LA TELARAÑA

martes, febrero 20

Babel


La Telaraña en El Mundo.



 El domingo saqué desde casa varias fotografías de la multitud ocupando en procesión la calle Olmos de abajo a arriba y de arriba a abajo. Durante ese lapso indeterminado de tiempo la calle dejó realmente de existir y el continente y el contenido, el territorio y las gentes que lo habitan, que lo admiran o detestan, que lo patean, que lo sufren o disfrutan cada día y que lo saben suyo, en definitiva, desde siempre, se convirtieron, por así decirlo, en la misma cosa, en el mismo ser vivo que serpenteaba camino de la Rambla sabiendo que todo lo que iba quedando atrás (y todo lo que faltaba y falta, aún, por transitar) tenía que ver con la libertad lingüística, es decir, con la libertad individual de la gente por sobre el corsé asfixiante de algunas ideologías, la liturgia manipuladora de los nacionalismos, ese monstruoso “tener que hablar” de una determinada manera y no de otra, ya sea por el artificio de la ley, por la gravedad malabar de las señas de identidad o por el espejismo masturbador de la historia.
 Fue entonces, mientras iba sacando fotos, cuando me pregunté por qué diablos no me ponía las pilas y me bajaba a la calle y me unía a la multitud; y me dije que no, que lo que sucedía allá abajo era muy importante tras tantos años de sumisión cultural (o de normalización lingüística) y alguien tenía que ser testigo del evento, testigo directo y más o menos objetivo de las cosas para que las cosas, en fin, no dejaran de existir, para que las cosas siguieran ocurriendo, no como algo interior u oculto que hay que justificar, sino como un espectáculo público que observamos con admiración o alegría, quizá con envidia, quizá con la melancolía propia de quién ya no cree en apenas nada y, aun así, se esfuerza en distinguir el grano de la paja, el alma del humo, la voz impostada y de falsete o rondón de la voz otra, la voz de nuestro pensamiento, la que nos confiere autonomía individual y nos distingue de los otros. O lo intenta.
 A estas alturas, supongo que está claro que no hablo, en absoluto, del catalán o el español, como tampoco del inglés o el chino. Hablo de otra cosa, como siempre. Hablo de que me importa un bledo, por ejemplo, la patria del lenguaje (la patria del lenguaje que sea) cuando esa patria sólo es la herramienta con la que intentamos descifrar el mundo; y el mundo se nos escapa y las palabras nos hacen agua y las usamos todas, las usamos en catalán e inglés, en chino y en el español que intentamos pulir día a día sin más hallazgo que la impotencia y la ineficacia final de las lenguas, de todas la lenguas, para desvelar por completo la realidad. Será, tal vez, que añoro Babel y aquella terrible confusión en la que los hombres hablaron simultáneamente en todas las lenguas mientras el mundo se les venía abajo. Igual que ahora, como siempre.




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viernes, febrero 16

La lengua de los médicos


La Telaraña en El Mundo.



 Podría decirse, exagerando, que es como se dicen las verdades, que no hay en Palma manifestación que se precie que no pase armando jolgorio bajo las ventanas de mi casa, que no inunde de cánticos y temblores la calle Olmos, proveniente de la Plaza de España, camino de la Rambla, el Borne y el Consulat de Mar. Ese es, también, el itinerario exacto de la manifestación convocada el domingo por «Mos Movem! En Marcha! Let’s go!» contra la barbarie del catalán como requisito en la sanidad, entre los médicos y enfermeras que velan por nuestra salud cuando nos duele algo y hemos de explicárselo de aquella manera, porque algunos términos biológicos, algunas metáforas más o menos científicas y algunas recetas heredadas, cómo no, de la abuela no nos acaban de servir para darnos a entender, no importa si en español, inglés, mallorquín o chino, cuando algo nos duele y ni en la rebotica encontramos el remedio, la droga, el fármaco, el consuelo definitivo.
 Como buen hipocondríaco, he conocido muchos médicos: médicos que pasaron cumpliendo, sin más, el expediente y médicos que supieron tratarme más allá del efecto placebo de las recetas y la luz blanca y, acaso, cecuciente de los hospitales. Médicos como el doctor Bacci, que me salvó dos veces la vida (una, sacándome a escondidas de Son Dureta y otra, operándome con el bisturí escogido de los grandes neurocirujanos en Juaneda) o los doctores Moral, Santisteban, Timoner o Triola que son, entre otros, los que actualmente ponen cierto orden y concierto en la suma irracional de mis miedos y temores, en el catálogo absurdo de sospechas más o menos infundadas que suele ser, en definitiva, la tumultuosa vida de un hipocondríaco confeso. Doy fe.
 Hago memoria y la verdad es que no recuerdo, ahora, en qué lengua, en qué idioma, en cuál, me hablaron estos doctores cuando consiguieron sacarme una sonrisa de alivio, cuando lograron mitigar mis dolores o desviaron mi atención hacia uno cualquiera de esos mil temas con los que un buen médico busca, encuentra y prolonga la complicidad con sus pacientes. Porque los buenos médicos saben mucho, en efecto, de medicina, pero también saben de humanidades, literatura, arte, política, de todo aquello que une (o debiera unir) a los seres humanos y les hace sonreír y asomarse juntos al borde mismo de la enfermedad sin caer en ella, para determinar por dónde salir con bien y seguir adelante sin dejarse vencer por el vértigo, sin dejarse espantar por ese cielo tenebroso a la vez azul y negro -«¡Qué miedo el azul del cielo, negro!» decía Juan Ramón Jiménez- que intuimos al alzar la vista y mirar a lo lejos como si mirásemos en el interior de la pupila del médico que nos ausculta sin más gramática en exclusiva que las de la ciencia y el humanismo universales.





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martes, febrero 13

Al principio, la palabra


La Telaraña en El Mundo.





 Al principio fue el simio. O no. Al principio fue el hombre. Y ese hombre o ese simio del principio sólo se distinguen por su mayor o menor capacidad para refugiarse en el lenguaje, para orientarse en el devenir temporal de los recuerdos, para sumergirse en el piélago que nos late adentro cuando intentamos demorar la mirada y dejarnos vencer por los sueños. Pasamos demasiado tiempo durmiendo. Pasamos demasiado tiempo intentando dormir. Pasamos igual que pasa el tiempo: demasiado deprisa. Cierro, pues, los ojos y me asomo a la oscuridad centelleante como quien observa burbujear el agua hirviendo, presiente el crepitar bullicioso del champán o se asoma, cauto y silencioso, al abismo insondable de algún tipo de ácido asombrosamente corrosivo. Puede que, al principio, fuera la palabra.
 Mientras tanto, me dejo llevar por las constelaciones y los números. Intento imaginar las cábalas más extrañas y ensayo, abandonado a la suerte, los exorcismos que, por desgracia, nunca estuvieron a mi alcance. Han pasado exactamente cincuenta años y Charlton Heston sigue arrodillado sobre la arena reseca del río Hudson ante la estatua decapitada de la Libertad y llora, grita, maldice, sigue maldiciendo a la humanidad entera por lo que hizo, por lo que hará, por lo que no deja de hacer ni un instante, por lo que hacemos, nos guste o no, en su nombre; y nos maldecimos, entonces, a nosotros mismos, porque el futuro es también el pasado y no hay forma de salir de ese círculo que nos rodea,  nos contiene, nos asfixia a la vez que nos acaba dando, tal vez, sentido. Es cierto, no podemos romper el hechizo porque no conocemos las palabras exactas del sortilegio y nos falla la voz y el acostumbrado refugio del lenguaje se parece, cada día más, al inhóspito lugar sitiado de la intemperie. Hace mucho frío ahí afuera.
 Ordeno otras imágenes, con las que podría, tal vez, recuperar la fe en la humanidad. O en el simio. Recuerdo, por ejemplo, el cochecito de un bebé descendiendo al galope las escaleras Potemkin. El trineo donde se lee «Rosebud» crepitando un instante entre las llamas antes de desaparecer. Rick e Ilsa despidiéndose (siempre nos quedará París) entre la niebla de Casablanca. Un barbero judío jugando, disfrazado de Adenoid Hynkel, con la enorme bola del mundo. El monolito que convirtió a los simios en Dave Bowman y a éste en el embrión de un ser que nacerá algún día entre las estrellas. O que ha nacido ya, quién sabe. King Kong sigue cayendo desde las alturas del Empire State Building. Roy Batty sigue preguntándose por qué ha de morir mientras recuerda haber visto brillar rayos C en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. ¡Cuánto se parecen los simios, los replicantes y los humanos! Puede que, al principio, en efecto, fuera la palabra.


