LA TELARAÑA

martes, junio 27

Nacidos en Cotiledonia


La Telaraña en El Mundo.
 
 
 En 2009 -y ha llovido bastante desde entonces- la Comisión de Normalización Lingüística del IES Pau Casesnoves de Inca realizó una encuesta entre sus alumnos en la que, entre otras lindezas, se les preguntaba si formaban o formarían parte, quizá en el futuro, de alguna asociación de defensa de la lengua y la cultura catalanas. Con sólo 22 escogidas preguntas el colegio se aseguraba, así, conocer de primerísima mano el paisaje familiar completo y detallado de sus alumnos, la procedencia de sus padres, la lengua que se hablaba prioritariamente en casa, sus gustos televisivos y hasta periodísticos, su manera, en definitiva, de vivir en catalán, esa forma de vida, al parecer, tan arrojada que nadie sabe muy bien cuánto. Informado -básicamente por las informaciones de este diario- el departamento de Educación de la época resolvió lavarse las manos y apelar a la autonomía de los centros.  “No hay motivo para intervenir porque no se vulnera ninguna normativa”, concluyeron.
 En febrero del 2011 -y ha llovido bastante desde entonces- se pararon las clases en el IES Pau Casesnoves de Inca para que los alumnos pudieran cantar, entre otros selectos himnos, «Yo soy catalán» que no es, por cierto, una versión gamberra del «yo soy español, español, español», que se puso de moda cuando España ganó el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, sino una canción del cantaor independentista Biel Majoral, a la postre un panfleto perfecto con estrofas tan imposibles de rimar como «jo sóc balear jo sóc de mallorca català insular» o «Estim Catalunya perquè té un passat de lluita incansable per la llibertat». Con letras así uno casi que añora, de veras, a Lluís Llach, pero qué se le va a hacer. Tanto las informaciones de este diario como las denuncias de la Fundación Círculo Balear no tuvieron, por supuesto, ningún efecto. El departamento de Educación de la época resolvió lavarse las manos y apelar a la autonomía de los centros. Faltaría más.
 En junio de 2017 -y la verdad es que no ha llovido ni una sola gota desde entonces: qué calor hace- el IES Pau Casesnoves de Inca preguntó, entre otras lindezas, a su sufrido alumnado, que ya no es el de 2011 ni tampoco el de 2009, por su lugar exacto de nacimiento, incluyendo la sutil, la cruel distinción entre haber nacido en el Estado español o en los Países Catalanes. Preguntas así de absurdas e intempestivas, de sectarias y cabronas no hacen sino convencerme de lo complejo que es ir por libre en este país cuando quienes debieran velar, precisamente, por tu educación en libertad parecen estar empeñados en afiliarte a sus banderías particulares como si les fuera la vida en ello. Igual les va. Uno sólo nace en el vientre de su madre. O, recordando a Cristóbal Serra, en Cotiledonia. ¿Dónde si no?
 

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viernes, junio 23

La psicología del toro


La Telaraña en El Mundo.



 La mejor ley es la que no existe, la que se cumple por sí misma o por nuestras circunstancias, la que escapa a cualquier tentación de reinterpretarla o ponerle, quizá, bridas, la que fluye como el aire que respiramos sin que notemos su presencia. La verdad es que hay muchas de estas leyes, llamémoslas no escritas, ordenando nuestra convivencia, nuestra forma de vivir y relacionarnos en el entramado social o laboral, pero habría muchas más, muchas más leyes no escritas, quiero decir, si la educación y cultura colectivas, el sentido común y la empatía hacia los demás (y también hacia uno mismo) mantuvieran unos niveles más altos de los que, en la actualidad, mantienen. De hecho, el mundo se nos cae a pedazos entre la dejadez suicida, revestida de incurables tintes fatalistas, de la mayoría y la tendenciosa y sectaria visión de los que intentan dirigir la vida en beneficio de no sabe muy bien qué o quién. De ellos mismos, por supuesto.
 Me asomo a la calle Olmos. Son las diez de la mañana y la calle está casi vacía. Parece que Palma se levanta sin prisas de otra noche en la que este calor de agosto en junio apenas sí nos ha dejado dormir. Vista desde donde la observo, la calle parece la lengua alargada y exhausta de un perro sediento. O de un toro encerrado en sí mismo.
 En la televisión, un dron exhibe, una vez y otra, la desoladora imagen de una autopista portuguesa repleta de cadáveres y coches quemados. Esa calle del infierno la vi en The Walking Dead. Es lo que tiene la ciencia ficción, su realismo es tan extremo que siempre nos acaba demostrando que no hay nada más revelador que el cataclismo último al que, no por casualidad, llamamos Apocalipsis.
 Pero hablaba de las leyes mientras una nube se me cruzó con sus esperanzas o temores de lluvia. Así pasan las ideas y descargan o desaparecen, porque sólo estaban de paso. Hay un punto, un aspecto de la Ley Antitaurina de este Govern (hablo de esta ley no porque me interese el tema, sino por este Govern no se dedica a otra cosa que a reinterpretar la vida y a parchearla con sus ocurrencias y dislates, sus ganas de llamar la atención o desviarla) que me parece fantástico. Entre otras exigencias prosaicas, como prohibir la muerte del toro, las banderillas o el rejoneo, me conmueve sobremanera que se exija para la celebración de las futuras corridas un informe previo sobre el estado síquico del toro. Seguro que el Pacte ya tiene a punto alguna cuadrilla de empresas amigas repletas de parasicólogos, quiromantes, nigromantes y chamanes animalistas para sacar adelante esa verónica a mano cambiada con pase cruzado de pecho y desplante final con la que un torero que se precie se queda mirando, fijamente, a su público. Cuidado con el toro.

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martes, junio 20

La nación balear


La Telaraña en El Mundo.




 Municipios, provincias, diputaciones, mancomunidades, veguerías, diócesis, comarcas, regiones, comunidades forales, autonomías. Hojeo los más diversos mapas de España a lo largo del tiempo y todos los mapas me acaban pareciendo el mismo mapa: la misma piel de toro abrasada y cuarteada entre Europa y África, entre el mar Atlántico y el mar Mediterráneo, en plena encrucijada física y espiritual de todos los caminos, de todas las culturas que en su día fueron, pero que ya no son, porque sus ubres se acabaron agotando, y de todas las culturas que todavía no han nacido. Quién sabe, por cierto, si lo harán.
 Nadie lo sabe, en efecto. Nadie sabe con certeza lo que nacerá o dejará de nacer, porque vivimos en un momento sumamente complejo y delicado. Lo nuevo aún no ha nacido y lo viejo ya apesta. Damos vueltas y más vueltas a las ideas con la intención de que perduren o revivan, de que nos hagan, en definitiva, el flaco favor de asistirnos en días de penuria, de confusión, de filosofía convertida, finalmente, en juegos malabares de palabras, en fatuos trabalenguas, en ridículos sofismas. El viejo calcetín usado de la vida parece renacer con fuerza a cada vuelta que le damos, pero ese espejismo no dura demasiado; siempre se nos acaba cayendo a pedazos.
 ¿He de citar ahora, a Pedro Sánchez? ¿Es necesario, imprescindible hacerlo? ¿He de reír o llorar, quizá, con la solemne indigencia conceptual de su esperpéntica visión de España como nación de naciones? ¿He de tirar de ironía o sarcasmo, de carcajadas o abucheos enlatados, para demorarme en lo que no puede sostener ningún discurso, porque no se sostiene ni a sí mismo, y pretende sostener, sin embargo, el discurso entero del más importante partido de izquierdas que existe, actualmente, en España? Si esa es la izquierda que nos merecemos, no nos va a extrañar un ápice que Podemos se la meriende en tan sólo un par de sesiones televisivas de demagogia, cutrerío y populismo intensivos. Son maestros en eso.
 De todas formas, basta preguntarse con quién gobierna en las islas el PSIB para imaginar qué tipo de política nacional de naciones podemos esperar de aquí en adelante. Tengan en cuenta que Baleares ya no es una simple comunidad autónoma. No, señor. En estos momentos es una de las solemnes naciones de esa gran nación de naciones que, al parecer, es España. Es decir, una gloriosa entelequia comandada por Francina Armengol, pero que, de hecho, está en las manos de los prestidigitadores sin ilustrar de la caótica sucursal balear de Podemos y de los nacionalistas históricos de MÉS, que lo son, nacionalistas, de una nación que no acaba de ser esta, sino otra distinta, pero qué más da. ¿Será por naciones? Pues no. Nos espera, como mínimo, puro encaje de bolillos.

