médico a mi entera disposición. Ojalá esta sociedad nuestra tenga a mano, cuando más lo precise, ese equipo médico prodigioso capaz, si no de hacer milagros, sí de intentarlos. Falta nos hará.

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martes, septiembre 19

Bestiario español


La Telaraña en El Mundo.




 Abro Bestiario Español, el libro de semblanzas de Justo Serna en la editorial Huerga y Fierro (Madrid, 2014) y observo desfilar, entre muchos otros, al Rey Juan Carlos, a Franco, Zapatero, Felipe González, Manolo Escobar, Aznar, Torrente, Berlusconi o Belén Esteban y me dejo llevar por esa especie de Guernica literario que constituye un país llamado España, un país que siempre está en llamas, siempre en ebullición, siempre a punto de alcanzar esa frontera metafórica de la que sólo se sabe que, cuando se llega a ella, no hay forma de volver atrás, de regresar a la inocencia previa del instante en que aún hubiéramos dado la vida por algo. Ya no la daremos, salvo a cambio de nada, porque hay que ser absolutamente desprendidos (o, quizá, modernos, como dijo Rimbaud) cuando de lo que se trata es de perderlo todo sin añorar nada. De eso trata la vida.
 Podemos, pues, cerrar con tranquilidad los ojos y dejar vagar nuestra mirada interior por los rincones que nunca podremos iluminar del todo: ni falta que hace, por supuesto. La lucidez tiene estas cosas, nos enfrenta a estos problemas irresolubles, estos desengaños inmensos, casi cósmicos, estas decepciones catastróficas, este acabar sintiéndose, pese a todo, muy a gusto en el estúpido callejón sin salida de la vida, porque no hay ni puede haber nada mejor ni más fructífero que eternizarse en el laberinto, que olvidar el paso marcial y musculoso del tiempo y sus infinitas servidumbres, que perderse definitivamente en sus calles suspendidas en la niebla y caer derrotado una y mil veces en sus rotondas de pega, en sus alcantarillados de ficción, en sus miradores ciegos y en sus abismos aplastados por el plomo sangriento de la noche cuando ya ha anochecido y, en efecto, no hemos llegado a ninguna parte. No hay donde llegar, pero el viaje, sin embargo, es inmenso. Siempre lo ha sido, siempre lo será.
 Abro Bestiario Español, el libro de semblanzas de Justo Serna y le agradezco al amigo, al semejante, pero también, y sobre todo, al escritor, que no le tiemble el pulso para ser capaz de desaparecer del todo, de borrarse por completo del mapa, mientras van desfilando, como cadáveres exquisitos en sus propias exequias, todos los personajes del libro, los que nos son más cercanos y los que no, los que perfilan, arremolinados, nuestra existencia actual, los que nos han conducido, incluso a nuestro pesar, hasta el instante presente. Cierro ahora el libro y leo algunas de las atrocidades que mis amigos (sic) en Facebook han escrito. Hago lo mismo en Twitter y también con los memes que me llegan vía WhatsApp. Creo que nunca había estado tan comunicado y me había sentido, sin embargo, tan solo. Pero no todo está perdido, aún nos quedan los libros, algunos libros. Menos mal.

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viernes, septiembre 15

Las cuatro capitales


La Telaraña en El Mundo.