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viernes, febrero 9

Pandemónium

La Telaraña en El Mundo.



 Con mucha frecuencia recibo, sobre todo a través de WhatsApp, múltiples cadenas de mensajes, que no se sabe de dónde vienen ni tampoco adónde van, porque en realidad sólo sirven para engordar el tráfico de la red y para soliviantar (o distraer, según corresponda) al personal con temas que, de hecho, le son completamente ajenos y que sólo sirven, a fin de cuentas, para que la clase política se perpetúe en ese curioso lugar de privilegio donde debieran resolverse los problemas y, sin embargo, se hace lo contrario: los problemas se multiplican, las contrariedades se agravan, las complicaciones se eternizan y el panorama general se acaba convirtiendo en una ciénaga inhabitable donde cabe cualquier cosa menos la inteligencia, la sensibilidad o las ganas, en fin, de vivir dignamente del propio trabajo al margen, completamente al margen, de las especulaciones ideológicas, las mentiras sectarias o la manipulación interesada y sin freno.
 En una de las penúltimas cadenas que he recibido se pide al Gobierno de España, en nombre de la supuesta mayoría constitucionalista de este país (es decir, los votantes del PP, Ciudadanos y PSOE) la ilegalización de los partidos políticos que generaron la Declaración Unilateral de Independencia y que, por ello, están fuera de la ley (sic). Se pide, también, prisión para todos los responsables, se barajan inhabilitaciones fulminantes y se exige la responsabilidad económica personal de los involucrados por haber utilizado el dinero público para montar el actual Pandemónium en que estamos.
 La realidad es que todas estas peticiones (incluida la devolución al Estado de las competencias en Educación, Sanidad y Justicia) tienen su estricta lógica y no pueden escandalizarnos ni llevarnos, tampoco, a engaño. La realidad se construye lentamente y todo lo que una generación empieza a construir, lo acaba disfrutando, con suerte, la generación siguiente hasta que, por desgracia, las cosas se tuercen y, entonces, la novísima generación decide que toca empezar de nuevo y así la historia se convierte en esa marea que avanza mientras retrocede y que, de hecho, no avanzaría de ninguna de las maneras si no retrocediera, simultáneamente, de vez en cuando.
 En efecto, la supuesta mayoría constitucionalista de este país llamado España es una entelequia con la que no se puede contar demasiado. No creo, por ejemplo, que la mayoría de los votantes constitucionalistas del PSOE quieran acabar, de veras, con el soberanismo y el independentismo nacionalista cuando algunos de sus barones autonómicos llevan lustros gobernando a su sombra y comiendo, es un por decir, de su lánguida mano. No hace ni falta, por supuesto, preguntarle a Francina Armengol. Es cierto, este país es un auténtico asco.

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martes, febrero 6

Elogio de la soledad


La Telaraña en El Mundo.



 Es posible que escogiera este higiénico y vital trabajo de ordeñar (y ordenar) palabras para la prensa escrita, porque era el trabajo -o lo que fuere que sea- que mayor grado de soledad e independencia, de introspección y, a la vez, de contacto con la actualidad, me permitía mantener contra viento y marea: me permite, en fin, hacer lo que más me gusta, escribir, sin tener que soportar demasiada gente extraña revoloteando a mi alrededor, porque nunca (salvo algunos meses en una vieja cabecera de la competencia) tuve que preocuparme lo más mínimo por hacer acto de presencia en la redacción del periódico ni por atender, tampoco, a los caprichos de los compañeros, del redactor jefe o del mismísimo director.
 Al mismo tiempo, y desde hace siglos, tampoco hace falta, miel sobre hojuelas, llevar en mano a la redacción los folios medio taladrados, recién sacados de la bellísima y ruidosa Olivetti, o la siempre discreta, siempre demasiado discreta, factura mensual de las colaboraciones, que eso sí que era absolutamente obligatorio hacerlo cuando todavía no existía Internet tal y como lo conocemos ahora y no podíamos andar enviando textos y pretextos a todas horas. La ubicuidad actual que nos brinda la tecnología juega a favor de la soledad. Nos aísla, en efecto, pero quizá no sea realmente así y, además, quién quiere más compañía de la que ya tiene si la sociedad se ha convertido, en tan sólo unos pocos años, en una auténtica aglomeración más o menos informativa o desinformativa, en un enorme enjambre enloquecido de opiniones y contra opiniones; y la única música (ensordecedora) que no cesa nunca en esta ruleta rusa de la guerra cibernética es el maldito rumor de la especie quejándose de sus propios dolores e insuficiencias (el sueldo, la pensión, el trabajo, la justicia, el cielo y la tierra en ruinas), propagando sus irreductibles fobias y filias ideológicas mediante todas las formas posibles de la violencia dialéctica, tribal, étnica, incluso caníbal y depredadora, que creíamos haber superado. Pero no.
 La soledad es, con el paso del tiempo, el amor, el sexo y la muerte, uno de los grandes temas de siempre. No hay forma de hablar de los demás sin hablar de uno mismo; y no hay forma de hablar de uno mismo sin alejarse de todos, sin ensimismarse de tal forma que el conocimiento prenda en nuestro interior y que su llama, aparte de abrasarnos, nos sirva de candil y farolillo, de linterna bajo la que ver, auscultar y descifrar, tal vez, el mundo. La soledad como medio (higiénico y vital) para conocer a los demás y, llegado el caso, empatizar con ellos, sentir el hecho de ser distintos, pero, también, terriblemente parecidos, si no iguales; no es ninguna absurda contradicción. Es lo que uno ve cuando se mira y aguanta la mirada.


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viernes, febrero 2

Quimeras sangrientas


La Telaraña en El Mundo.


  
 De vez en cuando, regreso a Shiller, Goethe, Keats o Poe. Regreso a Byron, Hölderlin, Nerval o Víctor Hugo. Vuelvo a Coleridge. A Espronceda, Blanco White o Larra. Vuelvo a respirar los inflamados aires del romanticismo como quien huye de la realidad porque no puede, tal vez, soportarla. No es fácil, en efecto, soportar el peso de la realidad sobre las espaldas: ni siquiera, el de la realidad menuda y parcial que somos o nos gustaría ser. No es de extrañar, pues, que muchas veces decidamos liberar lastre y sólo consigamos, sin embargo, que se nos pueda describir como en un viejo poema en prosa de Baudelaire: marchando encorvados, en mitad de una vasta llanura polvorienta, llevando cada uno a cuestas una quimera enorme, un terrible animal que nos oprime y envuelve, que nos abraza letalmente mientras proseguimos caminando sin saber a dónde vamos.
 La realidad o sus monstruos, pienso, sin quedarme tranquilo, porque presiento que aquí hay algo que falla. ¿Es la realidad, monstruosa? ¿Son reales, los monstruos? ¿Y las quimeras? ¿Son la misma cosa, por así decirlo, la realidad y los monstruos que la intentan suplantar? Creo que no, sé que no, pero también sé que todo acaba dependiendo del grado de conocimiento, de la capacidad de interpretación, de la creatividad imaginativa de cada uno y cada cual.
 Vuelvo a leer un párrafo escogido de los discursos a la nación alemana del filósofo romántico Johann Gottlieb Fichte y, ahora sí, decididamente, me echo a temblar: «Las primeras, originarias, y realmente naturales fronteras de los estados son indudablemente las fronteras internas. Aquellos que hablan el mismo idioma están unidos entre sí por una multitud de lazos invisibles; se entienden entre ellos y tienen el poder de hacerse entender cada vez con más claridad; pertenecen juntos y son, por su misma naturaleza, un todo único e inseparable.»
 He aquí un puente construido a principios del siglo diecinueve para unir, específicamente, el romanticismo y el nacionalismo. Un puente que la humanidad ya ha cruzado pagando, como mínimo, el peaje de las dos Grandes Guerras. Una vasta llanura polvorienta en donde el nacionalismo catalán está ensayando, ahora, su propia coreografía. Un puente a través del cual los conceptos que, en otras circunstancias, nos podrían hacer mejores, se convierten en los pretextos de un genocidio vergonzoso. Así, la nación y la cultura, la lengua y el folclore propios se convierten en los cómplices de una libertad impostada, de una libertad que, según la pintara Delacroix, es una hermosa mujer que guía al pueblo con la bandera y los pechos al aire dejando a su paso la indescriptible desolación de un montón de cadáveres. Es lo que suele pasar cuando se quiere avanzar pisoteándolo todo.


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martes, enero 30

El paraíso perdido


La Telaraña en El Mundo.