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viernes, junio 16

De 40 en 40 años


La Telaraña en El Mundo.




 Resulta que se han cumplido cuarenta años desde las primeras elecciones democráticas tras la larga travesía, también de cuarenta años, a través del desierto de la dictadura. Parece que vamos, pues, de cuarenta en cuarenta años como si cada cuatro décadas los relevos generacionales fueran cuajando y tocase, de alguna manera, cambiar de régimen o de sistema, de forma de entender el mundo y también de relacionarse unos con otros, de encarar los problemas y buscar soluciones, de sacar, en definitiva, la vida adelante, se supone que a mejor: eso quiero suponer siempre y por encima de todo, aunque las apariencias no nos lo acaben de demostrar. Ya se sabe que, en ocasiones, se escribe recto con renglones muy torcidos, tuertos, casi que ciegos.
 El caso es que no tengo muy claro qué nos va a tocar sufrir o gozar ahora tras los cuarenta años alternados de dictadura y democracia. Uno no quiere que regresen las oscurísimas tinieblas del pasado. Uno no quiere, tampoco, que se eternice la frívola virtualidad de nuestros días, con un pie en el abismo de las redes sociales y otro en el lodazal de la realidad, este mundo en crisis que no remite, sino todo lo contrario. En efecto, desde hace años no deja de aumentar el terrorismo más o menos religioso, la insolidaridad y la incultura generales, la demagogia populista, los nacionalismos que ya parecían superados: en fin, toda esa suerte de basura infecta que no deja de multiplicarse, por desgracia, cuando las cosas vienen mal dadas.
 Con todo, hago cuentas y confieso, sin pretensión de parodiar a Pablo Neruda, que he vivido dos terceras partes de mi vida en democracia y sólo una, incluidos los años magníficos de la infancia y la adolescencia, bajo el yugo del autoritarismo. El balance, por lo tanto, no me permite sacar demasiado pecho ni dramatizar, tampoco, en exceso. No he vivido ninguna guerra fratricida ni he tenido que emigrar a no importa dónde. No he sido víctima de ninguna masacre. No he pasado hambre ni he sufrido ningún tipo de violencia. Y la guerra que llevo, desde siempre, entablada conmigo mismo sólo me sirve para saberme culpable o inocente de las mismas cosas que todos los demás. Exactamente.
 Pero insisto. No sé con certeza qué nos van a deparar los próximos cuarenta años. Leo en la prensa que los filólogos de la UIB critican abiertamente que los alumnos hayan podido acceder a las preguntas de la selectividad en castellano. Vade retro. Les parece una ofensa monstruosa a la lengua catalana y un atentado contra la normalización lingüística del catalán en las islas. Me consuela saber que ni los cuarenta años de Franco ni los cuarenta de estos filólogos metidos a sanedrines han podido acabar, de momento, con el catalán ni con el castellano. Menos mal.



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martes, junio 13

Las urnas irreales


La Telaraña en El Mundo.




 Parecía Pep Guardiola, con una enorme urna transparente y vacía entre las manos, andar mendigando los votos de no se sabe quién para no se sabe qué. Nunca fue Cataluña tan libre ni, sobre todo, tan independiente como en la actualidad y, sin embargo, nunca hubo tantos conspirando por algo que, más allá de la supervivencia de ese estilo político que llamaremos, siendo benévolos, el estilo del 3%, no tiene absolutamente ningún otro sentido añadido, ninguna otra consecuencia práctica. O sí, quizá sólo busque abolir España tal y como la conocemos, con su voluntad fundacional a cuestas, su larga historia de conquistas y descubrimientos, derrotas y fracasos, su cainismo fraternal o su quijotismo quimérico, su andar atolondrado y rapsoda entre la gloria y la miseria, el ardor y la oscuridad, las cenizas y las llamas, la inagotable combustión de los siglos.
 Pero miro en esa urna vacía y transparente y no veo realmente nada. La realidad de algunos políticos no es, ni siquiera, un holograma de la realidad. No es un boceto, no es un resumen, no es tampoco un esquema. Sólo es, acaso, una opinión incendiaria, una perversión, una deconstrucción ideológica, un apunte cualquiera en la bitácora de un viaje a ninguna parte, porque la vida siempre acaba decantándose por los cauces más naturales y alejados del artificio suicida de esas urnas vacías y transparentes, irreales; tan vacías que llenarlas es misión imposible, tan transparentes que se ve, a su alrededor, el mismo vacío que, a su pesar, contienen.
 Mientras tanto, subo la cuesta de Avenida Argentina y miro, exhausto, hacia el monolito de Sa Feixina, donde algunas parejas pasean, se abrazan o hablan y no pocos niños o jóvenes juegan con sus ruidosos monopatines. El mar azul, a lo lejos, pone su contrapunto pictórico a la escena y yo me dejo caer en un banco, mientras imagino a los operarios de Miquel Ensenyat o Antoni Noguera derrumbando tanta paz provisional con su rancia metralla nacionalista, su discurso tan vacío como transparente, su voluntad ideológica de destrucción de lo que ya es, exactamente desde 2010, un manifiesto explícito y una prueba tangible de la concordia ciudadana. Vale ya de andar revisitando, una vez y otra, el pasado.
 No es posible, en efecto, reescribir la historia. No lo es, salvo en alguna distopía de Orwell o Huxley: de Hitler, de Mao, de Lenin, de Maduro, de Kim Jong-un… No creo, sinceramente, que Guardiola, Ensenyat o Noguera quieran entrar en esta lista. Aquí la ficción y la realidad se mezclan peligrosamente y se diluyen la una en la otra hasta convertirse en lo mismo: una lengua de lava encendida, lenta y tortuosa, de la que urge salir cuanto antes. Construir el futuro y dejar de pisotear el pasado podría ser la mejor manera. ¿Hay otra?


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viernes, junio 9

“Run, hide, tell”


La Telaraña en El Mundo.





 «Corre, escóndete, avisa o pide ayuda». Estas son las tres tristes recomendaciones (en el original: run, hide, tell) que la policía británica dio a la ciudadanía, vía Twitter, mientras se estaba viviendo en Londres el intempestivo clima de terror propio del último atentado terrorista. La frase no nos deja en una posición demasiado halagüeña ni airosa; al contrario, la violencia física nos resulta desde siempre repugnante, ajena, terrorífica. Lo demuestra, por desgracia, el heroico ejemplo de Ignacio Echeverría que, por ayudar a una mujer agredida, se dejó la vida entre la inocencia lúdica de su monopatín y el filo sangriento del cuchillo jamonero de los terroristas. Descanse en paz.
 En Mallorca, los héroes son otros. Sus circunstancias también lo son. Me refiero a los pocos estudiantes que se atrevieron a pedir que les dieran el examen de la temida selectividad en castellano. No acaba de ser un acto heroico, eso es cierto, pero no es, tampoco, un acto baladí. En efecto, no es nada fácil para unos adolescentes separarse de la silenciosa y pasiva homogeneidad de los compañeros, levantar públicamente la mano y pedir la proscrita fotocopia con la traducción al castellano de las preguntas de un examen en el que, quizá, les vaya mucho más de lo que suponen. Parece que los esfuerzos de Ciudadanos y Xavier Pericay, así como los del colectivo “PLIS. Educación, por favor”, empiezan a dar sus frutos. Nos alegramos.
 ¿Estoy comparando Londres, en plena carnicería terrorista, con la situación en las aulas palmesanas y la asombrosa dictadura lingüística impuesta por gentes como Jaume Sastre, que ha llegado, incluso, a dimitir como miembro del tribunal en protesta por la simple existencia del derecho a esa mísera fotocopia en castellano? No, claro que no. El territorio es sólo el lugar donde los seres humanos y las circunstancias danzan y se contorsionan, se agarran y se abrazan o zarandean en busca de alguna alianza más o menos duradera que nos permita, finalmente, salir adelante de la mejor manera posible.
 La vida puede, tal vez, resumirse en eso: en salir adelante contra viento y marea, en lograr alcanzar el lugar exacto que nos corresponda por nuestros méritos sin que nadie pueda sentirse molesto, agraviado o sorprendido por ello, sin que nadie, en fin, pueda hacerse cruces de por qué estamos donde estamos. Podría ahora preguntarme qué demonios pinta todo un ilustre capitán de barco de rejilla, como Jaume Sastre, en un egregio tribunal calificador de la selectividad, pero no lo haré porque los designios del Señor son siempre inescrutables. Acaso las tres tristes recomendaciones de la policía británica no estarían de más en un territorio tan complejo como el de la educación en nuestras islas, vaya que sí.