 Está muy bien ser capital de algo. Sabíamos que Palma ya lo era de Mallorca y de Baleares o, por aquello de los excesos metafóricos, hasta del mar Mediterráneo. Pero hay más. Gracias a la CUP y los grupos antisistema, que son, a fin de cuentas, los que manejan los entresijos de la actualidad política española, esa gran ramera con aspecto de dama de alto copete, nos hemos enterado de que Palma es, con Barcelona, Perpinyà y Valencia, una de las cuatro capitales de los Países Catalanes, ese grupo selecto de países que, aunque por separado no parezcan gran cosa, juntos son o deben ser, juntos serán, algo así como El Dorado, un territorio auténticamente mítico y legendario donde, a falta de oro, maná o clarividencia, todo será identidad absolutamente mejorada, ennoblecida, ensimismada.
 Identidad cultural y, desde luego, lingüística. Identidad que, como es justo y necesario, barre todas las diferencias habidas y por haber hasta abolirlas. Identidad que nos convierte -a nosotros también, porque vivimos en estas islas y el territorio es, a fin de cuentas, el dueño único de nuestro espectacular destino- en los mimbres mágicos, telúricos, del mismo cesto, en los obreros especializados y sudorosos de la misma colmena, en las células fundacionales del mismo cuerpo astral, en los querubines y arcángeles de la misma quimera donde viajaremos bajo el éxtasis hipnótico del arcoíris, abierto el mundo a la inigualable plenitud de la luz y al absoluto deslumbramiento. Ciegos todos, pero felices, por lo tanto. No sé de qué se quejan algunos.
 Hasta Palma y, en concreto, hasta el parque de Sa Feixina, ya ven para qué sirven nuestros más emblemáticos monumentos, se vinieron el miércoles pasado los diputados de la CUP en el Parlament de Cataluña, Eulàlia Reguant y Carles Riera, para ampliar la convocatoria del referéndum a Baleares y para intentar despertar, de alguna manera, nuestra peculiar conciencia cívica, nuestra ancestral conciencia de pueblo que recibe con la misma sonrisa y las mismas hondas cargadas de escepticismo y hastío a los invasores que a los turistas. Yo prefiero a estos últimos, pero tiene que haber gente para todo. La hay, qué duda cabe.
 Con todo, lo mejor del evento de Sa Feixina, aparte de los discursos, las fotos de familia y la inmensa nube tóxica que sobrevino tras tanta exhibición impúdica (porque los mallorquines nunca airearíamos nuestra identidad con tanta ligereza, no fuera a marchitársenos), lo mejor, decía, fue la actuación estelar de la magnífica e hiperbólica colla de Xeremiers Pau i Càndid. Su jota del Tiro Tatí o d´en Pep Toni, por ejemplo, junto a su interpretación, en plan «jam session», de The Devil's Dream me tienen subyugado desde hace años. Qué ritmo y armonía, cuánta exuberancia étnica.

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martes, septiembre 12

Diadas y paradojas


La Telaraña en El Mundo.





 Un par de cámaras móviles en la Rambla y algún que otro dron dando vueltas como si fuera un cometa teledirigido. De fondo, una música horrible de banda de música en horas bajas desafina todo lo que los micrófonos de la retrasmisión la retuercen y, quizá, algo más. Así están emitiendo, en vivo y en directo, la llamada Diada del Sí las televisiones en Internet (y por lo que acabo de comprobar, también las televisiones generalistas, no vaya a ser que la audiencia se despiste y se quede sin el morbo de asistir al éxtasis, la pasión, la astracanada alquímica de un buen número de personas empeñadas en ser una nación, un estado, una unidad de destino en lo universal) cuando son sólo las nueve y media de la mañana del día 11 de septiembre y ya se están lanzando consignas, coreando eslóganes, ofrendando coronas de flores y agitando banderas. Esto va para muy largo.
 Lo bueno de estas retrasmisiones por internet es que carecen de un locutor y, sobre todo, de una mesa enloquecida de tertulianos. Los tertulianos son gente tan escogida como poco despejada: sobre todo, los de TV3. Hay que ver con qué fervor arriman el ascua a su sardina, prendida milagrosamente, como a su carné de buenos y diligentes nacionalistas, su grano de arena al arenal donde nos revolcaríamos si aún quisiéramos construir castillos donde rompe la marea y crujen las costuras de la existencia, su voz desgañitada al corro general de las voces, ese estropicio inaudito.
 Recuerdo, ahora, que en los domingos luminosos de mi infancia se bailaban correosas sardanas en la avenida Conde Sallent de Palma, exactamente bajo la casa en que nací, un edificio actualmente tapiado y cubierto con una precaria malla verde: parece que la finca amenaza ruina y, tal vez, derrumbe. Es así, en definitiva, como pasa el tiempo mientras nosotros intentamos ser los protagonistas o, tal vez, las comparsas, los testigos, los cómplices, los jueces o, finalmente, las víctimas. La vida es ese extraño juego.
 Tengo en la retina la imagen victoriosa de Rafael Nadal, anoche en el US Open. Está bien estar de vuelta cuando, de hecho, nunca te has ido y sólo estuviste tomando aire, porque te hacía falta. Está bien ser el mejor en algo o luchar para serlo durante algún tiempo y dedicarse, después, a cualquier otra cosa. Reflexiones como estas son mucho más serias y fructíferas que andar perdiendo el tiempo con el provinciano discurso de las naciones y los estados, las repúblicas más o menos federales y los colectivos unidos, al parecer, por un vínculo tan artificial como puede llegar a ser la maldita forma en que decidamos, aleatoriamente, amargarnos la vida en común pretendiendo, sin embargo, mejorarla. Quizá esa terrible paradoja encierre más verdades de las que, de hecho, podemos soportar.

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