 Cuando nos imaginamos el paraíso, pensamos, tal vez, en un lugar tranquilo y accesible, de dimensiones humanas y aspiraciones manejables, en un lugar donde todo parece estar al alcance de la mano, donde el clima es normalmente benévolo y donde la existencia, en fin, acaba deviniendo un ritual más o menos inconsciente, una rutina casi natural, biológica, sin más complicaciones que las que crea, de vez en cuando, la creatividad (o la falta de creatividad) de cada uno y cada cual. Podríamos decir, pues, y sin ningún temor a estar exagerando en demasía, que Mallorca, sin tener que ir mucho más lejos, nos vale perfectamente como magnífico ejemplo de ese paraíso arquetípico y hasta estereotipado con el que, a veces, soñamos retorciéndonos tanto de placer como de dolor.
 Así es, en efecto. La misma voz que nos dice, nos susurra, nos deletrea desde las tinieblas de alguna insoportable pesadilla, que el paraíso nos fue arrebatado en algún descuido fatal que tuvimos una noche cualquiera que ya no recordamos, también nos dice, esa misma voz nos dice, nos susurra, nos deletrea que llevamos toda la vida (y lo que nos queda) refugiándonos entre sus árboles del bien y del mal, recostándonos en sus dunas de arena, disfrutando de su refulgente sol y recorriendo sus angostas callejuelas de piedra tan repletas de antiguas y benévolas sombras, de turistas y viandantes, como, por desgracia, de mendigos durmiendo a la intemperie (en el Pasaje tan literario como abandonado de la calle Olmos, por dar una pista a las autoridades que debieran leernos y no nos leen) y de basuras de todo tipo sin recoger. No existe otro paraíso que el paraíso perdido. Es una putada. Un golpe bajo. Vaya si duele.
 Pero tampoco hay que darse mucha importancia. Tenemos nuestros mendigos como tenemos nuestros políticos, nuestros comisarios lingüísticos y nuestros críticos literarios; y si nos cuesta tanto diferenciarlos es porque todo anda revuelto y hay demasiada basura expuesta. Eso sí, nuestras basuras son nuestras: son lo más nuestro que tenemos. Pues igual sucede con el paraíso. El paraíso que hemos perdido es el mismo aquí que en todas partes: en todas partes existen ángeles degradados, ángeles caídos, que alguna vez fueron seres humanos, pero que ya no lo son. No pueden serlo, porque no recuerdan haberlo sido. Es así como el paraíso va perdiendo sus virtudes y se convierte en una obsesión o una quimera, la constatación de que todos acabaremos siendo esos mismos mendigos a la intemperie de la calle Olmos, porque sólo somos un recuerdo fugaz que regresa, una sombra famélica que, al fin, se arma de valor suicida y se deja deslumbrar por la luz; es, entonces, cuando se muestra tal cual es. La luz la aniquila y, salvo su última sonrisa, todo lo demás desaparece.

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viernes, enero 26

Cantos de sirena


La Telaraña en El Mundo.



 No sé si la actualidad merece ser tratada como una lamentable crónica de sucesos en la que no cabe respeto alguno hacia la intimidad y la vida secreta de las personas o como una tertulia frívola y, a la vez, grosera, donde se entremezclan, igual que se amontonan, los gritos y poses más teatrales, los ademanes más gratuitos, las acusaciones a destiempo, las confesiones de parte, la estúpida retahíla de lugares comunes donde nos acabamos convirtiendo en grumos del mismo lodo, en miasmas de la misma masa amorfa en descomposición, no sólo ética o moral, sino también, y como colofón, física.
 Puede, en fin, que dé lo mismo y que ya se encargue el tiempo de ir revelando a quien sepa ver (y tenga la paciencia, la curiosidad y el estómago suficientes como para aguantar el espectáculo) el auténtico rostro interior de los que convierten su existencia en una impostada exhibición de sí mismos: un bodegón que se descompone a la velocidad minuciosa del vértigo mientras se va llenando de seres, tal vez chiquititos, minúsculos, pero también fieros, terribles, monstruosos. Ese sarpullido letal no es ninguna broma.
 Es por ello, entre otras cosas, que no todo ha de ser revolcarse, por ejemplo, con las andanzas flamencas de Puigdemont por mucho que nos divierta o aterre su inconsistente flequillo, su incrédula sonrisa, su futuro escrito entre los barrotes negros de una cárcel como entre las barras gualdas y rojas de la bandera que ama o dice amar. No todo ha de ser, pues, tampoco, alarmarse o enfurecerse más allá de lo justo y saludable con el persistente y rotundo sectarismo lingüístico que padecemos en las islas: nos gobiernan un grupito de retóricos de manual sin la sagacidad necesaria para interpretar la luz premonitoria de un faro en mitad de la tormentosa bruma, un grupito de ahistoricistas inconscientes y leves, fútiles, sin más brújula ni astrolabio en sus cartas de navegación que los pentagramas mordidos de los cantos de las sirenas: el hermosísimo y aterrador sonido del naufragio, la derrota, el amor estrellándose, finalmente, contra los malditos arrecifes de la realidad. La demagogia, en efecto, es el más terrible de los monstruos. ¿O era, en realidad, la peor de nuestras razonables pesadillas?
 Miro alrededor y palpo el mundo como quien palpa un gélido espejo y sabe que no puede ni quiere escapar de su propia imagen en ese espejo, en ese mismo espejo que nos rodea y que pensamos es el espejo de los otros: así es, por supuesto. Nosotros somos los otros un instante antes y un instante después de estrellarnos contra nosotros mismos. Duramos esa explosión, ese fulminante parpadeo, ese tiempo que no podemos medir porque no tenemos fe en el pasado y no creemos, tampoco, en el futuro. Es cierto, duramos muy poco.

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martes, enero 23

Los hikikomori


La Telaraña en El Mundo.




 Sé de un joven que, fuera de las clases escolares, se pasa las horas encerrado en su habitación visionando películas manga en versión original con subtítulos en español, con la esperanza, dice, de aprender el idioma nipón. Algo ha aprendido, en efecto, pero no todo va a ser el lento aprendizaje lingüístico de esa cultura tan teatral. Así, cuando los amigos le requieren, se sumerge en interminables y violentas sesiones de juego online donde lo normal es acabar a gritos e insultos, bloqueándose los unos a los otros y viceversa para, tras la crispación general, reiniciar otra interminable sesión de juegos: otro día literalmente echado a la basura, porque no es comprensible que cuando sólo se tienen dieciocho años (o quince, veinte o veinticinco, tanto da) uno se aparte del mundanal ruido y se sumerja en el ruido infernal, este sí, este también, de la realidad virtual, ese exquisito oxímoron, esa guerra de guerrillas y píxeles donde uno muere y renace en el acto. O casi. Una vez y otra. Constantemente.
 El ejemplo me sirve para ir un poco más allá y acercarme al fenómeno de los hikikomori, una epidemia entre la juventud japonesa que, poco a poco, va contagiándose entre nosotros. En Mallorca ya hay cinco jóvenes siendo tratados, en Proyecto Hombre, de este síndrome de reclusión y alejamiento, de abandono y dejadez extremas, de locura y autodestrucción terminales. Duele, en efecto, pensar qué hubiera sido de nosotros si nos hubiéramos negado, en algún momento, a seguir descubriendo la vida según la propia vida se nos va, día a día, desvelando. Duele pensar qué hubiera sido de nosotros si en alguna estación del largo y tortuoso viaje de la vida hubiéramos decidido bajarnos en marcha y perdernos entre la niebla artificial de una nube que dice contenerlo todo y que sospechamos, sin embargo, que está vacía. ¿Tan vacía como nosotros? Es posible, pero eso hay que descubrirlo según corresponda, a su debido tiempo: quizá nunca.
 Pertenezco a una generación que jugó en las calles mucho más que en casa y que se dejó las monedas del sueldo semanal en los futbolines, billares y pinballs. Eso fue así, porque no tuvimos más consolas ni videojuegos que los que fuimos comprando, posteriormente, a nuestros hijos. Así, viéndolos jugar a ellos, y también jugando con ellos, fuimos aprendiendo a dar los enormes saltos de Mario por sobre los hongos de colores y las tuberías verdes de un mundo que fue aumentando de bits, complejidad y definición como quien envejece: es decir, de forma vertiginosa. Recuerdo con especial cariño la NES, la Super NES (mi favorita) y también la primera PlayStation; con las tres me ganaba mi hijo, pero este tipo de derrotas son las que más se disfrutan, porque acaban dando sentido a la existencia. Son inolvidables.