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martes, junio 6

El horror que no cesa


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 Mientras el Real Madrid masacraba a la Juventus en el esplendor deportivo de la hierba de Cardiff, la guerra de guerrillas, esta tercera guerra mundial que se resiste a tomar ese nombre porque las palabras nos dan más miedo, incluso, que la propia guerra, volvía a masacrarnos a todos en las calles y puentes de Londres, sólo quince días después de haberlo hecho en Manchester. Tiene razón, pues, Theresa May, la premier británica, cuando dice que ya es hora de decir basta. O no, ya no la tiene, porque la razón tiene mucho que ver con la coyuntura y el don de la oportunidad, con el desarrollo histórico de los hechos y su análisis; tiene mucho que ver, en definitiva, con el paso del tiempo y ya hace demasiado tiempo que viene siendo hora de decir basta. Casi hace ya una eternidad.
 En efecto, hace mucho tiempo que las principales ciudades de Europa y América del Norte (la del Sur me da que tiene otros problemas, quizá más irresolubles) fueron viendo, sin saber qué hacer para evitarlo, como algunos de sus barrios se iban convirtiendo en auténticos hervideros de un horror que, con el pretexto que fuere, porque tanto da si se trata realmente del islamismo radical, de la indignación política extrema, del cénit de la decrepitud moral de la especie humana o de algún tipo incurable, en fin, de locura patológica, no sólo no cesa, el horror, sino que se infecta, enquista y eterniza en la propia médula del tejido social en que vivimos. O intentamos vivir.
 Estamos hablando, pues, de una degradación extrema, seguramente sistémica, que amenaza con depravar todo el orbe social. Porque no hay que engañarse, la decrepitud no sólo es cosa de los terroristas. Les hemos dado demasiadas buenas razones para que prosigan con su inercia asesina. Les hemos armado y utilizado en miles de guerras coloniales. Les hemos acogido como mano de obra barata y, a la vez, les hemos despreciado una y mil veces: no puede haber cóctel más explosivo, cuando se suceden las generaciones, que este cóctel molotov, que esta bomba de relojería donde siempre pierde la humanidad. Donde siempre perdemos todos.
 Sólo nos falta contemplar después, ahora, sin que nos extrañemos un ápice, qué ralea de políticos, de gestores de pega, de chamanes iluminados nos están gobernando. Desde los partidos políticos tradicionales, lastrados por el descrédito de la corrupción, hasta los nuevos grupos filocomunistas o ultraconservadores que no se sabe muy bien adónde van, aunque sí, por supuesto, de dónde vienen. Gentes sin más horizonte social que el nepotismo y las asambleas marciales. Gentes sin más señas de identidad (descanse en paz el cervantino Juan Goytisolo) que su falta de entendederas, su populismo gregario, su devastador ideario desnortado.


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viernes, junio 2

El cambio climático

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 Hace demasiado calor para el mes que estamos. O llueve muy poco, últimamente. Sin embargo, diluvia y hasta graniza de vez en cuando. O hace mucho frío cuando hace frío. Todas estas frases, utilísimos apuntes de ascensor en hora punta, los venimos diciendo desde hace años, lustros, quizá décadas. No se trata, que también, de verificar estadísticas, gráficos y tantos por ciento, sino de atender a las propias sensaciones, apelar a la memoria del cuerpo, a la poca, pero significativa memoria que puede abarcar una sola vida. En efecto, el clima va cambiando con los años, la inercia marcial de ese otro tiempo que es el tiempo biológico. Me refiero a la vida, a las relaciones sociales y laborales, a la mecánica familiar de la rendición programada frente a las arrugas, los achaques y los kilos de más: toda esa grosera parafernalia que, sin embargo, nos mejora la sonrisa año tras año.
 Será, tal vez, que algo va cuajando mientras envejecemos y que mucho de lo que creemos saber lo vamos desaprendiendo a marchas forzadas para poder enfrentarnos a los cambios de la realidad (es decir, a la realidad de cada instante) con el menor bagaje posible de tópicos, frases hechas, ideas preconcebidas. Hay que preservar la vida igual que la realidad, el lienzo, la página en blanco donde aún podemos dibujar o escribir lo que nos venga en gana, lo que necesitemos decir al mundo y a nosotros mismos. Sobre todo, a nosotros mismos. Somos una multitud emborronando, al unísono, ese lienzo, esa página, esa piel que tiembla cuando encuentra otra piel y se acaba reconociendo en ella, en su temblor como en su éxtasis.
 A todo esto, parece que Donald Trump retirará a los EEUU del Acuerdo de París sobre el clima. No conozco la letra pequeña del asunto, pero lo que sí sé es que un acuerdo insuficiente puede ser, sin embargo, imprescindible para que no se nos caiga a pedazos evelo intangible de la capa de ozono, para que no se nos derrita hasta el hielo misterioso o sagrado de la Antártida, para que la privilegiada primera línea de la costa, en fin, siga a salvo de las mareas, de la furia sobrevenida de unos mares con la brújula herida, tal vez, de muerte.
 Puede que el actual desarrollo industrial no sea sostenible a largo plazo. Puede que los intereses económicos y políticos de unos pocos nos lleven a todos a una ruina cierta. Puede que toque cambiar de modelo productivo: cambiar de energía y también de objetivos y prioridades. ¿Se referirá Trump a eso cuando inventa, a medianoche, una palabra y la publica en Twitter? “Covfefe”. “Covfefe”. Covfefe”. Por mucho que la repito, como si fuera una plegaria, no me acaba de sonar a energía alternativa, a futuro prometedor, a solución milagrosa. Pero igual yerro. Ojalá.



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martes, mayo 30

El orgullo friki


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 Algunos conceptos me llaman, poderosamente, la atención. Por ejemplo, el de friki. Según la Wikipedia, y ya es frikismo concederle patente de corso a una enciclopedia digital donde cualquiera puede decir la suya y salir indemne, friki es un término coloquial usado para referirse a una persona de aficiones, comportamiento o vestuario inusuales. Aquí la Wikipedia me decepciona, porque lo usual o inusual no me parecen categorías relevantes. Acudo, pues, al ceremonioso diccionario de la RAE donde leo que un friki es alguien pintoresco y extravagante o alguien que practica, desmesurada y obsesivamente, una afición. Lo cierto es que tampoco me satisfacen estas explicaciones tan simples, estos circunloquios tan palmarios.
 El jueves pasado se celebró el día del orgullo friki. Lo supe por el asombroso revuelo que percibí a mi alrededor; en efecto, vivo tan rodeado de frikis que ignoro si los frikis son ellos o si no es así y soy yo, en definitiva, el gran friki mayor alrededor del cual los demás danzan y cantan: alborotan, cada uno con su propio mapa de intereses, su imaginaria cosmogonía, su manifiesto mil veces reescrito, sus compulsiones éticas o estéticas, su voluntad de ausencia en vez de poder, su forma de mirar (siempre ingenua: tierna o airada) hacia dentro o hacia afuera sin que nadie pueda saber dónde estamos. No es fácil desmadejar este enredo.
 En efecto, no es fácil hablar de lo friki sin citar otras categorías conceptuales que lo complementan. Me refiero a lo geek y lo nerd, pero no pienso meterme en ese lodazal, porque luego me costaría salir. No es fácil hablar de algo, de lo que sea, sin confundir el mundo con las palabras que lo describen, sin caer en la tentación de plantarse en el centro mismo del escaparate, sin subirse a lo más alto del estrado. Por allí campan los que ejercen el poder, los que buscan crear opinión y modificar conductas, los que agitan su ignorancia o mediocridad sin más pudor que envolverse en algún disfraz, en alguna bandería más o menos estrellada (o estelada, que igual así se entiende mejor).
 Mientras tanto, paseo a diario entre los libros y las terrazas del Borne. Entre la cultura y la actualidad, por así decirlo. Me cruzo con un alto cargo de la OCB y le noto a gusto con su disfraz habitual. Deseo suerte a un amigo que firma ejemplares de su última novela y, por un instante, se me despierta la envidia, porque llevo varios años sin libro nuevo, pero me sobrepongo. Uno sólo debe hacer lo que no puede evitar hacer. Muy cerca, una profesora de la UIB presenta, con bastante éxito de audiencia, un poemario. Lo tomo prestado de una estantería, lo ojeo, lo palpo: el papel raspa y lo poco que leo me acaba desesperando. ¿Tantos frikis hay que ya no cabemos?

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viernes, mayo 26

Páginas en blanco


La Telaraña en El Mundo.




 Escribo cien, tal vez ciento cincuenta o doscientas palabras, las leo y memorizo, las selecciono con cuidado y, después, las borro de golpe, fulminantemente. Tengo ante mis ojos, de nuevo, la página en blanco, la imprevisible página vacía de signos y huérfana, tal vez, de palabras, la página que, pese a todo, no está vacía de signos ni huérfana de palabras, porque algo terrorífico resplandece, algo revelador subyace en esa página como en todas; las palabras, las frases que escribimos y luego borramos, las historias que nos cuentan, las que inventamos o protagonizamos con idéntico ardor e inocencia, la vida que nos late con esa otra tinta invisible que es, a su manera, la sangre que tomamos de una herida que no sabemos si es nuestra o de todos. Ese tintero nunca se agota, aunque puede que sólo se culmine en nosotros. En cada uno de nosotros.
 He escrito lo anterior, lo he borrado y lo he vuelto a escribir. Observo la página en blanco mientras escucho una música y un terror lejanos. No sé si canta Ariana Grande, pero creo que no. No sé si Salman Abedi entona a gritos sus malditas, sus martirizantes letanías de odio, pero creo que tampoco. No sé si, en fin, son los niños, los adolescentes, los padres desesperados de Manchester los que claman, heridos de muerte, por una explosión que, justo en este instante, amenaza con rompernos el alma que ya se les rompió a ellos. Los estoy viendo, sin verles, los estoy presintiendo en esta página en blanco entre nubes de metralla, de ira, de soledad absolutamente desquiciada.
 Mis páginas en blanco tienen nombres de ciudades. Manchester, ahora. Pero también Nueva York, Londres, Estambul, Madrid, Niza, Estocolmo, Bruselas, Jerusalén, Copenhague, Dortmund, Damasco, Bombay, París, Múnich... Mis páginas en blanco empiezan a ser como el mundo entero, aunque me temo que no podrían ser de otra forma. Uno no deja nunca de escribir páginas en blanco.
 Otra más. Hoy comienza una nueva edición de la Feria del Libro; esta vez en el Paseo del Borne, junto a las terrazas que tan poco le gustaban, si no recuerdo mal, a Aurora Jhardi. El dogmatismo tiene estas cosas. ¿O será el poder, esa voluntad ciega, esa erótica invencible? Tanto da. Ella quería dejarnos a todos sin esas terrazas, donde nunca me he llegado a sentar no sé muy bien por qué. Sin embargo, me entretiene observar a la gente ahí sentada, como en permanente exhibición; como esos libros que los libreros sacarán hoy a buscarse la vida como si fueran, en fin, páginas en blanco. Lo son, pero hay que saber leer muy bien para acabar encontrando en ellas algún pedacito de nosotros mismos, algún vestigio clandestino del pasado, algún presagio aún sin cicatrizar del siempre incierto futuro.




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martes, mayo 23

Entre Cibeles y Ferraz


La Telaraña en El Mundo.





 Pensé el domingo por la noche que no era mal momento para ir a Cibeles (o a Neptuno, que no sé ahora muy bien) a celebrar la liga conquistada por el Real Madrid. No era mal plan, desde luego, sino fuera por el detalle de que no me gustan las aglomeraciones. Pensé el domingo por la noche, también, que no era mal momento para acercarme a Ferraz (o a la calle Zurita, que tampoco sé yo) a jalear a Pedro Sánchez, porque no deja de ser digno de aplauso que un presunto cadáver político resucite, como El Cid, de entre los muertos, y lo haga entre los mismos que tuvieron a bien asesinarlo hace unos cuantos meses. «Tu quoque, Brute, fili mi?». Pues eso.
 No era tampoco mal plan, sino fuera porque no me gustan los puños en alto y hace lustros, por no decir siglos, que ya no se me ocurriría volver a entonar «La Internacional» porque, por las razones que fueren, me siento incapaz de llegar a sentir en la garganta esa ebullición propia de la sangre cuando se alcanza el punto decisivo de no retorno, ese punto frágil en el que la ira o la indignación derivan en algo más que en un eslogan teledirigido, un pareado etílico, un cántico definitivamente grotesco; en toda una teoría política a la deriva, tal vez.
 Pero el domingo por la noche no estaba en Madrid sino en Palma, en el mullido sofá de mi casa con el mando de la televisión en las manos, haciendo zapping de un lugar al otro, de Cibeles o Neptuno a Ferraz o Zurita, observando la euforia incontenida de unos y otros, asimilándola, intentando comprenderla y hasta hacerla mía. Con el Real Madrid no tengo ningún problema, porque es mi equipo de toda la vida, al menos cuando el Real Mallorca está como ausente, que es como está ahora, aunque aún le queden tres partidos para obrar el milagro de la salvación. Ojalá sea así. Con el PSOE tampoco tengo, por supuesto, ningún problema. Tuvieron mi voto cuando se trataba de modernizar el país y estabilizar la democracia. Lo perdieron cuando se convirtieron en aliados de la estulticia nacionalista, cuando regresaron a las zanjas y las cunetas ensangrentadas del pasado, cuando resucitaron, en algunos lugares más que en otros, la bestia terrible y parda del frente popular.
 Pensé el domingo por la noche que no es fácil acostarse risueño, pero que, pese a todo, merece la pena intentarlo. El futuro no está escrito: lo escribimos nosotros a cada instante, aunque nos falle la brújula, se nos incendie el cielo o perdamos de vista el horizonte. Siempre regresamos al instante en que todo está por hacer. Mientras tanto, hoy toca empezar a pensar en la Champions, por ejemplo. O en cómo reconstruir el PSOE, nada menos. Tendrán que hacerlo gentes como Pedro Sánchez o Francina Armengol. Será de ver.