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viernes, enero 19

Textos y pretextos


La Telaraña en El Mundo.



 Las luces y las sombras que burbujean en el monitor asemejan un rumor hipnótico, una especie de imagen líquida y volátil, eventualmente profunda, donde hasta parece posible introducirse, un laberinto virtual donde, de hecho, me pierdo mientras las horas se eternizan y una simple frase retoma mil significados distintos y persigo mis sentidos sin saber, aún, en qué maldito callejón sin salida descubriré el terrible engaño de la inocencia que nos obliga a creer siempre en algo, lo que sea, en cualquier cosa, como si la vida nos fuera en ello. Quizá sea así y la vida sea, tan sólo, lo que nos obligamos a creer contra viento y marea, contra la gravedad furiosa de las apariencias.
 Pero todo puede cambiar -y cambia, cambia muchísimo- el día en que dejas de creer y ya no crees, entonces, en absolutamente nada; y aunque ya no crees en la vida te echas a llorar de emoción o alegría –en realidad, no sabes por qué lloras- cuando compruebas que es posible vivir sin creer en nada, porque la página en blanco sigue reclamando que la emborrones contra el silencio o la ira, contra la violencia, contra todo aquello que no sean palabras pugnando por decir algo, por decir, por ejemplo, no creo en nada, pero seguiré escribiendo como si creyera, al menos, que alguien me está leyendo en este momento. Como si alguien pudiera leerme.
 La semana pasada publiqué una columna titulada «Elogio del sexo». Unos días después alguien me pidió amistad en Facebook. Se la concedí, como suelo hacer siempre: a los cinco minutos el ya nuevo amigo había publicado un mensaje cubriéndome de insultos (a mí y también a El Mundo) por el contenido de ese texto. Naturalmente no le dije nada, le revoqué la amistad y me olvidé del tema. No habían pasado ni ocho horas cuando otra persona me pidió, también, amistad en Facebook. Se la concedí, como suelo hacer siempre, y a los cinco minutos de haberlo hecho pude comprobar que había escrito en su muro unas líneas sumamente elogiosas hacía mí y la columna de marras. No le he dicho nada. No tengo absolutamente nada que decirle.
 De repente, caigo en la cuenta de que llevo un tiempo indefinido, quizá unos minutos, quizá unas horas o unos días, terriblemente abstraído frente al monitor en el que palpita una fotografía de “El grito”, de Edvard Munch. No hay palabras en ese terror: hay un estruendo, un alarido y un aullar de sirenas que me deja sin palabras; y sin embargo no dejo de escribir -ni de leer- palabras sobre el terror, sobre el terror de las guerras que ya han sucedido o sucederán, sobre el terror de saberse solo frente a un grito que es una imagen palpitando en la pantalla líquida de un monitor en el que ando perdido como si fuera Jack Torrance en un gélido laberinto de hojas en blanco. Espero que nadie venga a rescatarme.


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martes, enero 16

La guerra de los mundos


La Telaraña en El Mundo.



 Es muy posible que si, en las pantallas de nuestras vidas, empieza a parpadear en rojo pasión un mensaje alertándonos, urgentemente, de que los misiles ya están en camino y que, por desgracia, no hay vuelta atrás y que el cielo, en definitiva, se nos va a caer, se nos está ya cayendo encima, literalmente, con sus aparatosos carros de fuego y sus asfixiantes nubes radioactivas, es muy posible, entonces, que no tengamos ni humor ni tampoco tiempo para otra cosa que poner cara de escépticos a la fuerza y pensar que todo es mentira, que todo es absolutamente mentira, que algún malware más o menos sofisticado está haciendo de las suyas en nuestros malditos ordenadores, que alguna broma macabra se está cerniendo sobre nosotros, que algún H. G. Wells de pacotilla está repitiendo el simulacro de la guerra de los mundos en este mundo de hoy en día, en que los alienígenas no es que se hayan escondido en el fondo abisal de los mares o las tierras sino que parecen haber tomado, definitivamente, el poder y dedicarse a minar la cordura, la cohesión o la empatía colectivas, a destruir el ancestral espíritu de superación y supervivencia que, como especie dominante que somos (todavía) de la vida sobre la tierra, debería distinguirnos.
 Llegados a este punto, sin embargo, no creo que merezca la pena dejarse llevar por nuestras fobias o filias más o menos personales o, quizá, ideológicas. Es muy posible que los que creemos que nos gobiernan a nivel mundial o local, pienso en Trump como en Armengol, por ejemplo, manden, en realidad, muy poco, poquísimo, quizá nada, y que sea el propio mundo el que lleve, como si fuera el ritmo abrasador de alguna danza interior, una inercia propia, un modo personalísimo de expandirse o contraerse, un movimiento indescifrable que sólo podemos entrever muy de tanto en cuando, según van pasando los siglos y nuestras vidas se convierten en otras vidas y la humanidad juega al escondite consigo mismo y con la historia. Siempre hay un espejo en el que perderse y un botón equivocado que apretar.
 Con todo, lo que ha sucedido en Hawái, además de grave, nos parece increíblemente extraño, extrañísimo: no se puede -o no debería poderse- poner en falsa situación de alarma, crisis y terror casi invencibles a toda una población y dar por zanjado el asunto con la escueta excusa elíptica de que “alguien apretó el botón equivocado”. Menos mal que el botón que apretó ese alguien fue el botón equivocado; porque si no hubiera sido así, igual el cielo se hubiera convertido en un manto sideral de fuego, en una inmensa bandera en llamas con las estrellas (las del cielo y también las de la bandera estadounidense) cayendo como mortíferos meteoritos sobre la faz circunspecta y adolorida, escéptica a la fuerza, de la humanidad entera.



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viernes, enero 12

Elogio del sexo


La Telaraña en El Mundo.



 En «Belle de Jour», de Luis Buñuel, me enamoré locamente de Catherine Deneuve de la misma manera que en «Manhattan», de Woody Allen, Mariel Hemingway, de un lado, y Diane Keaton, del otro, me rompieron el alma: de muy joven tuve una novia adolescente (de la que, por cierto, he olvidado su auténtico nombre) a la que llamaba Mariel o Diane según cómo me sentía, alternativamente, de inocente o inspirado, de amable o lascivo, de feliz o confuso. Creo que ese cortejo, ese ritual (en no pocas ocasiones desinteresado, lúdico, experimental) es una de las buenas costumbres que me alegro de no haber dejado de practicar nunca; incluso en estos días de reivindicaciones virales en el incendio tumultuario de las redes sociales, en este aquí y ahora, tan virtual como promiscuo, donde los ejércitos de robots campan a sus anchas y uno debe medir con lupa las palabras que va deslizando no se vaya a molestar alguien, no vaya a ponerse en pie de guerra algún que otro colectivo con los engranajes de la ira desbocados y la sensibilidad herida o a flor de piel.
 Precisamente, Catherine Deneuve acaba de salir a la palestra pública para defender la libertad sexual y también sus imprescindibles códigos y rituales frente al puritanismo castrador que se percibe o se intuye, por desgracia, tras la cascada infernal de denuncias por acoso sexual con fecha de caducidad incalculable y la contagiosa etiqueta #MeToo.
 Siempre tuvo el sexo -y lo sigue teniendo- algo de baile arquetípico y plegaria mística, sudorosa, algo de conquista de la alteridad y búsqueda obsesiva de lo desconocido, algo de caza extrema y desesperada al anochecer, algo de humanidad que se sabe incompleta y perdida, que busca completarse y tomar las riendas de su auténtico, de su propio destino. Algo de confidencia en voz muy baja y a media luz y en el lenguaje ancestral de nuestros mayores, algo de violencia o ternura indescriptibles cuando la violencia y la ternura son, exactamente, la misma cosa. Algo de filosofía compartida en un abrazo o en una cópula donde la vida y la muerte se resumen en un temblor incontrolable. En un alarido.
 Con todo, no parece que sea este, en absoluto, el mejor de los momentos para salir a las calles a lanzar piropos, sonrisas y abrazos más o menos galantes a las mujeres. Y, sin embargo, lo es: es el mejor de los momentos, porque la gente de carne y hueso, la gente normal y corriente como nosotros, sigue necesitando, más que nunca, que le sonrían sin morderle, que le cortejen sin avasallarle, que le abracen sin estrujarle, que le confirmen, en definitiva, que todos estamos hechos de la misma sustancia que los dioses: el espacio, el tiempo y el placer, absolutamente humano, de intentar moldearlos (y moldearnos) a nuestro antojo. Según corresponda.


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martes, enero 9

Los suicidas


La Telaraña en El Mundo.