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viernes, mayo 19

La guerra informática


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 Hablar de la seguridad en Internet como si fuera algo distinto o independiente de la seguridad en las calles o la vida es, a día de hoy, un auténtico eufemismo. Un error de concepto. En efecto, todo anda tan interrelacionado que, si colapsara esa red de redes, ese flujo de datos que es Internet, colapsaría, de igual manera, nuestra actual forma de vida. De la parálisis de nuestros ordenadores devendría el caos global. La mayoría de las empresas, los bancos, el sistema económico mundial, los hospitales, las líneas aéreas y también las empresas públicas de transporte urbano, como el metro, quedarían inoperativas: el mundo, entonces, recobraría su tamaño habitual y nos sobrevendría la sensación, tantas veces aplazada a golpe de mouse, de ser tan sólo una pieza más en un engranaje de proporciones cósmicas, una pieza diminuta y frágil, sin más lugar propio en el universo que el lugar definitivamente perdido. 
 Con todo, la informática es una ciencia muy joven. Hace unos veinte años casi nadie podía disfrutar de Internet en sus casas o trabajos. ¿Hará falta que les recuerde aquellos módems chirriantes que iban como a pedales y que se desconectaban cuando sonaba el teléfono fijo?  Disfruté lo indecible esos años luchando contra las tarifas, primero abusivas y luego planas, que venía a ser casi lo mismo, de Telefónica.  
 Años de interminables conversaciones nocturnas a través de los chats de IRC-Hispano y su laberinto de salas en el aire. Años, lustros, casi décadas de aprendizaje impagable a través de las news informáticas (y en la actualidad de los foros vía web) de José Manuel Tella Llop. Hay que saber reconocer a los buenos maestros cuando uno tiene la suerte de haberlos tenido, de seguir teniéndolos.
  Pero a lo que iba. El reciente ataque informático del ransomware WannaCry que ha padecido medio mundo y en España, sobre todo, nuestra principal empresa de comunicaciones, Telefónica, nos ha recordado que Internet será uno de los escenarios básicos de las guerras futuras. Habrá, pues, que tomar más precauciones de las que, al parecer, se están tomando. No es de recibo, por ejemplo, que Telefónica permita que un correo infectado llegue a los buzones de sus empleados o directivos, porque eso significa que sus filtros de seguridad no funcionan como debieran. La cosa empeora si, además, alguno de estos empleados o directivos (que se maneja con una cuenta con rango de administrador, vaya locura) va y abre, curioso o inconsciente, el correo y hasta ejecuta, suicida compulsivo, el archivo infecto en un sistema informático (y esto ya es el colmo) que no está parcheado con las últimas actualizaciones de seguridad de Windows. Tantos errores juntos parecen imposibles, pero ahí están. Así no hay forma de ganar ninguna guerra.



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martes, mayo 16

La hora feliz


La Telaraña en El Mundo.





 Todo es absurdo, quizá surrealista. “No lo declaré, pero informé a Hacienda” dijo Alberto Jarabo refiriéndose al piso que realquiló a turistas en el pasado. ¿Cómo se hace eso de informar a Hacienda, sin llegar a declararlo en los correspondientes y numerosísimos epígrafes de la siempre prolija declaración del IRPF? He de informarme sobre ello, sobre a quién llamar, sobre a quién dar un toque redentor que nos exima de participar en esa especie de mal trago o de gran merienda de negros que suele ser la declaración de Hacienda, la tómbola de los ingresos y los gastos, el pozo negro y también el aire fresco de las devoluciones. Salvo algunos, que pueden informar y no declarar, los demás, la inmensa mayoría, siempre acabamos pagando por adelantado. Y así nos va, por supuesto.
 Otro mal trago, peor que el anterior, si cabe, porque Jarabo ya nos parece, a fin de cuentas, un exquisito cadáver político, es el trago largo, infinito, que ha vuelto a renacer en varios pubs de Punta Ballena, en Magaluf, ese territorio comanche donde el alcohol corre como los ríos de lava enfurecida por las gargantas profundas y las cañadas devastadas de los descerebrados de turno. Nunca una hora feliz podrá tener peores consecuencias ni convertirse en un espectáculo tan deleznable, pero es así como se escribe la intrahistoria de la miseria compartida, de la usura sin medida, de la soledad intolerable, de la inconsciencia absoluta convertida, finalmente, en un auténtico sucedáneo de la locura.
 La oferta habla por sí sola. Entre 5 y 7 euros por una hora de ilimitada barra libre, un esprint de alcohol más o menos destilado que enloquecerá a muchos hasta sumirlos en el coma etílico de las mejores ocasiones. No hay derecho. No hay retorno. No hay balance ni saldo, no hay epígrafes, no hay devoluciones ni beneficios inconfesables, no hay nada que pueda justificar este descarriado viaje (de los turistas, pero también de los empresarios que ofrecen estas barbaridades) hacia ninguna parte.
 No es fácil encontrarle el equilibrio al mercado global en que vivimos. Cambiamos tiempo y talento por dinero. Y con el dinero adquirimos, a su vez, algo más de tiempo y talento. No nos sobra ni lo uno ni lo otro, aunque nos duela reconocerlo. Una hora feliz nos parece poca cosa, porque la podemos pagar y lo que buscamos no tiene precio; no puede tenerlo. Estamos hartos de simulacros, de errores y engaños garrafales. Estamos hartos de casi todo, pero aun y así nada podrá impedir que nos ovillemos a la vida, a sus ciclos productivos, a su ocio regenerador, a sus lados ocultos y más salvajes, a ese gran misterio sin resolver que nos late adentro. Creo que nació con nosotros y que morirá, también, con nosotros.

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viernes, mayo 12

Juguetes contra el estrés


La Telaraña en El Mundo.




 De repente, se pone de moda algún artefacto entre los chavales y no hay forma de sustraerse a su presencia. O a su influjo. Se trata de un juguete antiestrés llamado «Fidget Spinner», una especie de estrella de tres puntas, cada una con un centro giratorio que, a su vez, gira también a gran velocidad sobre un eje central, que sirve, básicamente, para mantener ocupados los dedos y hacernos olvidar, por ejemplo, el pesado y ruidoso manojo de llaves que, en no pocas ocasiones, hemos mantenido dando vueltas entre los dedos de la mano.
 Recuerdo haber jugado, cuando era escolar, a las canicas, la peonza y el yo-yó, Pero esos juegos lo eran, más o menos, de habilidad y no los utilizábamos, al menos conscientemente, para tranquilizarnos, sino para todo lo contrario, para activar nuestra competitividad, para robarle las canicas o la peonza al más torpe de la clase o para deslumbrar al personal (sobre todo, al poco personal femenino que había en aquellos colegios religiosos del siglo pasado) con las lazadas y malabares que aprendimos. Está claro que el bullying actual no es un fenómeno nuevo, pero es que nunca hay nada totalmente nuevo; sólo cambia, tal vez, cómo lo vemos, sentimos o juzgamos.
 No hay tanta diferencia, pues, de aquella nuestra realidad en blanco y negro al amasijo coloreado en que viven nuestros hijos. Hace años, eso sí, que no veo a niños jugando con peonzas y canicas o intercambiando cromos que no sean virtuales. Los niños poseen, ahora, móviles inteligentes y consolas potentísimas, juegan a guerras digitales del pasado como si fueran del futuro y, por desgracia, no leen apenas nada, aunque los haya que acaben siendo expertos en series manga no demasiado bien traducidas. Igual es que los niños habitan, actualmente, en ese lugar difícil que son las redes sociales y ahí sí que el estrés se ceba con ellos y el bullying traspasa la frontera de lo superficial y les agarra muy adentro; y la realidad y la ficción, entonces, se convierten en una pesadilla terrible donde no hay intimidad y la soledad acaba siendo la mejor forma de descansar y alejarse del vértigo, del delirio, de la locura de ser de carne y hueso -débiles seres humanos- en un mundo de silicio y bits, de nubes gélidas donde se almacena todo los que somos y también, ¡ay!, todo lo que seremos, si no lo impedimos. Habría que hacerlo.
 Mientras tanto, no es de extrañar que nos haga a falta a todos, y no sólo a los niños, un buen artilugio mecánico contra el estrés, un gadget ansiolítico que nos devuelva al instante mágico en que el mundo era una página en blanco donde aún podíamos escribir lo que quisiéramos. El mundo sigue siendo esa página en blanco, pero no parece que nos demos cuenta. Maldito estrés.

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martes, mayo 9

Pensar (y no claudicar)


La Telaraña en El Mundo.




 A día de hoy no es fácil, en absoluto, pensar más o menos libremente. No lo es, porque todo -desde el guirigay de las redes sociales y el partidismo de los medios, pasando por la caprichosa opinión pública o la asfixiante corrección política de unos y otros, hasta llegar a la sombra ubicua de la crisis económica que no deja de acecharnos- todo parece estar preparado para que acabemos claudicando; quizá por inercia, por fatiga, por rabia o, tal vez, por indiferencia, por pereza, por abulia, por decrepitud, por desidia, porque nada es finalmente lo que parece y nada dura, tampoco, para siempre. Este instante que somos se consume muy pronto; y lo sabemos, aunque no queramos pensar en ello.
 Es así que nuestra egocéntrica percepción de la realidad nos suele colocar, con demasiada frecuencia, en un lugar tan aparentemente poderoso y capital como, a la vez, minúsculo e insignificante. Viene a colocarnos en el centro mismo de un universo que, sin embargo, no tiene centro, que no gira alrededor de nuestro ombligo, que no se detiene a mirarnos a los ojos cuando nos explota sangrientamente en la cara, cuando nos da la espalda, cuando nos otorga, quizá por azar o necesidad, alguno cualquiera de sus múltiples, y no siempre bien comprendidos, dones. Vivir es simplemente aceptar esos dones desconocidos que luego hay que saber exprimir al máximo, cueste lo que cueste. Hablo del placer y también del trabajo, del conocimiento y la ciencia, del amor y la amistad, sin duda de la ternura.
 Pero estamos, queremos estar, nos empeñamos en seguir estando en ese centro nebuloso y ficticio -esa entelequia, esa quimera- que no existe y creemos, tendemos a creer, que el mundo es nuestro y nos pertenece, además, por completo. Nosotros escribimos su historia, eso pensamos, porque los dioses dejaron de hacerlo y nosotros, ahora, somos como ellos: su imagen y semejanza, su holográfica presencia renovada.
 En efecto, hubo un mundo anterior y habrá otro posterior a nosotros, a cada uno de nosotros, como si fuéramos una especie de puente entre las generaciones pretéritas y las futuras. Nuestra sangre, nuestro semen, nuestro ADN anda por ahí a tientas retorciéndose en espiral como sólo puede retorcerse quien busca despertar del todo, desperezarse al alba de un mundo que quisiéramos mejor y más nuestro, si fuera posible. Quizá no lo sea. Presiento que, desvalijado y huérfano de cualquier atisbo de humanidad el centro del universo, no nos queda otra solución que confinarnos, proscritos y quizá perseguidos, en los peligrosos barrios periféricos donde cada día recomienza la épica tarea de recrear la vida, repensándola o reinventándola, reconstruyendo, una vez y otra, nuestra identidad y conciencia perdidas. Lo que sea, menos claudicar.



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viernes, mayo 5

La UIB y el turismo


La Telaraña en El Mundo.





 Mientras el Govern va dando bandazos con su Ley de Alquiler Turístico, Podemos quiere prohibir el alquiler turístico en el centro de Palma. Igual añoran la ciudad bajo el toque de queda del vacío, los negocios cerrados a cal y canto, la urbe convertida en un paisaje lunar de cemento resquebrajado. Valiente panda de inútiles. Pero hay más. Entre unos y otros anda también el GOB, perdido el espíritu transversal que se les debiera suponer, pontificando a golpe de subvención pública sobre los límites sostenibles del turismo y otras estupideces cuánticas. Ruido, demasiado ruido.
 No obstante, acabo de conocer un estudio muy bien pergeñado de nuestra siempre controvertida UIB, quién lo diría. El trabajo (dependiente del Departamento de Economía Aplicada y no de alguna de las iluminadas secciones metalingüísticas de la casa) lo firman José Luis Groizard y William Nilsson, se titula «Mito y realidad del alquiler vacacional en las Islas Baleares. Análisis y recomendaciones de política turística» y, pese a la escasez sumarial de sus 27 folios digitales, viene a brindarnos un resquicio de lucidez en un tema que nuestros políticos se empeñan en desmadejar a oscuras.
 Groizard y Nilsson mantienen la inocencia del alquiler vacacional respecto a la gentrificación, el aumento insostenible de las pernoctaciones turísticas, la falta de viviendas a precio asequible, la evasión fiscal, la destrucción del paisaje o el incremento de la especulación en suelo rústico. El excelente trabajo de la UIB, que les aconsejo leer, desmonta todas esas acusaciones con datos y, sobre todo, con un implacable sentido común. En efecto. En un mundo global todo está interrelacionado. ¿Si la gente no puede viajar a Túnez, Egipto o Turquía, por el terrorismo islamista, adónde van a ir, sino a nuestras islas? Pues aquí los tenemos, sin que pretendamos, por supuesto, hacer ningún tipo de pronóstico sobre cuánto nos va durar el paraíso. Este frágil paraíso.
 Luego está la tecnología, que es esa parte de la vida que funciona a base de reinicios y pruebas, de intercambios puntuales entre personas con intereses distintos, pero complementarios. Tengo lo que quieres y viceversa. Así es como compartimos archivos, cultura, ocio y, en definitiva, conocimiento. Podemos seguir demonizando las aplicaciones P2P (Peer to Peer) o aceptar que Airbnb, por ejemplo, es sólo una plataforma de intermediación más, un instrumento útil para los que desean viajar de otra forma. No hacerlo significa obviar por dónde van los tiros de la economía actual, esa guerra de intereses donde da igual si nos sentimos carceleros o rehenes, porque no se puede escapar de la realidad confinada y en constante mutación en que vivimos: sus patios de recreo, sus corredores de ficción, sus calabozos tan repletos de soledad como de fantásticas ilusiones.




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martes, mayo 2

El bien pagado


La Telaraña en El Mundo.



 Dentro de un rato, unas horas o unos minutos, porque desconozco para cuándo están convocadas las manifestaciones de rigor, unas mil personas (quizá más, quizá menos) tomarán las calles de Palma armadas con banderas y pancartas, el dibujo de un mohín indefinido en el rostro y en el alma, la música destemplada de algún que otro pareado a modo de eslogan entre los airados labios y el silencio afuera, alrededor, tal vez adentro, muy adentro. Viajará con ellos un hálito envolvente, una nube densa, una bruma fantasmal de niebla, un perfume grave y añejo, una idea quizá romántica de la vida, la justicia y la economía que ya no sé si existe o si sólo habita en ciertos libros, acaso en el retórico manual del olvido.
 Podré entonces, dentro de un rato, unas horas o unos minutos, decir que ya ha pasado bajo mi casa la comitiva del 1º de mayo, esa celebración que fue tantas cosas antes de ser la pantomima que es hoy en día. Los sindicatos, en efecto, sólo son una vaga reminiscencia de lo que fueron y los trabajadores, ay, los trabajadores ya no tienen trabajo y el sueldo justo es una entelequia. Yo mismo no tengo otra cosa mejor que hacer que emborronar hojas de papel con la ficción que imagino, añoro o desespero, porque la realidad me duele por lo que es y lo que pudo ser, por lo que quisimos que fuera y ha acabado siendo. A lo mejor me duele, porque no soy capaz de entenderla del todo. Es que no hay manera.
 No puedo entender, por ejemplo, que Ignacio González cobrara 4.500 euros al mes por escribir dos artículos semanales en La Razón. ¿Tan bien escribía este hombre? Pues habrá que estar atentos a sus futuras cartas desde la prisión, desde luego. Mientras tanto, he intentado encontrar alguno de sus pingües artículos, pero no he tenido suerte. Su lectura es de pago (lo que no extraña dado lo difícil que resultará amortizarlos) y no tengo ganas, ahora, de ponerme a bucear por donde los piratas y los buques hundidos, las procelosas aguas turbias donde la luz apenas llega, si llega.
 Yo también escribo dos artículos semanales y les aseguro que, por desgracia, no cobro 600 euros por artículo. Ni por asomo. El presunto agravio, no obstante, no sé todavía de qué clase es. Aún no he decidido si debo indignarme, si debo dejarme vencer, a partes iguales, por la envidia y la resignación o si, por el contrario, debo dejar que la risa floja, que me sale de muy adentro, lo invada todo hasta convertirse en una magnífica carcajada. Quizá esa carcajada torrencial obre el auténtico milagro de poner a todos en su sitio; y a mí en el mío, que de eso y no de otra cosa, trata este viejo oficio de escribir.