 Todos estamos siendo puntualmente informados de la gran cantidad de personas que el tráfico rodado de nuestras carreteras se va llevando por delante o por detrás, día a día, hora a hora, puente festivo a puente festivo: se va llevando por delante, directamente a la oscuridad innombrable del otro barrio, o se va llevando por detrás, hacia la incierta y espectral luz blanca de las salas de los quirófanos, las lentas y sudorosas colas de la rehabilitación ortopédica, la inmovilidad resignada o la crispación inasumible de los que nunca volverán a ser los que fueron. Nunca se vuelve a ser quien ya se ha sido, pero cómo explicárselo al que no lo sabe o no lo siente así. Es que no hay manera.
 Todos estamos, asimismo, siendo puntualmente informados de la gran cantidad de personas que son víctimas de multitud de circunstancias adversas y, sobre todo, injustas. Pienso en los malos tratos, por ejemplo, que los más fuertes infligen a los más débiles. O en la violencia más o menos sexual, machista, doméstica o, quizá, de género. Pienso en el acoso constante, la manipulación y el sectarismo piramidal en las escuelas y las redes sociales. O en el dolor y la desolación, la devastación personal y familiar que produce el abuso del alcohol y las drogas. Pienso en las armas de destrucción absolutamente masiva que, nos guste o no, estamos ayudando a mantener entre todos cuando nos vence la comodidad, la inercia rutinaria del pensamiento y nos dejamos llevar a favor de corriente hasta desaguar, como no podía ser de otra forma, en el mismísimo vacío: en ese lodo acomplejado y populista, en esa llaga infecta donde el lenguaje en vez de ser un afilado bisturí acaba siendo una venda inútil en la herida y también en los ojos, una asfixiante mordaza en el pensamiento que habría de desentrañarla y que ya no podrá, por desgracia, hacerlo.
 No se nos informa, sin embargo, de otras muchas cosas; de algunas, directamente, porque ni nos enteramos y de otras, porque algún pesado estigma o tabú se ha posado sobre ellas, como sobre nosotros. Me refiero, por ejemplo, al elevadísimo número de suicidios consumados que se producen en la sociedad en que vivimos y morimos. Estaríamos hablando, aquí en las Islas, de casi el doble de fallecidos por suicidio que por accidente de tráfico. Ahí es nada. Huelga decir que coincido con Javier Torres, decano del Colegio Oficial de Psicólogos de Baleares, en que conviene que la sociedad sea informada de este problema sin temer, por supuesto, a ningún posible efecto rebote de contagio por imitación o lo que fuere. El principal y, quizá, más célebre pensador, analista, fabulador, desmitificador y hasta propagandista del suicidio fue mi admirado Emil Cioran y, sin embargo, murió a los 84 años. De viejo, claro.




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viernes, enero 5

Noche de Reyes


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 En la sala de estar, junto al pequeño árbol navideño y el diminuto belén de barro y musgo, un niño sueña con la larga lista de regalos que pidió a los Reyes Magos. Escribió su carta con caligrafía temblorosa y la dirigió a Melchor, Gaspar y Baltasar, aunque su preferido fuera, desde siempre, este último, seguramente porque es negro y su sonrisa le parece mucho más grande y también más sincera que las de Melchor o Gaspar: no sabría muy bien explicar por qué. Tampoco es necesario, en absoluto.
 Afuera (en la calle, en la selva, entre las arenas movedizas, en el interior angosto y funcionarial de las mazmorras con látigos, banderas, sogas, argollas y potros de tortura de algunas ideologías) es de noche, porque siempre es de noche afuera y puede, incluso, que haga frío o que nieve; puede que llueva o que granice; puede, incluso, que haga un sol resplandeciente y que, sin embargo, haya gente muy mala embozada en las esquinas: gente que, según dicen, se come crudos a los niños o se los lleva en un saco enorme a algún país terrible donde los niños trabajan de por vida como esclavos haciendo juguetes para otros niños y no pueden jugar con ellos ni tampoco tener sueños, porque tener sueños que no se pueden cumplir duele mucho, duele muchísimo. Duele todo.
 Pero no hace falta llegar a voltear tanto las cosas. La realidad es un sitio absolutamente decepcionante si somos lo suficientemente estúpidos, demagógicos o retóricos como para intentar aprehenderla de golpe o describirla por completo, con todos sus infinitos matices y también con todas sus contradicciones, con todos sus espejismos a cuestas y toda su crueldad expuesta, su monstruosa locura abierta como un inmenso abanico, como un arco iris tendido de un lado al otro del horizonte. Sólo podemos abarcar la realidad que podemos exactamente abarcar; sólo esa y ni un ápice más. No deberíamos olvidarlo.
 Hoy es día, tarde y noche de reyes y magos desfilando lenta y solemnemente por las calles, por las selvas, por las arenas movedizas, por las mazmorras siniestras de los escribas y fariseos que gustan de falsear la realidad y disfrazarla de cualquier otra cosa más o menos trivial o trágica, risible: no importa demasiado de qué. Hoy es día, tarde y noche de sueños que fueron, quizá, infantiles y que, por supuesto, siguen (y deben seguir) siéndolo, porque no hay ningún motivo racional o lógico que nos obligue a dejar de mirar el cielo y observar la oscuridad y también la estrella refulgente allá a lo lejos, quieta en lo más alto, brillando, parpadeando, proclamando, tal vez, el nacimiento de un niño cualquiera en un portal o pesebre cualquiera, celebrando que a cada instante nace alguien distinto y que el mundo cambia con él. O puede cambiar. O cuánto nos gustaría que cambiara.




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martes, enero 2

El pasaje y los mendigos


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 Hubo un tiempo ya lejano en el que, justo al salir de casa, tenía a mi entera disposición las mejores librerías y libreros del universo. O casi. Me refiero a Logos y, muy en especial a su dueño, Domingo Perelló, de quien recuerdo que aceptó venderme a plazos el diccionario María Moliner, aunque yo, creo que agradecido por su gesto, se lo acabé comprando al contado. Me refiero a Casatomada, donde Horacio Alba dio a luz la revista del mismo nombre donde algunos amigos, como el granadino Raúl Ximénez, por ejemplo, lograron publicar sus primeras o, quizá, segundas lecciones magistrales. Me refiero, en fin, a Signe Llibres, donde Leonardo Sainz resistió vendiendo libros y promoviendo encuentros culturales hasta que el cuerpo y, quizá, el alma le dijeron basta. Todos esos lugares ya no existen.
 En el pasaje donde vivo, donde parece, aunque no sea así, que he vivido toda la vida, ya no se respira, por lo tanto, el indescifrable perfume alquímico de los libros y, en su lugar, parece que la desolación más absoluta va tomando cuerpo y ocupando, poco a poco, todos los rincones. Es verdad que unos emprendedores paquistaníes han abierto un estupendo colmado que no cierra nunca, jamás, y que unos jóvenes, travestidos de monjes más o menos tibetanos -creo que estoy de coña, pero no estoy muy seguro- han ocupado un local para embriagarnos con el sabor añejo de su cultura milenaria. También es verdad que hace unos pocos años abrieron una pequeña tienda de vinilos, muy bien surtida, por cierto, pero también lo es, por desgracia, que en el pasaje ya no se respira la música de Antoni Torrandell (que es, a fin de cuentas, el músico que le da nombre) ni hay forma alguna, tampoco, de adentrarse en las estanterías prodigiosas de la mítica Discosilba, convertida a día de hoy en una especie de almacén inmemorial repleto, por lo que puede intuirse desde el exterior, de cacharrería variada y hasta tumultuaria.
 Actualmente, al salir de casa me encuentro como en un callejón sin salida del peor Harlem, como en un desfiladero hacia ninguna parte donde la suciedad y el espanto indiscriminado de los grafitis son el único signo de vida. O casi. Están también los mendigos que duermen bajo las escaleras que conducen a la Plaza de los Patines, donde otros mendigos hacen lo propio exhibiendo uno de ellos, en particular, el ajuar casi completo de la que debió ser su última morada, antes de quedarse en la puta calle. Estoy seguro de que los turistas que entran o salen del Celler Sa Premsa (como yo mismo, porque en ese magnífico celler he vivido numerosas celebraciones familiares) se llevan de Palma una imagen que no sé yo si es la que nos merecemos. Supongo que sí, porque tenemos el alcalde republicano (o lo que sea que sea) que hemos elegido: ajo y agua.


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viernes, diciembre 29

Despidiendo 2017


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 El año se va apagando y, muy pronto, sólo le recordaremos, tal vez, algunos fulgores intermitentes y algunas sombras mezquinas, algunas exhibiciones más o menos impúdicas, varios desastres puntuales, unas cuantas hecatombes políticas consentidas no se sabe muy bien cómo y una dolorosa y punzante desazón general, alargada, alargadísima. 2017, en efecto, ya va camino del cementerio virtual donde los elefantes más viejos se arremolinan y dan sus últimos pasos de danza, exhalan sus últimos suspiros y, finalmente, expiran.
 No lo digo con ningún alivio especial ni, tampoco, con sorpresa. Suele pasar cada año -y uno se habitúa a ello incluso sin pretenderlo- que los años van deambulando más o menos alborotados o circunspectos hasta que, finalmente, ceden, se enroscan en sí mismos, se quedan sin hojas a las que aferrarse en los calendarios de la vida y enmudecen dando paso a un nuevo año tras las doce campanadas de rigor y el incomprensible estallido general de júbilo. Se renueva el tiempo al igual que se renueva la naturaleza y en el aire de todos se dibuja un cielo nuevo que siempre quisiéramos distinto y mejor, distinto y purificado. Así es como nos renovamos también nosotros; o eso decimos, sin saber muy bien por qué lo decimos.
 Esta es, por lo tanto, la hora púrpura, quizá, de las contabilidades -literarias, artísticas, políticas o sociales- que tanto gustan a los que se atreven a ejercer de expertos (gurús de cualquier cosa, de lo que sea) porque el hombre, al parecer, es un lobo hambriento para el hombre y hay que sobrevivir -esa orden es muy antigua- como mejor se pueda; y a las estructuras sumarísimas del poder les fascina, por supuesto, poder manejar a su antojo unas ficticias coordenadas comunes en las que inscribirnos a todos y ponernos firmes y pasar solemnemente lista cuando corresponda: cada hora, cada minuto, cada instante más o menos electoral de cada día de cada año.
 Echo un vistazo a las novedades literarias de mi biblioteca. Releo el catálogo de las películas que creo haber visto durante los últimos doce meses. Recuerdo los muertos ilustres y los cadáveres más exquisitos del año. Una agenda me advierte de que hoy (ayer, para el lector) es el Día de los Santos Inocentes. Estoy, pues, de fiesta. Agito la agenda por ver qué se me cae del año sobre la mesa. Vaya desastre. Me va a costar limpiar este estropicio: Kim Jong-un, Trump, Putin, Puigdemont y sus respectivas tropas, los nacionalistas, soberanistas y populistas en Baleares, la turismofobia de los más torpes, el bitcoin y la manipulación en las redes sociales, España y la Cataluña de nadie y de todos, el año segundo del Brexit, la violencia de sexo, de género, de pena, el yihadismo que no cesa… Podría seguir, pero para qué. Feliz Año Nuevo.


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martes, diciembre 26

El abrazo del oso


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 La noticia es triste y dura. La Guardia Civil ha detenido en Mallorca a varios miembros del clan de los Maldonado que se dedicaban a robar a personas de avanzada edad mediante el procedimiento del «abrazo amoroso». Esto es el colmo. Ya no se puede llegar a ser un venerable anciano, a quien los abrazos deberían lloverle por solidaridad, admiración o simplemente ternura, sin que suceda todo lo contrario y algunos desalmados les abracen sólo para dejarles sin reloj y sin cartera, sin ese reloj que llevan lustros mimando para que no se detenga y sin esa cartera de piel muy arrugada donde las migajas de la pensión naufragan como anclas dormidas en el espejismo titubeante de una clepsidra, en el lecho de un mar desarmado y medio vacío.
 Creo que, en general, no soy demasiado efusivo. No acostumbro repartir besos sin ton ni son como sí hacen muchos. Tampoco tengo el menor interés en estrechar las manos de los conocidos o por conocer con los que me tropiezo ni se me ocurre, por supuesto, abrazarles como si hubiera, de repente, perdido el equilibrio y los necesitara para no dejarme engullir por no importa qué profundas arenas movedizas. Nada de eso. Tiendo más a guardar las distancias y medir los tiempos, sin olvidar, por supuesto, que hay besos y besos, abrazos y abrazos, y que todo depende, al final, de quién sea la persona que nos bese o abrace. La física acaba siendo fundamental cuando hablamos de la química entre las personas.
 Con todo (y dejando de lado, por esta vez, la vileza moral de algunos delincuentes o la degradación general de las relaciones humanas) creo que la clave del abrazo perfecto es inmovilizar del todo a la persona abrazada, dejarla tiesa, sin respiración, exhausta de sorpresa, felicidad y alivio, finalmente, al librarse de las garras amorosas del oso. Pasa, sin embargo, que hay diferentes clases de oso. Están, por ejemplo, el joven barbado y con raspas y la chica alegre, rebelde y con causa, con exuberantes, con generosas intenciones; y con un abrazo, entre ideológico y carnal, que siempre se convierte en el postureo idóneo para una foto que alguien subirá, seguro, a las redes sociales, porque hay que crear opinión y mantenerla y no enmendarla.
 Está, también, la antigua amistad, la que ya habíamos, de hecho, olvidado por completo, que nos detiene, de repente, para abrazarnos como si se tratara de bailar agarrados en alguna pista de baile del pasado y acariciarnos, así, el lomo, la espalda y la médula de los recuerdos: le agradecemos el masaje porque sabemos, pese a todo, que la amistad es algo importante y un reencuentro feliz es siempre un buen pretexto para convertir la ficción de la nostalgia en algo tangible y real, en algo por lo que merece la pena seguir viviendo. Incluso en Navidad. Felices fiestas.



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viernes, diciembre 22

La paradoja


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 Igual que hay gente que vive en el interior solitario de una burbuja, también los hay que vivimos en el interior multitudinario de una paradoja. El tiempo pasado y el tiempo futuro nos asedian, entrelazándose como si fueran la misma cosa, interfiriendo el uno en el devenir del otro, mientras intentamos controlar la situación y nos revolvemos, inquietos, en ese lugar incómodo, estrecho, intermitente, en que vivimos, en ese lugar que no tiene nombre, pero que es el instante presente, el instante en que hacemos lo que hacemos, lo que hicimos, lo que haremos; el instante en que la vida se nos muestra como un viaje instantáneo a través de algún agujero negro: el parpadeo que es, el parpadeo que somos.
 Así, por ejemplo, mientras escribo estas líneas los catalanes están votando para salir del atolladero en el que se encuentran actualmente, en el que se encuentran y se contraen, se doblan de dolor e ira sobre sí mismos; y el dolor y la ira se enquistan, se hacen fuertes e irradian una luz cegadora y se disipan, entonces, se difuminan, se convierten en nada la identidad o la historia, la identidad o el orden social, la identidad o el seny de la tribu, la identidad o las zafias mentiras con las que se educa a los niños convirtiéndolos en títeres de un ejército que debiera marchar despierto y alegre hacia la vida y que, sin embargo, marcha crispado y sonámbulo hacia los acantilados sentimentales de la manipulación y el fracaso; se les convierte en herederos y mártires de una letanía absurda de dioses y héroes, de seres míticos que hicieron esto y lo otro y lo de más allá; se les tatúa, se les marca a hierro con falsas señas de identidad y se les convierte en siervos de una ficción que debiera ser de libertad y es sólo de sumisión, decrepitud y pestilencia. ¿Obrará la contabilidad electoral el milagro de vencer al nacionalismo sin caer en las garras del populismo? Pero ya saben la respuesta.
 Mientras ustedes leen estas líneas los niños de San Ildefonso estarán, seguramente, cantando números y repartiendo premios como quien espera del azar una ayuda razonable, un golpe de suerte, un amago fulminante de luz que, en vez de cegarnos del todo, nos abra ese otro callejón sin salida que es (y no debiera ser) el futuro. Hablamos mucho del futuro, como si la vida fuera algo que pudiera aplazarse para después o para más adelante, como si pudiéramos ir más allá de este día a día de cada día y detenernos en algún lugar y observar cómo tiemblan, cómo palpitan todas nuestras palabras, ideas y creencias; observar cómo todo ese espléndido revoltijo que creemos ser va ocupando nuestro lugar: y es entonces que comprendemos que tan sólo somos lo que hacemos, lo que hicimos, lo que haremos. ¿Mucho, poco? Todo lo que quepa en el interior de una paradoja.