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viernes, abril 28

La estaca de Llach


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 Observo la profundidad del espejo en los espejos y me pierdo en la niebla. O en mí mismo. Me invaden la desazón y el escepticismo, me da, incluso, hasta la risa desencantada de los que saben que nada importa demasiado. Pero esto es lo que hay, me digo, mientras recuerdo haber entonado «La estaca», aquella canción de los años setenta con la que Lluís Llach ocupó un lugar importante en mi juventud y, por lo tanto, me guste o no, en mi vida. Recuerdo haberla cantado a gritos, con furia, con rabia, con alegría y con esperanza, con todo lo que ahora me falta cuando observo a un envejecido Llach amenazando, desde su atril áulico en el parlamento de Cataluña, a los funcionarios catalanes, al menos a los no independentistas, con la misma voz queda con que nos hizo entrever las puertas blindadas del paraíso. Ese paraíso no existía o han sido gentes como él quienes se lo han cargado convirtiendo la libertad en un títere en las manos siempre sucias del nacionalismo, esa gran basura.
 El paraíso, no obstante, ha sido siempre un lugar bastante esquivo. Un lugar fronterizo donde no hay forma de quedarse, porque es un lugar de paso, un peaje moral que, de vez en cuando, nos motiva a caminar mejor y más rápido, más directamente hacia los objetivos. ¿Pero cuáles son los objetivos? Durante el siglo pasado España fue un país bastante triste que, al morir Franco, fue recuperando la alegría y las ilusiones. Con el nuevo siglo, que ya casi alcanza sus dieciocho años de mayoría de edad, todo parece venirse abajo. Mal asunto. ¿Será cierto que siempre estamos repitiendo los mismos errores, reviviendo el mismo fracaso, la misma pesadilla circular?
 Pero el tiempo pasa deprisa y pasa transportando, además, cantidades industriales de material íntimo, sensible: recuerdos, ideas, propuestas, convicciones. En efecto, las estanterías carcomidas de la memoria están repletas de anécdotas que uno reescribe a vuelapluma intentando no levantar el polvo, porque el polvo podría confundirnos, podría dejarnos ciegos en mitad de ninguna parte y eso es, precisamente, lo que no queremos. Queremos ir más lejos, como decía un irreconocible Lluís Llach en alguna de sus primeras canciones.
 Pero no queremos ir solos. Faltaría más. «Si vens amb mi, no demanis un camí planer, ni estels d'argent, ni un demà ple de promeses, sols un poc de sort, i que la vida ens doni un camí ben llarg». En efecto, queremos seguir temblando con lo que nos hizo temblar, no de miedo, como presentimos a día de hoy en el ambiente, sino de amor, esa gran suerte que tuvimos y que nunca debiera abandonarnos. Por ella, por esa difícil gran suerte del amor, luchamos entonces y seguimos, seguiremos luchando ahora. Para que no decaiga, aunque Llach ya no se entere.

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martes, abril 25

La rosa y los libros


La Telaraña en El Mundo.



 Pasearse ante una infinidad de libros que, directamente, no me interesan o que, en algunos casos, hasta me desagradan no deja de ser una curiosa experiencia para quien ha vivido bastante rodeado de libros; para quien creyó que en los libros, al menos en algunos, habitaba el secreto parpadeante de la existencia, la voz rota o la luz indecisa que perseguimos, a la vez que nos persigue, mientras andamos y desandamos el laberinto del tiempo, ese lugar donde el cuerpo, en ocasiones, no es capaz de contenernos, ese lugar donde la mente, el conocimiento y el lenguaje juegan a ser la misma cosa sin lograrlo. Nunca se consigue del todo lo que se busca.
 Pero hay libros y libros, huelga decirlo; y los libros son reclamos expuestos al sol un domingo de abril en que Palma se viste de librería y San Jorge, a la sazón Jorge de Capadocia, coge de nuevo su afilada espada, salva a la princesa, mata al dragón y convierte su sangre en una rosa roja. En ese trasfondo, libros y rosas entrelazan su razón de ser y se convierten en una forma de relacionarse: los hombres les regalan una rosa a las mujeres y ellas, a cambio, les regalan un libro. No sabría explicar este comportamiento tan peculiar, quizá tan exquisitamente sexista, más allá de la buena obra de satisfacer a partes iguales a dos gremios de indudable utilidad, los libreros y los floristas. Ni los escritores ni los jardineros tenemos vela en este entierro.
 Anteayer, pues, Palma era un polvorín de libros. «Madrid ens roba», clamaban varios cartelones en el tenderete de Més, cerca de Plaza España, y ahí apenas había libros y los que había refulgían ceñudos, como si sólo fueran libelos, como si el ardor o la ira los hubiera dejado sin palabras y el silencio mortal de la estulticia los hubiera encogido, hubiera estrechado sus lomos y convertido su tinta en la sangre invisible de un dragón que no puede convertirse en ninguna rosa, porque donde no hay misterio ni temblor místico no hay revelación ni tampoco conocimiento y donde no hay ensimismamiento no hay otredad ni posibilidad alguna de empatía. A Fahrenheit 451 con todos esos panfletos.
 Luego están los libros que sólo son libros de usar y tirar, como también lo son, tal vez, las mismas flores: nadie puede quitarles, no obstante, ese profundo aroma que dura un instante y luego desaparece. O los libros que dicen leer los políticos. Los libros para niños. Los libros para empezar a soñar o para empezar a desesperarse, que no son pocos y que son adorables y también peligrosos. Y finalmente los libros que no lee ni compra nadie, que son los únicos libros con los que, realmente, me identifico, aunque no sé por qué. O sí, pero no quiero decirlo.

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viernes, abril 21

Turismo y supervivencia


La Telaraña en El Mundo.


 Quizá no sea fácil entender el turismo. No parece serlo, desde luego, para nuestros gobernantes locales y su doble discurso: indeciso, errático. ¿Qué turismo queremos? ¿Queremos los turistas a manadas, en bañador o totalmente despendolados, ávidos de gresca, con mono insaciable de sol, cerveza y sexo? ¿O los preferimos en grupitos, con sus cámaras en ristre y la mirada absorta por las galerías de esos fantásticos museos que no sé si tenemos? ¿Los queremos con traje de ejecutivos y maletín de piel entrando y saliendo, enfervorecidos o alucinados, del Palacio de Congresos como si salieran de la Catedral, Bellver, La Lonja?
 Puede que no podamos elegir el turismo que nos gustaría, porque el territorio es el que es y los monumentos son los que son; y no hay forma de cambiar drásticamente el panorama general de nuestras playas y calas, nuestros torrentes y montañas, nuestro clima, salvo si lo destruimos voluntariamente, salvo si dejamos que se degrade, se empobrezca, se convierta en las ruinas de lo que nos gustaría ser y no somos. Nunca somos lo que quisiéramos ser.
 Sin embargo, hubo un tiempo en que Palma se convertía en una ciudad fantasma. Así, todos los domingos la ciudad amanecía desierta; desierta, porque no había comercios abiertos, y desierta, porque el turismo prefería atiborrarse de sol en las playas y muchos palmesanos huían de la ciudad muerta para refugiarse en su segunda vivienda, ese adosado, ese apartamento, esa cuarterada más o menos rústica donde la vida familiar huía de las rutinas laborales y se entregaba a la ficción del ocio, el paso al frente que significaba dejar de ser unos domingueros de sombrilla y fiambrera y convertirse en los propietarios de alguna quimera en algún lugar del paraíso. O así.
 La mayoría de estas segundas viviendas las tuvieron que vender (porque mantenerlas era un lujo inasumible) los hijos de quienes las compraron a base de hipotecas y esfuerzo, esa compleja inercia, esa forma de vida que daba en mejorar económicamente trabajando cada vez más. Es curioso, hoy nos sorprende lo que era normal cuando había trabajo y sueldos decentes. Ya no es así. No me extraña, pues, que a mucha gente corriente no le quede otra que alquilar sus habitaciones libres por días, por horas, quizá por segundos, para sacar a flote la economía familiar de una crisis que les ha recortado hasta las ilusiones. Parece que al Govern del Pacte no le importa asfixiar, con su vacío legal y sus amenazas de multas, a muchos de estos pequeños propietarios (porque no hablo de los especuladores con cientos de pisos o habitaciones en cartera) que intentan, con su trabajo doméstico, regresar a lo que fue normal y ya no lo es. Trabajar para vivir dignamente, nada menos.