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martes, diciembre 19

El sol se puso en Flandes


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 Abrí los ojos mientras en la pantalla iluminada del televisor los principales candidatos a las elecciones autonómicas del 21D (a excepción de los encarcelados o de jarana marcial y propagandística por Bruselas) se descalificaban, sucesiva y alternativamente, los unos a los otros. Todos a la vez. Todos a una. No sé de qué realidad hablan, pensé, mientras los párpados se me volvían como de plomo y los acababa dejando caer buscando el refugio de la oscuridad. Pasaron diez o quince minutos. Pasó, tal vez, media hora, y seguía escuchándolos, a los candidatos, cada vez desde más y más lejos. La manipulación contable y política se entremezclaba con la manipulación sentimental y, mientras tanto, el país (y tanto da si hablamos de España o Cataluña) se volvía muy grande o muy diminuto, explotaba en millones de pedazos o hacía todo lo contrario: lo acababa ocupando todo y el sol, entonces, no se ponía jamás en sus dominios; salvo en Flandes, donde los sueños. Precisamente ahí.
 Cerca de Grand-Place y el Manneken Pis, en Bruselas, me había perdido al salir de unos grandes almacenes y, preguntando a la gente con un plano indescifrable de la ciudad entre las manos, una señora de mediana edad, finalmente, me invitó a subir a su lujosa limusina para llevarme hasta el albergue estudiantil en el que me alojaba con mis compañeros del colegio San Francisco en viaje de estudios de 4º de Bachillerato. Yo debía tener unos catorce años y, visto el asunto desde tanto tiempo atrás, toda la suerte del mundo a mi favor, porque aquella buena señora, muy elegante, bien vestida y educada, podría haber resultado ser, por ejemplo, una independentista de tomo y lomo, una nacionalista feroz o algo incluso peor y haberme hecho pues qué sé yo y, sin embargo, me condujo -recuerdo que estuvimos hablando sobre Mallorca en francés: todo el mundo conoce Mallorca en Flandes- sano y salvo, felicísimo, hasta donde, con toda probabilidad, no hubiera sabido llegar sin su generosa ayuda.
 ¿Hice bien, me pregunto ahora, subiéndome a ese automóvil con un chofer trajeado y una perfecta desconocida envuelta en sonrisas y pieles? Pues no sé yo, pero creo que sí, aunque es muy posible que no le recomendara a ningún niño de mi edad de entonces que se subiera, ahora, a una limusina desconocida en busca de algún lugar imposible de encontrar en el mapa arrugado de la existencia. Hay que ver cómo pasa el tiempo y cómo acabamos olvidando nombres, rostros y también situaciones de peso, pero no, en cambio, algunas anécdotas aparentemente insignificantes. Será que sospechamos que son, precisamente, las que nos han conducido, paso a paso, curva a curva, hasta el momento presente. No es nada fácil llegar a donde uno ha llegado, incluso si uno no ha llegado a ninguna parte.

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viernes, diciembre 15

El paso del tiempo


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 Tengo sensaciones contradictorias sobre el paso del tiempo. Sobre el paso inexorable del tiempo, me digo, mientras jugueteo con un pinball virtual -un videojuego- y recuerdo aquellos pinballs mastodónticos con los que jugaba en algunos bares cuando aún no había tragaperras y la gente se echaba el humo del tabaco a la cara y no pasaba absolutamente nada. Nunca pasa absolutamente nada, salvo el tiempo que pasa y no se detiene y sigue pasando y nos deja recuerdos, algunos placenteros y otros insoportables, recuerdos como cardenales grabados a fuego en la piel, el cuerpo, el alma, en el larguísimo catálogo de lo que somos y hemos sido, de lo que seguimos siendo, de lo que algún día, tal vez, llegaremos a ser. No hay que perder la esperanza.
 Pasa con el tiempo, igual que con nosotros, que la forma en que vivimos va cambiando muy mucho con el paso, entre lento y atropellado, de los años. En efecto, me miro en el espejo y me veo mucho más joven y fuerte de lo que soy o, al contrario, me veo viejísimo y abrumado, en fin, por vaya usted a saber qué sucesión infinita de días y noches repetidos, qué soledad de siglos auscultándome en ese mismo espejo donde parezco estar confinado desde que era un niño, un adolescente, un joven, una persona adulta, un anciano precoz o definitivo, un fulgor por nacer o ya agotado, un golpe misterioso del azar en el mosaico azul oscuro del firmamento, en el polvo sin cuajar de las estrellas fugaces que seguramente somos. Es verdad, podemos ser cualquier cosa.
 Pasa el tiempo, decía, y nosotros, la mayoría de nosotros, al menos, mejoramos en algunas cosas y empeoramos en otras. No sé si el balance final es positivo o no; de hecho, tanto me da. Tengo un armario repleto de cosas que escribí en otro tiempo, de papeles repletos de proyectos e ideas, de folios arrugados, de recortes de prensa, revistas y suplementos literarios en los que participé de algún modo. Si me atreviera a desempolvarlos observaría que ya amarillean, que ya se cuartean, que ya el tiempo corroe sus entrañas vegetales, su pasado de papel y tinta y su futuro de ignoro qué extraña sustancia, qué inmensa soledad, qué silenciosa ausencia. Todo lo que escribimos es, quizá, lo que finalmente somos. O lo que nos gustaría haber sido.
 Tengo sensaciones contradictorias sobre el paso del tiempo. El dolor y el placer del pasado me parecen un simple cosquilleo infantil comparados con el dolor o el placer del instante presente. De este instante en que, de alguna manera, convoco todos mis fantasmas personales y me pongo a escribir estas líneas sobre el tiempo y soy absurdamente feliz porque sé que el tiempo no se detendrá a juzgarme: pasará de largo, mientras yo intento descifrar mi propia letra, mi propio conjuro: la asombrosa receta de la existencia.




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martes, diciembre 12

El parking de Olmos


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 No sé si algún selecto miembro de Cort, que ya demostrara en el pasado que no le gustan, en absoluto, las terrazas más o menos multitudinarias o pintorescas de los bares, está estos días de lluvia, viento y tormentas con nombre propio y de mujer, frotándose las manos. Quizá sí. Quizá no. Resulta que la peculiar legislación urbana en vigor está ofreciendo a quien guste la penúltima gran ocasión, tal vez, de cargarse de un plumazo unas cuantas terrazas y hasta de convertir una calle peatonal en un auténtico guirigay de coches entrando y saliendo de un aparcamiento subterráneo por entre la copiosa riada humana que transita, a casi todas horas, la calle Olmos. Espero que se imponga la cordura, pero habrá que ver si es así.
 Hubo un tiempo, si mi memoria infantil no me falla, que los coches de la época, los 600, los Simca 1000 o los 2CV que nunca volcaban, bajaban por Olmos dando tumbos desde San Miguel a la Rambla y yo, como otros muchos niños, jugaba a sortear peatones y coches y también motocicletas negras y raquíticas por sobre una acera donde no había espacio ni para detenerse a mirar un escaparate sin provocar un atasco morrocotudo.
 Luego, mucho más tarde, y hasta hace unos cuatro o cinco años, veía desde mi casa el tejado, repleto de nieve en un memorable par de ocasiones, que guardo en fotografía, de la añorada Llibres Fiol, la mejor librería de viejo que ha existido en Palma; o la mejor que he conocido, que viene a ser lo mismo, aunque no lo sea. Pero esa librería desapareció como tantas otras cosas y, desde entonces, aparte de venderse y comprarse menos libros en Palma, están construyendo en su lugar (y no descansan ni los domingos) un edificio de viviendas al que se le acaba de descubrir, a buenas horas, mangas verdes, un garaje con puerta de entrada y salida por Olmos.
 El desaguisado, se mire por donde se mire, es mayúsculo, absurdo, insólito; es una auténtica locura, que ha movilizado al barrio entero (le han salido al barrio fervientes asambleístas de por todos los lados: hay que verlo para creerlo) y que no parece dejar en buen lugar ni al anterior consistorio, que dio por buena esta imperdonable anomalía administrativa, ni al actual, que de momento, y como en casi todo lo que le concierne, parece no saber a qué atenerse y habla, murmura, resopla, masculla, en fin, sobre compaginar lo que, en el reducido espacio de esta calle principal de Palma, no tiene otra solución que el cierre, la clausura inmediata del garaje o la prohibición de que circule por él vehículo alguno salvo, tal vez, en horas nocturnas. Por ejemplo, cuando el camión de Emaya despierta a todo el vecindario y el agua a presión recorre la calle y la limpia y se lleva también nuestros sueños más profundos. Al garete con ellos. Qué pesadilla.


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viernes, diciembre 8

Las palabras


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 Siendo sinceros hay que convenir en que escribir es una actividad, amén de solitaria, bastante extravagante. ¿Para qué emborronar papeles y más papeles, para qué llenar las urbes de periódicos, para qué convertir la existencia en una sucesión interminable de páginas webs, una monstruosa nube de archivos que nunca lograremos descargar por completo? En efecto, el mundo, el universo, todas las cosas que parecen rodearnos se deshacen, cuando escribimos, en una lluvia que amenaza convertirse en un diluvio, un tsunami, un alud metafórico de palabras más o menos incontenibles; y las palabras, entonces, se hacen mucho más fuertes de lo que realmente son y lo ocupan, lo usurpan, lo inundan casi todo. Casi todo.
 Nos encontramos, pues, sumergidos en un líquido denso e irrespirable, en el interior acolchado de una especie de bolsa amniótica desde la que vemos el mundo como si fuera un desdibujado y pálido holograma, una representación teatral e inacabada, un ir y venir mecánico y terrible de imágenes que intuimos ciertas y hasta verdaderas, pero que pueden, en realidad, no serlo, un querer y no poder penetrar, definitivamente, en la esencia misma de la vida. ¿Dónde si no querríamos penetrar y, sobre todo, perdernos? Más allá de otros mil matices, lo diré una sola vez, pero lo diré claramente: las palabras no nos sirven, porque no nos sirven por completo y ya no es hora de medias tintas, las palabras no nos bastan, porque siempre hay un abismo aquí al lado, aquí enfrente, aquí adentro, en el que podemos despeñarnos, pero no, por desgracia, regresar para contarlo.
 Decía, dije arriba, que las palabras lo ocupan, lo usurpan, lo anegan casi todo. Ese casi, que podría parecer, sin serlo, una simple concesión al lector, constituye, quizá, la clave fundamental del complejo proceso que nos engulle del todo cuando intentamos conocer algo, no importa si se trata del mundo entero, de una pequeña parte o, tan sólo, de nosotros mismos, no importa si se trata del mundo que compartimos y damos en llamar real o si se trata del otro mundo, desconocido y privado, que inventamos cada día para no tener que enfrentarnos a tantas cosas que nos superan, trastornan, agreden.
 Así es, siempre queda una pequeña rendija por la que fluye el río inmóvil de la existencia, un desagüe redentor por el que se renueva el material infecto que cada día generamos, un mínimo lugar de salida (y, por lo tanto, también de entrada) por el que, de vez en cuando, cabe que aparezca alguna luz en los cielos que nos guie por entre las trincheras, las zanjas, las zarzas en llamas de esta pintoresca tierra ocupada en la que, pese a todo, intentamos vivir. (Nota final. Unos se van a Bruselas. Creo que es buena época para irse tanto a Belén como a Jerusalén, regresar y contarlo.)

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martes, diciembre 5

Los mercadillos


La Telaraña en El Mundo.




 Una de las cosas que nunca he dejado de hacer es asenderear mercadillos, visitar bazares, auscultar tenderetes de antigüedades, que muy pocos distinguen si son antiguas o sólo viejas, libros de segunda o tercera mano que, sin embargo, nadie ha leído ni leerá nunca, vinilos dolorosamente rayados y, acaso, inservibles, pero con carátulas magistrales o memorables, ropa vieja y también usada o de stock, de saldo, prendas que nadie ha vuelto a vestir desde que un día aciago, quizá remoto en el tiempo, su dueño se cansara de ellas o las olvidara en algún arcón de madera carcomida, porque casi todo se acaba olvidando en esta vida, hasta que la vida misma nos olvida, finalmente, a nosotros.
 Sin embargo, estoy seguro de que las cosas, los objetos más o menos personales, que nos van sobreviviendo por los motivos que fueren, nunca pierden nuestro recuerdo y, con él, la esperanza de que un nuevo dueño, uno cualquiera, alguien capaz de valorarlos como se merecen, los devuelva, siquiera sea por un instante, a la vida. ¿Por qué no habría de ser así, si así la vida de todos gana en continuidad, en belleza, en armonía, en humanidad, en perseverancia?
 Supongo que es por eso, tal vez, que me asombran desde siempre esas raídas alfombrillas extendidas en el suelo donde se amontonan infinidad de objetos viejos, pero quizá no obsoletos, esas auténticas montañas de objetos revueltos y presuntamente inútiles en los que lo único relevante, en principio, es el paso marcial y caótico del tiempo, las arrugas, las grietas, la carcoma, la polilla, el polvo, la brisa mezquina y acerada, como una cuchilla con dientes de sierra careados, que lo va deteriorando todo hasta convertirlo, sin embargo, en algo distinto, renacido, venerable. Es así, aunque no pueda ni quiera demostrarlo, que lo que teníamos por estéril viene, al cabo, a resucitar y hasta a recobrar, incluso aumentado, el valor que antaño tuviera y que había, desgraciadamente, perdido; y es entonces que le brota un aura de solemnidad, una orgullosa pátina de autoestima.
 El otro día, por ejemplo, me compré en una tienda de Caritas en Palma unos Levi's 501 tan americanos como los “Livais” (así los pronuncian en inglés y en spanglish) que compré, hace unas semanas, en Nueva York («Made in Mexico», dicen las etiquetas de todos ellos) pero estos últimos me costaron, al cambio, unos cuarenta euros y los del bazar palmesano tan sólo cinco y sin tener, faltaría más, que viajar hasta la última esquina del fin del mundo. Las cosas tienen, por lo tanto, un valor fluctuante, porque la oferta le debe mucho al azar y la demanda se lo debe casi todo a la necesidad; y todos sabemos, por propia experiencia, me temo, que el azar y la necesidad nunca se han llevado demasiado bien. Todo lo contrario.

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viernes, diciembre 1

Sectarismo y realidad


La Telaraña en El Mundo.





 Encuentro en la web de la Unió Obrera Balear y, en concreto, del UOB Ensenyament un póster en contra de Olga Ballester y Xavier Pericay, dos de los pocos políticos isleños que osan denunciar el adoctrinamiento que padecen nuestros escolares. Bajo sus fotografías sólo falta, aunque se intuya, el imprescindible y amenazante WANTED; así se las gastan, al parecer, estos sindicalistas bajo el mando docente de Jaume Sastre, el rey del barco de rejilla y las huelgas de hambre en pro de esa Cataluña grande, medieval y oscura, oscurantista, esa pesadilla de cuartel y militancia que parece anidar en sus venas. ¿Por qué han de sufrir nuestros hijos el adoctrinamiento catalanista? Supongo que no hay una sola respuesta para esta pregunta. Tampoco hay un solo culpable.
 Con todo, observo el panorama e intento alejarme de los malos olores. Allá cada cual, me digo, con sus quimeras y su mal gusto, sus estrategias de manipulación, su instinto más o menos expansionista y sus ínfulas patrióticas, nacionales o esotéricas. No todos los caminos conducen a Roma ni falta hace que todos vayamos a Roma. Hay muchos otros lugares donde cobijar nuestra voluntad nómada, donde dejar que el tiempo haga con nosotros lo que nosotros no conseguimos hacer con él. Es cierto, hay mucho quijote suelto que, sin embargo, no se ha subido nunca a lomos de Rocinante. Valiente estupidez.
 Mientras tanto, no sé si acabaré de monje cartujo en alguna orden alejada del mundanal ruido y dedicada al imperceptible (y no siempre bien comprendido) cultivo del silencio. En efecto, hay muchas formas de cultivar el silencio: la palabra es sólo una de ellas. Recuerdo que de joven pensaba que la mejor poesía posible era la que, por aquel entonces, venía a llamarse poesía del silencio para diferenciarse, tal vez, de otros tipos de poesía, la poesía de la experiencia o la social, que eran, como poco, muchísimo más ruidosas.
 Ya no me apetece dejarme llevar por una erudición que, sea la que fuere, nunca alcanza a ser ni la que nos gustaría ni la que debiera: no me importan los detalles biográficos y hasta los nombres (pasados, presentes o futuros) me empiezan a parecer una carga insoportable. Guardo por ahí, es cierto, numerosos poemas y textos subrayados, corregidos, comentados, de Valente, de Siles, de Juan Ramón, de Hierro, de Gimferrer, de Gracián, de Juan de la Cruz o Teresa de Ávila pero ya no sabría (tampoco querría) distinguir una corriente poética de otra, porque el conocimiento de la realidad no tiene una sola forma de manifestarse, sino muchísimas; tantas que no sé, siquiera, cuántas realidades hay en este instante (este instante que acaba de pasar y ya no existe), el instante que tengo ante mis ojos o temblando en mis sienes o bajo las yemas de mis dedos.



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