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martes, abril 18

Posados reales


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  Cuentan las crónicas que algunas mujeres, transidas de emoción y al borde del llanto, corearon «¡Viva el Rey!» cuando la familia real abandonaba la Catedral de Palma tras asistir a la tradicional y solemne misa de Pascua. No esperábamos, desde luego, que Armengol, Ensenyat, Hila o Picornell, es decir, la asilvestrada plana mayor de nuestras autoridades locales, llegaran a mostrar tanta efusividad como esas mujeres al borde, previsiblemente, de un ataque de nervios, pero tampoco que pasaran, desdeñosamente, del evento y se ausentaran de esa foto anual que sitúa a Mallorca, año tras año, en la portada de la actualidad y por la que, sin ninguna duda, autoridades mucho más avispadas acabarían pagando.

 En efecto, hoy en día resulta impagable tener a la familia real casi al completo formando, sonriente y más que bien vestida, frente a los portones, los arcos y los vitrales de la Seu y dejarse vencer, en fin, por el morbo y también por el cotilleo: dónde estará Juan Carlos, dónde Urdangarin, dónde las Infantas.

 La verdad es que todo ese cotilleo no nos importa demasiado. Nos preocupa mucho más, aunque nos de la risa floja mientras nos apuramos en describir la situación, la falta de educación cívica de nuestros gobernantes, su absentismo político, aunque también podríamos decir que laboral, si alguna vez hubieran trabajado en algo, su frustrante y alevosa falta de empatía para con la gente corriente y moliente que da en mirar, en fin, los toros espléndidos desde la barrera y jalear los trajes de luces (anoréxicos o maduros, elegantes) de Leticia o doña Sofía, la barba de legionario emprendedor que atesora Felipe o los modelitos tallados en azul y rojo, respectivamente, de la princesa Leonor y la infanta Sofía, dos auténticas maravillas en ciernes, oigan.
 Acabo de recordar, quizá por aquello de la empatía, la teoría de las catástrofes o alguna que otra nebulosa conexión subconsciente, otro posado ilustre que teníamos por estos pagos y que ya no sé si tenemos. Me refiero al de Ana Obregón que, si alcanza la inmortalidad, no será por sus trabajos artísticos sino por ese posado anual en bikini o prenda similar, que tanto nos asombraba (y que nos reconciliaba, por supuesto, con la lujuria) al principio y que luego, con el paso de los años, se nos fue convirtiendo en un recordatorio cruel, pero necesario, del avance de la decrepitud y el estropicio de las arrugas, la efímera armonía de las formas, el lento pero inflexible declinar de la carne frente a la imperturbable sonrisa de quien es capaz de observar el objetivo de la cámara como si mirase al mundo y supiera, de algún modo, que cada uno ve lo que quiere ver y que nos quiten lo bailado, si pueden. No podrán.

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viernes, abril 14

Las lágrimas de Barceló


La Telaraña en El Mundo.


 Hay muchas sillas de madera alineadas a lo largo de la calle Olmos. Pronto se llenarán de fieles, curiosos y turistas. Resuenan de vez en cuando algunos tambores, todavía solitarios y destemplados. Pronto se convertirán en esa especie de orquesta que recorrerá solemnemente las calles y también el alma de quien quiera ser recorrido. Cierro las persianas y corro las cortinas, mientras extiendo la hoja en blanco virtual del monitor donde escribo estas líneas.
 Me corroe alguna que otra duda. ¿Las instituciones, pienso ahora, por ejemplo, en el Govern o en la UIB, son algo mejor o peor, en sí mismas, en su naturaleza, en los resultados finales de su actividad, que las personas que las componen? ¿Son las instituciones tan rácanas, indolentes, sectarias o mezquinas como parecen serlo algunos de sus miembros más significados o existen instrumentos correctores capaces, tal vez, de llevar a buen puerto cualquier nave por desnortados que anden sus más cualificados tripulantes?
 Empezaré con el Govern. Las lágrimas de Biel Barceló, mientras reconocía los errores políticos de sus subordinados en el caso de los contratos de Jaume Garau, me recuerdan a las de los cocodrilos que, por cierto, no lloran porque estén tristes, sino porque necesitan lubrificarse los ojos. Suelen llorar, los cocodrilos, cuando abren y cierran sus enormes mandíbulas mientras devoran, con delectación, a sus víctimas. ¿Por quién lloraba, anteayer, Barceló? ¿Por Ruth Mateu, tal vez? ¿Por el fiero ataque fratricida de Jarabo, imperturbable pese a sus historias para no dormir con IB3 o el asunto Bachiller? ¿Por el paraíso perdido, según confesó, el maldito día que se le ocurrió dejar de ser un probo funcionario para meterse a vicepresidente del Govern y comprobar que no hay forma de vivir tranquilo cuando lo que importa, al margen de las ideas, son las sillas, pero no las de fe y madera en plena calle Olmos, sino las sillas muelles, los sofás y tresillos del poder y sus aledaños, el chirriar intolerable de las puertas giratorias, el despelote de las propias huestes siempre ávidas de carnaza, espectáculo, dinero?
 Barceló, en fin, puede coger su peculiar sentido de la responsabilidad, guardárselo donde le quepa y marcharse, pues, por donde vino. No se lo reprocharíamos. De la UIB, por desgracia, me tendré que ocupar otro día. Hasta la fecha, y a falta de otras excelencias, conocíamos su infatigable capacidad para vendernos el catalanismo a todas horas y en todos los ámbitos de la sociedad. Ahora sabemos, también, que son capaces de vendernos fármacos que no curan lo que dicen curar. El asunto clama literalmente al cielo. Mientras tanto empiezo a oír clarines y tambores, crepita la cera y alguien entona una saeta, vaya escándalo.

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martes, abril 11

La hora de la penitencia


La Telaraña en El Mundo.





  Un baño de sangre en una iglesia del norte de Egipto. Con esa fotografía, en la que el principal protagonista era el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre y también el estupor de unas cuantas personas intentando ordenar el caos y hasta salvarse de él, abrió este diario, ayer lunes, su portada. Sangre y estupor, sangre y metralla, sangre escenificando el silencio de Dios, el ensordecedor silencio de Dios. «Moriré protestando contra el silencio de Dios» dice, en un momento de exaltación y rabia, el padre judío del protagonista de la última película de Woody Allen, “Café Society”, y casi toda la acción que se narra en el film discurre, revoletea, danza sobre ese fino alambre donde la conciencia y la realidad intentan ponerse de acuerdo sin demasiado éxito.
 En efecto, somos el lugar inquieto, inestable y hasta intempestivo donde concurren las ansias concienzudamente irracionales de rebelarnos contra todo y todos, incluso contra nosotros mismos, contra la injusticia, acaso cósmica, que acaba siendo la vida. Pero somos, también, un cúmulo sucesivo de civilizada resignación, de nostalgia y hasta languidez más o menos inteligente, un paisaje coloreado por la ternura, por la curiosidad o la indiferencia, el extraño lugar donde florece la muerte igual que el respeto exquisito, inmenso, que finalmente sentimos por las decisiones que vamos tomando, aunque muchas veces nos equivoquemos. Cómo no.
 Ya estamos en Pascua. Los turistas sacan fotografías de nuestras solemnes procesiones, los encapuchados, la parafernalia paramilitar de las bandas y las cofradías; las mismas fotografías que sacaría yo si fuera uno de ellos: reamente lo soy, pero disimulo y hago como si fuera uno de los nuestros cuando sólo alcanzo, tal vez, a ser uno de los míos, de los muy míos. Pero no importa. Los turistas observamos el mundo con el mismo estupor con que el rojo ubicuo y desgarrado de la sangre va tiñendo la convivencia en nuestro planeta. No siempre nos gusta lo que vemos.
 Ahora podría ser, tal vez, el instante en que no estaría mal flagelarse un rato por la desvergonzada actuación de nuestro Pacte de Govern al ponerse de perfil mirando hacia Rasputín, por ejemplo, cuando la verdadera penitencia debiera consistir en leerse su propio código ético y concluir que la gente decente no precisa de códigos éticos para serlo. Debiera el Govern, tal vez, salir de anochecida con sus caperuzas blancas, sus pies descalzos, sus tobillos encadenados y una gran cruz a sus espaldas. Jaume Garau podría cantar saetas adoloridas con letra de Valtònyc, por ejemplo, y Biel Barceló recordar, con Francina Armengol y Vicenç Vidal, aquellos tiempos en que bailaban la conga como si el mundo fuera suyo.  Quizá lo era o, al menos, se lo creían.



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